Loading...

TODOS SOMOS AUTODEFENSAS

José Manuel Mireles Valverde  

0


Fragmento

Presentación

El libro que ahora usted tiene en sus manos es un libro vivo, tiene su propia historia y cuenta otras que, para desgracia de los michoacanos, parecen no tener fin. Fue escrito en la soledad de cuatro paredes, ahí donde la injusticia confinó a un ciudadano osado y valiente quien, junto con otros, había decidido la forma en que iba a morir ante una delincuencia que penetró y se colocó en las esferas del poder. Estas circunstancias nos recuerdan obras literarias que, bajo las mismas condiciones de encierro, escribieron inolvidables e históricos personajes como don Miguel de Cervantes Saavedra, Nelson Mandela o Wole Soyinka. Pareciera que las rejas y el futuro incierto invocan al preso su pasado como anclaje principal para elucidar su incierto futuro.

José Manuel Mireles Valverde, el médico nacido en Tepalcatepec, Michoacán, tuvo su trance iniciático en el cuarto de reflexiones que le brindó su celda. Desde ahí, ante la carencia de papel, utilizó los bordes en blanco que le sobraban a las cartas enviadas por connacionales y extranjeros solidarios que le recordaban que seguía vivo. Esos espacios en blanco contaron desde prisión la historia que al líder de las autodefensas michoacanas le urgía dar a conocer, aun cuando cada recuerdo de sus hermanos de lucha caídos en batalla le abriera heridas que difícilmente serán curadas, como él mismo refiere.

El libro plasma la compleja y dolorosa lucha librada desde la sociedad civil para terminar con la delincuencia organizada que logró instalarse como un Estado dentro de otro Estado, con sus propias leyes, transas justicieras y tasación de impuestos, utilizando como argumento el secuestro, el asesinato, la violación y la tortura, ante la indiferencia y complicidad de algunos que deberían ser los garantes de la seguridad del pueblo mexicano.

Resulta invaluable conocer la versión sobre la lucha de las autodefensas directamente de José Manuel Mireles Valverde. Permite conocer una versión de las causas profundas de este movimiento civil armado que, lejos de desaparecer, sigue presente y reproduciéndose en diferentes puntos del país. Las historias de las batallas y formas de organización que apuntalaron la lucha de las autodefensas michoacanas son abordadas por Mireles con una narrativa que lleva al lector a vivirlas como si estuviera en el momento y lugar en que ocurrían.

La historia de Mireles contada por él mismo permite descubrir su naturaleza humana. No es el caudillo estoico, insensible, inmutable y de mirada fría que presentan los medios de comunicación. Aquí Mireles se muestra a sí mismo como un ser humano construido por los relatos de su abuelo y profundamente enraizado en su terruño, Tepalcatepec, al que comúnmente se refiere como Tepeque. El libro en sí es una ventana al corazón de un hombre que llora, ríe, sufre y disfruta la vida.

La narrativa de Mireles se entreteje con su pasado ancestral purépecha, del cual se siente orgulloso, por lo que se autonombra “indio”. De hecho, algunas de sus cartas enviadas desde prisión las remitió con el seudónimo “Gerónimo”, en referencia al jefe apache que encabezó una rebelión contra los ejércitos mexicano y estadounidense durante el siglo XIX.

A partir de relatos contados por su admirado tata don Leoba, Mireles refiere el papel que tuvieron su familia y su querido Tepeque en dos momentos trascendentes en la historia de México: la Revolución mexicana y la Guerra Cristera. Ahí está el relato sobre la pugna por el maíz que llevó al enfrentamiento entre los campesinos de Tepalcatepec y los ricos del pueblo, entre ellos el sacerdote. Da cuenta también de la relación que tuvo su abuelo con el general Lázaro Cárdenas, así como la lucha agraria que a la postre originaría el ejido Catarino Torres y una serie de episodios que ocurrieron entre los caciques y los habitantes de su pueblo, liderados por el joven Mireles (desde entonces apodado “Zapata”). Éstas y otras historias perfilan no sólo la niñez y juventud de Manuel Mireles, sino que ahondan en las características de la sociedad terracalenteña del siglo XX.

Como lo relata Mireles, en el pueblo de Tepalcatepec es histórica la tradición de defenderse por cuenta propia frente a las incursiones de grupos armados diversos. No es raro entonces que, como él señala, la planeación para el surgimiento de las autodefensas haya ocurrido al menos dos años antes del 24 de febrero de 2013, fecha en que se hicieron públicas e iniciaron la lucha armada tal como la conocemos actualmente. Todo esto lo refiere Mireles de manera detallada, hasta el momento en que fue detenido, pasando por el trágico accidente al cual sobrevivió.

Así, el libro se desarrolla entre historias de combates, de actos solidarios, de traiciones, de fraternidades y de actos heroicos que entre lágrimas y sangre forjaron la historia alrededor de Mireles, el líder natural y por derecho propio de las autodefensas michoacanas, el polémico luchador social que sigue dando de qué hablar. Como sobreviviente de la vida misma y del sistema, Mireles es un referente de este golpeado México del siglo XXI.

Este libro es la versión de Mireles. Quizá habrá otras historias y versiones que la contradigan pero sin duda, en su conjunto, ayudarán a la comprensión de este fenómeno social tan complejo y vigente del México actual.

PABLO ALARCÓN-CHÁIRES
Morelia, Michoacán, agosto de 2017

1

El origen

Genealogía: los purépechas

La narración que voy a iniciar tiene sus orígenes muy antiguos, tan ancestralmente que la mayor parte de la información sólo procede de la comunicación oral que se da tradicionalmente a través del consejo de ancianos, es decir de abuelos a nietos, propio de nuestra cultura de origen purépecha. Aunque también existan algunos libros al respecto (La Relación de Michoacán, de Jerónimo de Alcalá; Michoacán: paisajes, tradiciones y leyendas, de Eduardo Ruiz; Los tarascos, de Nicolás León, entre otros), no se ha entendido lo que esta cultura quiere decir. La tradición oral es de todos los pueblos nativos, indígenas y tribales.

Así pues, con el debido respeto que se merece nuestra cultura, nuestras tradiciones y nuestros ancestros, transcribiré la historia tal cual la recibí en su tiempo y forma acostumbrada por mi abuelo el señor Leobardo Mireles Contreras (1890-1980), de sangre ciento por ciento purépecha. Hijo de Juan Mireles (1850-1925) y de Petra Contreras (1870-1930), el bisabuelo era descendiente directo del indio Jacinto, último descendiente de la dinastía de los Huacusecha, Señor de Cholula, Paredones y Tachinola.

La llegada de los españoles en 1620 a lo que hoy es Santa Anita —nuestro rancho ancestral— dividió los poblados de indios y de españoles: el arroyo o río de Los Olivos hacia el poniente y norte de lo que hoy es Tepalcatepec, Michoacán, y puerta de entrada al gran valle de la Tierra Caliente; al poniente, limítrofe con en el estado de Jalisco; al oriente, con los municipios de Huetamo y de San Lucas, límites de nuestro estado con el de Guerrero, de donde es originaria la bisabuela de la dinastía Tucupachá, y de donde nació también el ilustre unificador de todo el imperio purépecha ¡el gran Tariácuri!

Debo aclarar que cuando mi abuelo empezó a narrar la historia de sus antepasados, yo sólo era un niño de segundo o tercero de primaria, entre ocho y nueve años de edad. Mi primera impresión al respecto fue que sólo eran cuentos y leyendas que se inventaban los venerables ancianos para arrullar a los nietos mientras les llegaba el sueño. Pero no fue así, pues ya habiendo salido de la universidad tuve la oportunidad de investigar varias cosas y verificar la autenticidad de la información.

Lo raro es que mi abuelo no sabía leer ni escribir, sólo deletrear.

Las cuatro tribus

Recuerdo que su enseñanza la comenzó hablándome de que su abuelo le platicaba lo mismo que él a mí: que hace muchos, pero muchos años antes de que los españoles hablaran del nacimiento de un Cristo (quiero entender que la historia se remonta o la inicia a platicar desde antes de Cristo), había un gran señor que se preocupó por dar forma escrita a su habla, la cual resumió en once o doce monosílabos (el alfabeto purépecha consta de once letras) y definió así su lengua, a la cual llamó purembe.

Él se llamaba Tariácuri (Iré-Tariácuri o sea, el Rey Tariácuri, en castellano). Este gran señor era originario de la región de Tierra Caliente por la región de Huetamo y de Zirándaro, misma que ocupa lo que hoy es la parte oriente y sur de Michoacán y casi todo e

Recibe antes que nadie historias como ésta