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TRAS LA PISTA INVISIBLE

Paulettee  

5


Fragmento

Ciudad de México, México, 2015

LA NIÑA DE
LA MALETA

Todos los medios estaban allí. Parecían buitres esperando a que yo musitara palabra. Los minutos entre sus preguntas y mis respuestas se hacían eternos. Por un instante pensé que estaba en medio de una película de Hollywood. Frente a mis ojos, los flashes de los fotógrafos me enceguecían. Las voces de los periodistas se escuchaban lejanas, como en cámara lenta. Pero no, esta no era ninguna película de suspenso. Si lo fuera, podría tener alguna respuesta sobre el caso, ser el héroe que lo resuelve, el que hila todas las pistas. Lo cierto es que no tenía ninguna respuesta concluyente, mucho menos el menor indicio de lo que le había sucedido. Esto no era más que la vida real.

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Desde que el caso llegó a mis manos supe que no podía dejar las cosas así. Tenía que hacer justicia. Como presidente del Tribunal Supremo de Justicia procuraba afanar los casos y despachar la mayor cantidad de ellos en el menor tiempo posible, pero esta vez me sentía obligado a no descansar hasta descubrir al culpable de las cosas horribles que le sucedieron a aquella pequeña niña. Me obsesioné. Mi familia y mis hijos pasaron a un segundo plano. Lo único que ocupaba mi cabeza era una pregunta incesante que me torturaba: ¿quién sería capaz de cometer semejante barbaridad?

—Presidente, ¿hay alguna pista del culpable? ¿Se sabe exactamente qué ocurrió? —gritó un periodista hábil, mientras los demás intentaban ahogarme con sus micrófonos.

—No hay nada concluyente aún. Seguimos adelante con el proceso de investigación. Cuando tengamos alguna información serán los primeros en saber —respondí fingiendo algo de seguridad— ahora debo acabar esta rueda de prensa.

—Presidente, por favor, una última pregunta —suplicó otro periodista.

Sabía que, cualquiera que fuera la pregunta, tenía que responder con algún tipo de información. Pero en el estado actual de la investigación, darles cualquier certeza sería mentirles y eso podría entorpecerlo todo. Los periodistas estaban esperando algo que les permitiera vender sus periódicos y yo necesitaba que ellos siguieran atentos al caso. No podía resignarme a que la historia de la pequeña fuera sepultada por el olvido.

—¿Qué va a pasar con el cuerpo de la niña?

Todo el salón se quedó en silencio. Me acercaron los micrófonos al rostro, atentos a escuchar lo que yo tenía por decir.

Era un día caluroso. Los veintidós grados centígrados y mis nervios hacían que sudara a chorros, y sentí algo de vergüenza por cómo me vería en las pantallas de alta definición que estaban en la mayoría de los hogares mexicanos. No tenía indicios sobre el caso, pero sí sabía que tenía que darles algo. Miré a los periodistas que me rodeaban y sentí como si me estuvieran retando. Pareciera que estuvieran esperando a que yo me saliera de las ropas o que diera una respuesta poco acertada para llenar sus titulares con polémicas amarillistas que desviarían la atención del caso.

—Mientras yo esté aquí sentado —respondí con una extraña calma—, no voy a enviar a la niña a una fosa común.

El lugar quedó en silencio. Los rostros de los periodistas palidecieron y fue ahí cuando lo supe: nadie esperaba esa respuesta.

—Estamos fuera.

Respiré hondo y sentí cómo algo de control volvía a mis manos. Luego escuché la voz de mi asistente que me informaba que teníamos que salir ya de allí pues teníamos una reunión con los agentes encargados.

Mientras me retiraba, casi a los empujones, uno de los periodistas me agradeció. Quise pensar que lo hacía por mi gestión ante el caso y no solamente por tomarme el tiempo de responderles.

—A usted —dije apresuradamente. Sus palabras me habían dado un poco de consuelo. Sin embargo, seguía sudando y sentía la cabeza pesada. Llena de dudas. Ya no tenía idea si esa rueda de prensa y lo que había intentado balbucear ante los micrófonos había sido lo correcto.

Durante el trayecto a mi oficina no podía dejar de pensar en ella. ¿Cuál sería el siguiente paso? ¿Qué más podía hacer ahora? ¿Cuál sería el mejor destino para el cuerpo de una niña de dieciocho meses que se encontraba en la morgue y con los ojos del país encima?

La voz de mi asistente comentando que acababa de recibir noticias me apartó de mis pensamientos.

—Señor, ya tienen los resultados de la autopsia.

Finalmente alguna certeza parecía despejar el día.

El ambiente era extraño en la oficina. Todos estábamos muy tensos, y eso que somos el Tribunal de Justicia. Se supone que estamos más que acostumbrados al sobresalto.

—Buenos días, señores —caminé hasta mi lugar al frente de la mesa de juntas—. ¿Qué tenemos acá?

A pesar de las dudas, sabía que tenía que fingir ser un hombre duro y exigente. El papel de jefe autoritario venía bien para liderar este equipo, y sentía que se vería fuera de lugar confesarles que este era uno de los pocos casos que había logrado inquietarme.

—Señor, estos son los resultados de la autopsia —dijo Ramírez mientras nos entregaba a todos una copia impresa— y, bueno…

—¿Qué ocurre? —pregunté impaciente.

—Nos genera más dudas que respuestas, señor —respondió nervioso.

La mirada de todos se volcó hacia mí. Una vez más, estaba ante oídos atentos que esperaban algún tipo de certeza. El sudor volvió a deslizarse por mi frente, justo como había sucedido en la rueda de prensa. Me quedé sin palabras cuando vi el documento.

CENTRO DE ASISTENCIA JUDICIAL FEDERAL

MORGUE JUDICIAL

SERVICIO DE TANATOLOGÍA

1. Infante femenina de aproximadamente dieciocho meses de edad. Somatotipo mesomórfico, cabello lacio castaño, ojos cafés, boca mediana, nariz platirrinia.

2. Presenta golpe contundente en el lóbulo occipital del cráneo provocado por un objeto externo (sin identificar), generando un accidente cerebro vascular hemorrágico por ruptura de la arteria cerebral basilar.

3. Se evidencian signos de desnutrición severa en el momento de la autopsia, de aproximadamente dos semanas de evolución.

4. Signos de acceso carnal violento, con hematomas en zona pubálgica.

Resultado del análisis de la autopsia: Accidente cerebro vascular hemorrágico de arteria cerebral basilar por golpe contundente.

Francisco Mantilla

La voz de Ramírez, llamándome de manera insistente, volvió a traerme al presente.

—¿Qué otras pruebas tenemos? ¿Hablaron con los que la encontraron? —pregunté para disimular lo mucho que me había impactado leer el documento.

—Sí, señor.

—¿Son sospechosos?

—Los dejamos fuera del caso porque se comprobó que solamente la habían encontrado. Estaban caminando por el centro de la ciudad, sintieron un olor fétido y vieron la maleta abandonada. Llamaron a las autoridades y se descubrió que en la maleta estaba el cuerpo de la niña.

—Y ¿sabemos algo más sobre ella?

—No, señor. No hay ninguna información de huellas. Parece que sus padres no la registraron cuando nació.

Cada camino nuevo que tomaba este caso parecía conducir a un callejón sin salida. Me sentía frustrado. No había ninguna explicación frente a este crimen y yo era quien tenía la responsabilidad de armar y desarmar el rompecabezas hasta encontrar el culpable. Además, me conmovía profundamente su historia. No solo porque la pequeña tenía la misma edad de una de mis hijas y pensar que algo así les podría pasar me estremecía. También tenía miedo de que si esto ya había pasado una vez, bajo mi jurisdicción, podría pasar otra, y otra, y otra, hasta que la muerte y el terror se colaran en mi casa y alguien se llevara a mis niñas.

—¿Hay ADN en la escena?

—No, señor, ni siquiera en la maleta.

—¡Pero cómo puede ser posible, si el ADN está en todas partes!

—Es muy extraño, señor. El golpe en la cabeza es la única pista que tenemos, y eso porque fue hecho con un objeto externo que no está en la escena del crimen.

—No puede ser. ¿Ni siquiera hay ADN en sus partes íntimas?

—Se encontró lo que se estipula en la autopsia, pero no hay rastro de semen u otro fluido que podamos ligar con el ADN de alguien más.

—¿Ya hablaron con las personas que viven en la zona?—pregunté exasperado, aunque conocía la respuesta.

—Sí, señor —respondió Torres con la voz temblorosa—, pero nadie vio quién dejó la maleta en el lugar. Tampoco había cámaras de seguridad en la zona. Yo mismo me encargué de recorrer los cuatro bloques contiguos.

Me quedé en silencio.

—Señor, tenemos la reconstrucción facial de la víctima —dijo Sánchez, mientras irrumpía en la sala—. Disculpe la tardanza, pero estaba esperando esta información.

Se dirigió al centro de la mesa e insertó una USB en el computador. Sánchez no había recuperado el aliento cuando el video beam se encendió. Frente a todos apareció el rostro de aquella pequeña. Sus ojos abiertos, vivaces, encendidos me miraban. Sentí un nudo en la garganta. Examiné con cuidado el rostro. No había ninguna duda, esa imagen reproducía la descripción exacta que había dado el médico forense.

Después de ver la imagen hubo algo que se hizo evidente, pero no quise decirlo en voz alta. Tenía que poner a prueba la inteligencia de mis agentes. Necesitaba que los mejores estuvieran de mi lado.

—Hay algo importante acá y creo que ustedes ya lo pueden notar, ¿alguien?

—Sus rasgos —respondió la agente López, dudosa.

—¿Cómo es eso? —la presioné.

—No estoy segura de que uno pueda decir que esa niña es mexicana.

—Muy bien, agente. Nada en los rasgos de esta niña nos asegura que ella sea de Ciudad de México. Puede venir de cualquier otra parte del país o de cualquier parte de Centro o Sur América.

Mientras hablaba veía cómo mi frustración se expandía al rostro de todos los presentes. Sabían que con este hallazgo el caso se expandía hacia una decena de países.

—Hay un par de cosas más, señor.

Me di vuelta hacia Ramírez, quien parecía recobrar la esperanza.

—Se encontraron dos mudas ...