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TODOS SOMOS AUTODEFENSAS

José Manuel Mireles Valverde  

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Fragmento

Presentación

El libro que ahora usted tiene en sus manos es un libro vivo, tiene su propia historia y cuenta otras que, para desgracia de los michoacanos, parecen no tener fin. Fue escrito en la soledad de cuatro paredes, ahí donde la injusticia confinó a un ciudadano osado y valiente quien, junto con otros, había decidido la forma en que iba a morir ante una delincuencia que penetró y se colocó en las esferas del poder. Estas circunstancias nos recuerdan obras literarias que, bajo las mismas condiciones de encierro, escribieron inolvidables e históricos personajes como don Miguel de Cervantes Saavedra, Nelson Mandela o Wole Soyinka. Pareciera que las rejas y el futuro incierto invocan al preso su pasado como anclaje principal para elucidar su incierto futuro.

José Manuel Mireles Valverde, el médico nacido en Tepalcatepec, Michoacán, tuvo su trance iniciático en el cuarto de reflexiones que le brindó su celda. Desde ahí, ante la carencia de papel, utilizó los bordes en blanco que le sobraban a las cartas enviadas por connacionales y extranjeros solidarios que le recordaban que seguía vivo. Esos espacios en blanco contaron desde prisión la historia que al líder de las autodefensas michoacanas le urgía dar a conocer, aun cuando cada recuerdo de sus hermanos de lucha caídos en batalla le abriera heridas que difícilmente serán curadas, como él mismo refiere.

Recibe antes que nadie historias como ésta

El libro plasma la compleja y dolorosa lucha librada desde la sociedad civil para terminar con la delincuencia organizada que logró instalarse como un Estado dentro de otro Estado, con sus propias leyes, transas justicieras y tasación de impuestos, utilizando como argumento el secuestro, el asesinato, la violación y la tortura, ante la indiferencia y complicidad de algunos que deberían ser los garantes de la seguridad del pueblo mexicano.

Resulta invaluable conocer la versión sobre la lucha de las autodefensas directamente de José Manuel Mireles Valverde. Permite conocer una versión de las causas profundas de este movimiento civil armado que, lejos de desaparecer, sigue presente y reproduciéndose en diferentes puntos del país. Las historias de las batallas y formas de organización que apuntalaron la lucha de las autodefensas michoacanas son abordadas por Mireles con una narrativa que lleva al lector a vivirlas como si estuviera en el momento y lugar en que ocurrían.

La historia de Mireles contada por él mismo permite descubrir su naturaleza humana. No es el caudillo estoico, insensible, inmutable y de mirada fría que presentan los medios de comunicación. Aquí Mireles se muestra a sí mismo como un ser humano construido por los relatos de su abuelo y profundamente enraizado en su terruño, Tepalcatepec, al que comúnmente se refiere como Tepeque. El libro en sí es una ventana al corazón de un hombre que llora, ríe, sufre y disfruta la vida.

La narrativa de Mireles se entreteje con su pasado ancestral purépecha, del cual se siente orgulloso, por lo que se autonombra “indio”. De hecho, algunas de sus cartas enviadas desde prisión las remitió con el seudónimo “Gerónimo”, en referencia al jefe apache que encabezó una rebelión contra los ejércitos mexicano y estadounidense durante el siglo XIX.

A partir de relatos contados por su admirado tata don Leoba, Mireles refiere el papel que tuvieron su familia y su querido Tepeque en dos momentos trascendentes en la historia de México: la Revolución mexicana y la Guerra Cristera. Ahí está el relato sobre la pugna por el maíz que llevó al enfrentamiento entre los campesinos de Tepalcatepec y los ricos del pueblo, entre ellos el sacerdote. Da cuenta también de la relación que tuvo su abuelo con el general Lázaro Cárdenas, así como la lucha agraria que a la postre originaría el ejido Catarino Torres y una serie de episodios que ocurrieron entre los caciques y los habitantes de su pueblo, liderados por el joven Mireles (desde entonces apodado “Zapata”). Éstas y otras historias perfilan no sólo la niñez y juventud de Manuel Mireles, sino que ahondan en las características de la sociedad terracalenteña del siglo XX.

Como lo relata Mireles, en el pueblo de Tepalcatepec es histórica la tradición de defenderse por cuenta propia frente a las incursiones de grupos armados diversos. No es raro entonces que, como él señala, la planeación para el surgimiento de las autodefensas haya ocurrido al menos dos años antes del 24 de febrero de 2013, fecha en que se hicieron públicas e iniciaron la lucha armada tal como la conocemos actualmente. Todo esto lo refiere Mireles de manera detallada, hasta el momento en que fue detenido, pasando por el trágico accidente al cual sobrevivió.

Así, el libro se desarrolla entre historias de combates, de actos solidarios, de traiciones, de fraternidades y de actos heroicos que entre lágrimas y sangre forjaron la historia alrededor de Mireles, el líder natural y por derecho propio de las autodefensas michoacanas, el polémico luchador social que sigue dando de qué hablar. Como sobreviviente de la vida misma y del sistema, Mireles es un referente de este golpeado México del siglo XXI.

Este libro es la versión de Mireles. Quizá habrá otras historias y versiones que la contradigan pero sin duda, en su conjunto, ayudarán a la comprensión de este fenómeno social tan complejo y vigente del México actual.

PABLO ALARCÓN-CHÁIRES
Morelia, Michoacán, agosto de 2017

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El origen

Genealogía: los purépechas

La narración que voy a iniciar tiene sus orígenes muy antiguos, tan ancestralmente que la mayor parte de la información sólo procede de la comunicación oral que se da tradicionalmente a través del consejo de ancianos, es decir de abuelos a nietos, propio de nuestra cultura de origen purépecha. Aunque también existan algunos libros al respecto (La Relación de Michoacán, de Jerónimo de Alcalá; Michoacán: paisajes, tradiciones y leyendas, de Eduardo Ruiz; Los tarascos, de Nicolás León, entre otros), no se ha entendido lo que esta cultura quiere decir. La tradición oral es de todos los pueblos nativos, indígenas y tribales.

Así pues, con el debido respeto que se merece nuestra cultura, nuestras tradiciones y nuestros ancestros, transcribiré la historia tal cual la recibí en su tiempo y forma acostumbrada por mi abuelo el señor Leobardo Mireles Contreras (1890-1980), de sangre ciento por ciento purépecha. Hijo de Juan Mireles (1850-1925) y de Petra Contreras (1870-1930), el bisabuelo era descendiente directo del indio Jacinto, último descendiente de la dinastía de los Huacusecha, Señor de Cholula, Paredones y Tachinola.

La llegada de los españoles en 1620 a lo que hoy es Santa Anita —nuestro rancho ancestral— dividió los poblados de indios y de españoles: el arroyo o río de Los Olivos hacia el poniente y norte de lo que hoy es Tepalcatepec, Michoacán, y puerta de entrada al gran valle de la Tierra Caliente; al poniente, limítrofe con en el estado de Jalisco; al oriente, con los municipios de Huetamo y de San Lucas, límites de nuestro estado con el de Guerrero, de donde es originaria la bisabuela de la dinastía Tucupachá, y de donde nació también el ilustre unificador de todo el imperio purépecha ¡el gran Tariácuri!

Debo aclarar que cuando mi abuelo empezó a narrar la historia de sus antepasados, yo sólo era un niño de segundo o tercero de primaria, entre ocho y nueve años de edad. Mi primera impresión al respecto fue que sólo eran cuentos y leyendas que se inventaban los venerables ancianos para arrullar a los nietos mientras les llegaba el sueño. Pero no fue así, pues ya habiendo salido de la universidad tuve la oportunidad de investigar varias cosas y verificar la autenticidad de la información.

Lo raro es que mi abuelo no sabía leer ni escribir, sólo deletrear.

Las cuatro tribus

Recuerdo que su enseñanza la comenzó hablándome de que su abuelo le platicaba lo mismo que él a mí: que hace muchos, pero muchos años antes de que los españoles hablaran del nacimiento de un Cristo (quiero entender que la historia se remonta o la inicia a platicar desde antes de Cristo), había un gran señor que se preocupó por dar forma escrita a su habla, la cual resumió en once o doce monosílabos (el alfabeto purépecha consta de once letras) y definió así su lengua, a la cual llamó purembe.

Él se llamaba Tariácuri (Iré-Tariácuri o sea, el Rey Tariácuri, en castellano). Este gran señor era originario de la región de Tierra Caliente por la región de Huetamo y de Zirándaro, misma que ocupa lo que hoy es la parte oriente y sur de Michoacán y casi todo el estado de Guerrero.

Sus dioses principales eran el Sol (Curicaveri) y la Luna (Xaratanga). A su lugar de origen se le llamó Huetamo. Ahí reunió el vasallaje de cuatro grandes clanes: los Tupuc Achá (cuyo linaje eran los caballeros tigre), clanes que, en su conjunto, se dedicaban a la cacería y la pesca. El nombre de la dinastía o estirpe de los Tupuc Achá, o caballeros tigre, lo toman por la gran cantidad que había y que todavía existe de león americano y winduris, mucucanes (leones pintos o tigres).

La tradición comenta que su sustento era la cacería de venados, conejos, armadillos, patos y huilotas (llamadas kuipipo). Para la pesca tenían toda la cuenca del Balsas y el litoral de Michoacán y Guerrero. El gran Tariácuri aún no sabía de los grandes lagos michoacanos.

Los viajeros de Aztlán

Al pasar de los años, llegaron unos viajeros a la región de Huetamo que hablaban lenguas extrañas. Fueron llevados a la presencia del rey Tariácuri, a quien le dijeron que venían de la región de Aztlán, buscando la señal de un águila devorando una serpiente. Se hacían llamar nómadas nahuatlatos y el gran Tariácuri les preguntó si realmente eran de otra nación (náhuatl), porque su tlatoani (señor) le hablaba en su dialecto.

El tlatoani (Señor, en náhuatl) le dijo que más allá de las montañas verdes y en los grandes lagos había muchos pueblos chicos y villorrios que no se conocían entre sí, pero que hablaban su mismo dialecto y que adoraban a sus mismos dioses, pero que no tenían la estructura ni la organización geográfica y política que al parecer ya había logrado consolidar el gran Tariácuri. Éste les dijo a los visitantes que la señal que ellos buscaban no la iban a encontrar en sus dominios, y que después de consultar con sus naciones no se había tenido historia de algo así; que allí había muchas serpientes pero no águilas; que éstas sólo las hallarían en las grandes alturas, pero ahí no se sabía de la existencia de estos animales y de su majestuosidad como la describían el tlatoani y su gente.

Intercambiaron muchos regalos y los visitantes siguieron su camino, no sin antes admirar la belleza de las montañas de mármol negro que rodean la región de Huetamo y sus inconfundibles habitantes: los garrobos, iguanas negras manchadas de blanco.

El gran imperio purépecha

Posteriormente a esta visita de los nahuatlatos, el gran señor Tariácuri deja como encargado de su reinado al príncipe Ziranziran Camarú (El de los Tres Nombres), sobrino de él, quien se aposentó en lo que hoy es Zirándaro (antes de la Independencia era de Michoacán y actualmente es del estado de Guerrero, por un intercambio de los gobiernos actuales por la isla de La Palma). Así, Tariácuri inició la búsqueda de su raza, con el fin de unificarla en el gran imperio que unificó desde el Océano Pacífico hasta el Golfo de México, en lo que los españoles posteriormente le nombrarían Villa Rica de la Vera Cruz.

Cuentan las leyendas que su carrera de conquistas las inició siguiendo la cuenca del río Balsas por todos sus afluentes, concentrando su poderío inicialmente en lo que hoy es Uruapan. A su juicio, este lugar era el más hermoso de la tierra; lo designó como el lugar de descanso para la casta real de los purépechas y aún conserva su realeza en lo que hoy se le llama el “Parque Nacional”, donde nace el bellísimo río Cupatitzio (Río que Canta).

En Uruapan nacieron tres de sus hijos, quienes formarían la base principal de la estirpe de los huacúsecha (caballeros águila), Hiteticha (casta real) y los michuaques (pescadores), conservando para él su estirpe principal: la de los tucupachá (caballeros tigre). La división del reino quedaría de la siguiente manera: como gran señor o rey de los huacúsecha (meseta purépecha y cañadas), a su hijo Tanganzuán; el señorío de los hireticha (Guayangareo, Zitácuaro y Toluca), a su hijo Irepam; y el señorío de los michuaques (Zirahuén-Pátzcuaro), a Zizipamaracure.

Ya organizada la estructura y la lengua, los desplazamientos fueron rápidos y muy productivos. Las armas principales del gran Tariácuri fueron su inteligencia, su sabiduría y su lengua. La historia no señala un sometimiento sangriento, sino cultural.

Su reinado, como ya se dijo, llegó hasta el Golfo de México e incluyó al estado de Guanajuato (huana = rana; huato = cerro). Otro sitio que perteneció a esta estirpe de guerreros fue Querétaro, que se traduce como “lugar de piedras amontonadas” o “lugar donde rezas”. Por el sur abarcó hasta el Océano Pacífico, aunque actualmente tenemos cuatro comunidades nahuas en la costa michoacana (Pómaro, Coire, Ostula y Aquila). Por el oriente se expandió hasta lo que hoy es Toluca, pero la frontera principal se ubicó en Zitácuaro (del principado Ziranzirn Camarú), donde existen aún comunidades otomíes y mazahuas. En vasallaje se les había cedido a Los Pirindas, antigua rama de los michuaques, denominados Los centinelas. Por el poniente, su expansión en un tiempo cubrió hasta el territorio de los indios xaliscas —los únicos indios güeros que nos marca la historia—, incluyendo al estado de Colima, que también era del imperio purépecha.

Así las cosas. Al gran Tanganxuán, rey de la estirpe de los huacúsecha, le correspondió reinar toda la meseta Purépecha, la Cañada de los Once Pueblos hasta el reinado de Zacapu, Zacán y Naranxan; y desde Uruapan, hasta la parte poniente de Michoacán, donde ahora están Tepalcatepec, Colima y Tachinola, lugares donde el gran señor reinante a la llegada de los españoles (1620) era el indio Jacinto, descendiente directo del gran Tanganxuán. De esa vena desciende a su vez mi bisabuelo Juan Mireles. Quiero aclarar que Tanganxuán, castellanizado y simplificando es Juan, según las mnemotecnias utilizadas por los frailes de aquel entonces.

Las palomitas

Según mi abuelo, cuenta la leyenda que un día después de conquistar y unificar los reinos de Zacán y Nuramán, dos de los hijos del gran Tariácuri venían de regreso con sus huestes a Uruapan, su lugar de descanso, a la mansión del rey purépecha, en el ahora llamado Parque Nacional. Al pasar por el valle situado entre Paracho, Cherán y Zacán, vieron plantas silvestres totalmente desconocidas para ellos. Con el hambre que traían, se pusieron a cortar todas las frutas que tenían pelos amarillos, por suaves y tiernas, y las echaron con todo y hojas en una fogata; empezaron a comerlas crudas primero y estaban bien sabrosas, con unos granos de diferentes colores: rojos, negros, blancos, amarillos, pero que ya cocidas en sus hojas sabían mucho mejor.

Ya que todos habían saciado su hambre, por curiosidad echaron al fuego las de los pelos negros que no se quisieron comer, por duras. Resultó que después de que las hojas se quemaron, se pusieron los granos negros y empezaron a brincar por todos lados; después de un tronido muy peculiar caían al suelo con diferentes formas de rositas (hatziri, que es la flor o espiga del maíz). Según mi abuelo, a la fruta le llamaron maíz (esquites) y al producto floreado le llamaron rosita (palomitas). Después de ese gran descubrimiento hicieron grandes grupos del grano y se los colgaron de sus cuerpos para llevarle a su emperador. A la fruta envuelta en sus hojas le llamaron uchepú (maíz tierno molido ya cocido envuelto en sus hojas).

Santa Anita

Quedamos que los españoles llegaron a Santa Anita en el año 1620 y se asentaron en la vertiente sur del río Los Olivos, que baja desde San Francisco, municipio de Jilotlán de los Dolores, Jalisco. Ahí estaban las tribus del indio Jacinto de Cholula, Paredones y Tachinola en la vertiente norte del citado río. Todo esto aconteció algunos años después de la ejecución del último cazonzi (emperador purépecha), don Antonio Huetzimengari.

Así pues, los españoles llegaron a nuestra región con muchas ganas de explotar las minas de oro y plata que previamente habían encontrado en las inmediaciones del rancho Los Olivos, propiedad de los indios, a quienes les importaban un soberano pito esas riquezas minerales (como actualmente sucede con las etnias nahuas del municipio de Aquila).

Pero los españoles llegaron y se asentaron en Santa Anita trayendo consigo tres problemas muy graves: a) las enfermedades del Viejo Mundo (cosa rara y nueva para los locales); b) lo más grave aún, los estigmas del temor a un Dios crucificado; y c) el temor a un satanás desconocido para ellos. Mientras que los únicos temores para nuestros ancestros eran que el sol no saliera o que la luna se cayera.

Después de dos epidemias grandes de cólera y 250 años de creencias malignas y maledicencias, desapareció Santa Anita como poblado, y a cinco kilómetros hacia el sureste nació el pueblo de Tepalcatepec, Michoacán, en 1870, donde las primeras calles las trazó mi bisabuelo Juan y las últimas, mi abuelo Leobardo Mireles. Quiero asentar que el predio donde se ubicó el poblado de Santa Anita es propiedad actualmente del que esto escribe y de mis hermanos, y que aún guardo en mi memoria la vieja iglesia ya sin techo y las últimas dos o tres casitas que, sostenidas con vigas, se encontraban al pie de la iglesia en una de las cuales aún vivía el eterno sacristán de la misma, quien nunca aceptó que el pueblo y sus sacerdotes ya habían desparecido junto con las torres y las campanas de oro y plata que con su tañer tan brillante y tan lejano eran escuchadas hasta Santa María del Oro, en Jalisco.

El sacristán, Chemita Sandoval (apodado El Puerquito, por tener labio leporino o hendido), era familiar de mi madre Margarita Valverde Sandoval, por parte de mi abuela Esther Sandoval, pariente de don Camilo Sandoval, el último viejo zapatista de la región de Tepalcatepec.

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Tepalcatepec y sus luchas

La Revolución y los zapatistas

Un día mi abuelo me dijo:

“Quiero que sepas que la Revolución no empezó en 1910 como te dicen en las escuelas. La mera Revolución empezó en 1913, cuando El Chacal (Victoriano Huerta) asesinó al presidente de todos los mexicanos; entonces sí se hizo una verdadera revolución.

”En 1910 empezaron las revueltas y el bandolerismo por todos lados porque la gente, nuestra pobre gente, ya estaba cansada de tanta humillación, tanta explotación a los indígenas y de tanto abuso por parte de los ricos hacendados de la época. De todo y por cualquier cosa te amarraban al ‘potro’ y te llovían los latigazos por el lomo y sin camisa. Se quedaban con nuestras cosechas, nos quitaban nuestras tierras, a nuestras mujeres, a nuestros hijos; y aun así cada año les salíamos a deber todo, según sus cuentas.

”Al que descubrieran que intentaba aprender a leer o escribir lo mataban a puros latigazos delante de los demás, dizque para escarmiento. Sólo los hijos de ellos, de los caciques, podían a aprender a estudiar y los mandaban a las escuelas de la capital. A sus mujeres de ellos no las mandaban a estudiar, mejor les traían a los maestros y educadores a sus haciendas.

”Para 1910, nosotros sólo escuchábamos las historias que nos traían los arrieros que venían a Tepalcatepec a traernos telas, mantas o pan de Tingüindín, y se llevaban nuestros quesos, cecinas y cueros para la ciudad de Guadalajara. Estos grandes grupos de arrieros eran originarios de Cotija. Llegaban al mesón y machero que nosotros teníamos ahí en el pueblo, donde éstos descansaban al igual que sus bestias de carga. A éstas las alimentábamos con un poco de maíz y pastura; a ellos, con tortillas hechas a mano, queso, cecina y chile de molcajete recién hecho. Nos hablaban de las anuncias que ellos escuchaban en Guadalajara de un tal Francisco Villa, bandolero, asesino y robavacas de por allá del norte de Durango, Chihuahua y Zacatecas.

”Nos hablaban de tal o cual hacienda que había sido tomada e incendiada por los campesinos y los indios que labraban en ellas, y decían que mataban a los hacendados con toda su familia; por Sonora, Aguascalientes o San Luis Potosí, lugares y personas que no conocíamos.

”Ya estando ante el año 1913, nos dimos cuenta de que se había levantado una verdadera revolución por todo México; lo supimos porque nosotros mismos fuimos levantados y arrastrados a ella sin deberla ni temerla.

”Sucedió que El Chacal —después de que asesinara al presidente Madero y viendo que el pueblo en su totalidad se levantó contra él, y que incluso muchos de sus ejércitos también se le voltearon— les ordenó a sus leales traidores que fueran a donde pudieran a levantar gente, obligándola a engrosar los ejércitos del tirano, a lo que se le llamo las ‘levas’.

”Por esos días, mis cinco hermanos y yo andábamos para la hacienda de Los Guarinches, hacia el sur de Tepalcatepec, porque habíamos ido a traer algo de pastura y leña para nuestro mesón y machero. Al pasar el río de Los Guarinches, que separa esta hacienda de la de El Razo, nos topamos de lleno con las tropas de ‘pelones’ (soldados federales del Chacal, Victoriano Huerta), a quienes nosotros los indios purépechas bautizamos con el nombre de guaches (palabra purembe que significa ‘muchachos’), por chaparros, prietos y pelones. No sabíamos que andaban por todas las haciendas en plan de leva para llevarse a todo campesino e indígena que se hallaran, menos a los hacendados y a sus familias.

”Nosotros ya no éramos campesinos, y menos éramos hacendados, ya nos habían quitado todas nuestras tierras en Los Olivos, Santa Anita, Cholula, Paredones, Tachinola y El Zurumal. Luego luego nos uniformaron a huevo, nos pelaron a huevo, nos armaron a huevo, nos encerraron en los cuarteles militares de Apatzingán a huevo, allá para la Nueva [Nueva Italia], para luchar en contra de las tropas del general Emiliano Zapata montado en su caballo percherón y su banderín blanco con su letrerito de ‘TIERRA Y LIBERTAD’. Como todos íbamos a huevo y teníamos que pelear a huevo y teníamos que matar a los zapatistas a huevo, mis hermanos y yo nos pusimos a analizar las cosas:

”Primero. Sólo iba un oficial al mando de todos nosotros; su orden principal era la de hacernos pelear a huevo, y él tenía la orden de quebrarse por la espalda al que quisiera rajarse.

”Segundo. El general Zapata era indígena como nosotros.

”Tercero. Todas las tropas del general Zapata también eran campesinos despojados de sus tierras e indígenas como nosotros.

”Cuarto. Todos nosotros éramos hermanos expertos cazadores, y para cazar al venado habíamos inventado nuestro propio sistema de comunicación sin hablar, sin hacer ruido.

”Quinto. La amenaza insistente del oficial al mando era asesinar por la espalda al que no disparara contra los zapatistas.

”Sexto. Además, todos fuimos llevados a pelear a huevo.

”Pues que nos ponemos de acuerdo a puras señas de manos, ojos y cejas. Volteando nuestras armas, hicimos un solo disparo, pero sobre el oficial; que nos quitamos las cachuchas, que las aventamos al aire y que empezamos a gritar todos juntos: ‘¡Que viva el general Zapata!’

”Ese día, en los Cuatro Caminos de la Nueva Italia, en esa gran batalla hubo un solo muerto y las tropas zapatistas aumentaron su número de puros voluntarios.

”Después de esa batalla hubo muchas más. No todas las ganamos, pero sí la mayoría, pues teníamos muchas armas y campesinos e indígenas voluntarios que se sumaban.

”Así recorrimos gran parte del oriente michoacano, todo el estado de Guerrero y de Morelos, hasta que escaseó el parque.

”Pasó el tiempo, y después de que Zapata y Villa se unieron para entrar a la Ciudad de México, tuvimos un poco de paz. Algunos de mis hermanos se quedaron en México, otros en Morelos, otros en Morelia, otro le dio pa’ Chihuahua con Villa; yo me regresé con mi hermano Juan para Tepeque a seguir con el mesón y el machero, y obviamente a retomar nuestras tierras, como lo habíamos aprendido del general Zapata.

”Después, por situaciones desconocidas para nosotros, la Revolución continuó pero ahora entre los propios generales que la habían empezado juntos, y nosotros otra vez tuvimos que ir a pelear, pero esta vez con un paisano nuestro del que primero fui su amigo y después parte de su Estado Mayor: el general Lázaro Cárdenas del Río, quien personalmente fue a reclutar gente, no a huevo, sino voluntariamente, a Buenavista y Tepalcatepec, para luchar por que se consolidaran los postulados originales de la Revolución: la tierra es pa’ quien la trabaja. “Pero primero teníamos que ganar la Revolución y después organizar los ejidos. Y al grito de ‘¡Viva la Revolución!’ y ‘¡Muera el mal gobierno!’ nos lanzamos a la lucha nuevamente.

”Recorrí otra vez el estado de Michoacán, el de Colima, el de Jalisco, principalmente con el general Cárdenas, hasta que él se fue de político a México con el general Calles y nosotros nos regresamos a Tepeque.

”Como dato importante: de todos los que nos fuimos con Zapata, sólo el viejo Camilo Sandoval siguió con él hasta el día que lo asesinaron los pelones del coronel Guajardo, en la hacienda de Chinameca. Y de mis hermanos y los demás que se fueron con Villa, sólo regresó el viejo de don Ruperto Carrillo, mismo que nunca se quitó el uniforme de ‘dorado’ de Villa y así lo enterraron uniformado, creo que ya tenía más de cien años cuando murió. Pero de la gente que anduvo conmigo casi todos volvimos. Todo mi grupo volvió junto conmigo, menos mis hermanos que se desbalagaron por los caminos de la guerra, de la Revolución.

”Regresamos a repoblar Tepeque, pues ya no teníamos cola que nos pisaran. En la Revolución alcancé a tener seis esposas y aquí en Tepeque nomás tres: tu abuela, quien murió al nacer tu papá; luego Senorina, la mamá de tu tía Marina; y la Lupe, la última con la que viví, hasta su muerte.

”De los que fueron mis tropas especiales tú ya conoces a la mayoría, pues todos trabajamos juntos, nomás pa’ nosotros, pa’ ningún patrón, pues nos fue muy mal con todos ellos, con los hacendados.

”Así que todos nos pusimos de acuerdo a tomar nuestras tierras, a hacer los ejidos y solamente sembrar para cubrir nuestras necesidades personales y familiares. Pero hasta allí nomás, ningún elote de más, sólo lo que ocupamos para nosotros, nuestras gallinas, puercos y machero. Ningún elote extra, ninguna gallina extra, ningún puerco extra. Únicamente lo que nos hiciera falta para nosotros y nuestras familias. Y todos, mi tropa y yo, trabajamos unidos en ese plan de no producir nada extra para que nadie más se volviera a hacer rico con el sudor de nuestra gente. Así era ese equipo: Ramón Chaquira; Malaquías; Andrés Chacón; José Ibarra; Aurelio Cuéllar; Herminio, el sobrador; Benjamín, el herrero; Ambrosio, el carabinero; Camilo Sandoval; Ruperto Carrillo; Catarino Torres; Cosme Torres; Alfredo González; Tana [de Obregón]; Meche, el velador; Juan Mireles; Esteban Valverde [1870-1963], y Prudencio Mendoza [tío materno de Esteban, 1850-1940].

”Después de que regresamos a Tepeque, y como ya les habíamos dado un apretón de huevitos a los caciques, pues nos hicimos de la región y empezamos a recoger nuestras tierritas y a repartirlas entre nosotros, mientras organizábamos el ejido.

”También esperábamos que el general Lázaro Cárdenas terminara los estudios que había mandado hacer para la primera presa y su distrito de riego, porque todas nuestras tierras eran de temporal. Aunque las mías tuvieran un río con agua al pie todo el año, no contábamos con los sistemas adecuados para hacerlas de riego. Todas eran de temporal. Yo, para empezar, agarré 80 hectáreas de potrero, de las cuales sólo 20 se podían sembrar con riego de temporal, aunque el río de Los Guarinches les pasara al pie, por el lado poniente.

”Las otras 60 hectáreas eran de cerril. En esas sólo se podrían criar iguanas y algunos chivos cuando los hubiera, porque una vez que empezamos la Revolución no quedó ningún animal de esos en Tierra Caliente. Mi potrero se llamaba La Piedra Blanca. Así pues, de mis 80 hectáreas, yo sólo podía sembrar en 20 hectáreas; todos mis compañeros de la Revolución andaban igual, con grandes potreros pero con pocas tierras de cultivo.”

Hasta aquí la historia de boca de mi abuelo sobre la participación de la gente de Tepeque en la Revolución mexicana.

El ejido

Sobre la constitución de nuestro ejido, el abuelo refirió:

“A finales de 1920 se consolidó nuestro ejido Tepalcatepec con grandes dificultades por las amenazas de los hacendados y terratenientes que constantemente nos mandaban a asesinar, aunque casi siempre les ganábamos el ‘parpadeo’.

”Aunado a estas ‘piedras’, el clero se había unido a los ricos (como siempre) y en todas las misas nos maldecía y nos a amenazaba con el diablo y la excomunión para todos los que nos registrábamos en las listas del ejido. A pesar de todo eso y siendo todos nosotros buenos católicos, pues nos pesaban mucho las maldiciones de excomunión del cura de Tepeque, le dimos la comisión a nuestro compañero Catarino Torres de que se encargara de organizarnos en todo lo del ejido, por ser el único que sabía leer y escribir y conocía bien las órdenes que nos dio el general Cárdenas para el reparto agrario de nuestra región.

”Aun así, un día que teníamos la asamblea en un salón del Hotel Martínez, de Tepalcatepec, en el jardín municipal frente a la presidencia, los del clero que empiezan a llamar a la fanaticada para acusar a los de la asamblea de comunistas y anticatólicos por estar organizando el ejido. Que echan a la gente en contra de todos nosotros, pero especialmente contra nuestro coordinador ejidal Catarino Torres, con la consigna de acabar con él por alborotador social, por atentar en contra de los hacendados de la región… y que lo matan.

”Lo hicieron salir de la asamblea amenazándolo y montó su caballo, agarrando la calle real hacia el oriente, y ahí cayó mortalmente herido, falleciendo a los pocos minutos al terminar la calle por la casa del ‘nahual’.

”Ese día, por desgracia, ninguno de nosotros traía armas por órdenes del señor Cárdenas de que en ninguna asamblea ejidal anduviéramos armados. Pero ese día los pistoleros de los hacendados, con el apoyo de los curas, sí andaban armados.

”Todo pasó rápido. Murió Catarino Torres en manos de los caciques. Todos nosotros les quitamos sus tierras, menos las de los cascos de las haciendas por órdenes del general, y al ejido lo registramos con el nombre de Ejido Catarino Torres. Y así se llama hasta nuestros días.”

La Cristiada

La siguiente historia sobre uno de los episodios sangrientos de la historia mexicana, la Guerra Cristera, el abuelo la narró de la siguiente manera:

“Para 1925, el presidente de la república mexicana, Plutarco Elías Calles, mandó ordenamientos a todo el clero del país exhortándolos a que no se inmiscuyeran en los asuntos del gobierno con relación a las ordenanzas del reparto agrario y otras. Porque tengo entendido que casos como el asesinato de nuestro líder agrarista Catarino Torres, de Tepalcatepec, hubo muchos en otros pueblos de Michoacán y en otros estados de la república, en los cuales se descubrió que el clero participó activamente incitando a la violencia a sus fanáticos, en apoyo a los caciques, hacendados y terratenientes, iniciándose así otra guerra que duró más de tres años: la Guerra Cristera.

”En esta guerra no tuvimos que participar nosotros; no directamente al menos. Porque para empezar no hubo levas; nuestro amigo el general Cárdenas, quien en ese entonces estaba en el gabinete del presidente Calles, sólo nos avisó que estuviéramos al pendiente por si acaso se nos llegara a necesitar. Yo le avisé a toda mi gente de Tepalcatepec y sus alrededores que se prepararan, por si las moscas. Y eso fue lo que hicimos: prepararnos lo más que pudimos. Aumentamos la siembra de maíz y de frijol, también la engorda de puerquitos y gallinitas, y cuidamos más las vaquitas y los becerritos porque sabíamos que se iban a ocupar a gran escala. Y efectivamente así fue.

”Esos años de la Guerra Cristera, cuanta tropa llegaba a Tepalcatepec, llámense cristeros o federales, nos dejaban el mismo sabor de boca, hasta llegar al punto en que hubo momentos en que ya no sabíamos quiénes eran los buenos y ni quiénes eran los malos. Los servicios de comunicación con nuestro general se interrumpieron muchas veces y nosotros no sabíamos qué hacer. Le informábamos que cuanto militar llegaba o cuanto cristero llegaba a nuestro pueblo, el resultado era el mismo. Hacían desviejadero y nos robaban hasta las cobijas, ya no se diga cuando nos hallaban los criaderos o las engordas de puercos, gallinas o vacas; hasta las trojes las vaciaban dejando al pueblo sin comer. Con mi gente no pasó así porque ideó llenar las norias secas con el maíz y el frijol que teníamos de reserva; las haciendas abandonadas y en ruinas por la Revolución eran buenos escondites para nuestros animalitos de crianza.

”Por eso cuando dije antes que tuve seis esposas en la Revolución, tres en el pueblo, era por esto, ¡no porque fuera viejero!, sino porque a cuanto pelón desgraciado que les gustaba tu vieja o alguno de los cristeros les gustaba, pues nomás se la llevaban y ya, dejando a los chamacos llorando en los jacales. Y que nos llega el telegrama del general con muy pocas palabras, pero muy fuertes por cierto. Decía literalmente: ‘Defiéndanse, ¿o qué, ya no son hombres? Atentamente: general Lázaro Cárdenas’.

”Y que nacen las primeras autodefensas de Tepalcatepec y sus alrededores, pues con este telegrama, luego luego que nos ponemos a desenterrar nuestros viejos rifles y carabinas, a desempolvarlos, limpiarlos y aceitarlos (los más buenos eran el máuser y las carabinas 30-30). Le pedimos ayuda a Esteban Valverde, otro viejo revolucionario y además armero especi ...