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TRIPLE

Ken Follett  

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Fragmento

PRÓLOGO

Una vez, sólo una vez, estuvieron todos juntos.

Se volvieron a encontrar hace muchos años, cuando eran jóvenes, antes de que todo esto sucediera; pero el encuentro deja sombras que duran décadas.

Era el primer domingo de noviembre de 1947, para ser exacto; y cada uno de los hombres era presentado a los demás; naturalmente, durante unos minutos estuvieron todos en una misma habitación. Algunos de inmediato olvidaron las caras que vieron y los nombres que escucharon en las presentaciones. Algunos en realidad olvidaron el día por completo; y cuando se volvió tan importante, veinte años más tarde, tuvieron que aparentar que recordaban; mirar las fotografías descoloridas y murmurar «¡Ah, sí!», como si les resultara conocido.

La primera de las reuniones fue una coincidencia, pero no demasiado asombrosa. Eran hombres jóvenes y capaces; destinados a tener poder, a tomar decisiones, e impulsar cambios, cada uno a su manera, en sus diferentes países; y este tipo de jóvenes a menudo se encuentra en lugares como la Universidad de Oxford. Además, cuando sucedió todo esto, los que no estaban implicados inicialmente se vieron envueltos en el asunto simplemente porque habían conocido a los demás en Oxford.

Sin embargo, cuando ocurrió no pareció un encuentro histórico. Era simplemente otra reunión social en un lugar donde había muchas reuniones sociales con jerez (y, los no graduados agregaban, poco jerez). Era una ocasión carente de acontecimientos de interés. Bueno, casi.

Al Cortone golpeó la puerta y aguardó en el vestíbulo a que un hombre muerto le abriera.

La sospecha de que su amigo estaba muerto se había convertido en una certeza en los últimos tres años. Primero Cortone había oído que Nat Dickstein había caído prisionero. Luego, cuando estaba a punto de acabar la guerra, comenzaron a circular historias acerca de lo que les estaban haciendo a los judíos en los campos de concentración nazis. Y, al final, la triste verdad se supo.

Oyó cómo, al otro lado de la puerta, un fantasma deslizaba una silla por el suelo y caminaba torpemente.

Cortone se sintió súbitamente nervioso. ¿Y si Dickstein estuviera inválido, deformado, o acaso mentalmente desequilibrado? Él nunca había sabido cómo manejarse con los inhabilitados físicos o con los dementes, además sólo estuvieron juntos unos días, allá por 1943. ¿Cómo sería Dickstein ahora?

La puerta se abrió.

—Hola, Nat —dijo Cortone.

Dickstein se quedó mirándolo y luego le dedicó una amplia sonrisa. Respondió con una de sus frases hechas:

—¿Te has caído del cielo?

Cortone sonrió aliviado. Se estrecharon las manos, se palmearon las espaldas y se dijeron las típicas frases «afectuosas» de la jerga de cuartel; luego entraron.

Dickstein tenía una habitación en una antigua casa de techos altos, en uno de los barrios viejos de la ciudad. En la habitación había una cama individual perfectamente hecha, como en el ejército; un armario de madera oscura, con una cómoda haciendo juego; y una mesa llena de libros, ante una ventana pequeña. Cortone pensó que la habitación se veía desnuda. Si él hubiera vivido allí, se habría rodeado de objetos personales para que el lugar pareciera más acogedor: fotografías de su familia, recuerdos de las cataratas del Niágara y Miami Beach, su trofeo de fútbol de la High School.

—¿Cómo me has encontrado? —quiso saber Dickstein.

—No ha sido fácil. —Cortone se quitó la chaqueta del uniforme y la dejó sobre la pequeña cama—. Llevo buscándote desde ayer.

Echó una mirada al único sillón que había en la habitación; tenía los posabrazos desportillados, un resorte asomaba por los descoloridos crisantemos de la tela estampada y le faltaba una pata que había sido reemplazada por un ejemplar del Teeteto de Platón.

—¿Los seres humanos pueden sentarse ahí?

—Si pasan de la jerarquía de sargentos no. Pero...

—De todos modos no pertenecen al género humano.

Los dos rieron; era una antigua broma. Dickstein trajo un sillón que tenía ante la mesa y miró a su amigo atentamente.

—Estás más gordo.

Cortone se palmeó la barriga.

—Vivimos bien en Francfort. Realmente te perdiste el ser desmovilizado. —Se inclinó y bajó la voz—. He hecho una fortuna. Joyería, porcelanas, antigüedades; todo comprado con cigarrillos y jabón. Los alemanes se están muriendo de hambre, y lo mejor es que las chicas son capaces de hacer cualquier cosa por un Tootsie Roll.

Volvió a echarse hacia atrás en el asiento, esperando escuchar las risas de Dickstein, pero éste se quedó mirándolo sin decir nada. Desconcertado, Cortone cambió de tema.

—Tú eres cualquier cosa menos gordo.

Al principio se había sentido tan aliviado de ver a Dickstein aún entero y sonriendo que no se había dado cuenta de lo delgado que estaba su amigo. Se le veía demacrado. Nat Dickstein siempre había sido bajo y menudo, pero ahora parecía un saco de huesos. La piel sin vida y con palidez mortal, y los grandes ojos castaños tras los anteojos de armazón de plástico, acentuaban el efecto. Entre el borde de las medias y botamanga del pantalón asomaban unos esqueléticos centímetros de pierna. Cuatro años atrás Dickstein había sido trigueño, musculoso, fuerte como las suelas de cuero de sus botas de militar del ejército británico. Cuando Cortone hablaba de su camarada inglés, cosa que hacía a menudo, decía, «es el cretino más fuerte y el mejor soldado que jamás haya salvado mi cretina vida, y no lo estoy diciendo en broma».

—¿Gordo? No —dijo Dickstein—. Este país aún está bajo un racionamiento riguroso, compañero, pero nos las arreglamos para ir tirando.

—Hemos pasado por peores...

Dickstein sonrió.

—Y hemos sobrevivido.

—A ti te hicieron prisionero.

—En La Molina.

—¿Cómo te cogieron?

—Muy fácil. —Dickstein se encogió de hombros—. Recibí un balazo en la pierna y perdí el conocimiento. Cuando me desperté, estaba en un furgón alemán.

Cortone le miró a las piernas.

—¿Conseguiste salvarla?

—Tuve suerte. En el vagón del tren que transportaba prisioneros de guerra iba un médico.

Cortone asintió.

—Y luego el campo...

Pensó que quizá no debería preguntar, pero quería saber.

Dickstein desvió la mirada.

—Todo iba más o menos bien hasta que descubrieron que era judío —explicó—. ¿Quieres una taza de té? No puedo permitirme comprar whisky.

—No. —Cortone pensó que hubiera sido mejor no haber hablado—. De todos modos ya no bebo whisky por la mañana. Ahora la vida ya no me parece tan corta como antes.

Dickstein volvió a mirar a Cortone.

—Decidieron descubrir cuántas veces se podía romper una pierna por el mismo lugar y volver a soldarse.

—Dios santo —murmuró Cortone.

—Ésa fue la mejor parte —continuó Dickstein en voz baja y monótona. Volvió a desviar la mirada.

—Hijos de puta —dijo Cortone. No sabía qué decir. Entonces se dio cuenta de la extraña expresión que dominaba el rostro de Dickstein. Era miedo, y le resultó extraño descubrirlo. Después de todo, aquello ya había pasado. ¿No era así?— Bueno, diablos, al final ganamos —dijo palmeando el hombro de Dickstein, quien forzó una sonrisa.

—Así es... Bien, dime, ¿qué estás haciendo en Inglaterra? ¿Y cómo me has encontrado?

—Bueno, decidí parar en Londres antes de continuar de viaje de vuelta a Buffalo. Fui a la Oficina de Guerra... —Cortone vaciló. Había ido a la Oficina de Guerra para saber cómo y dónde había muerto Dickstein—. Me dieron una dirección en Stepney —continuó—, pero cuando llegué allí, sólo había una casa en pie en toda la manzana. En esa casa, cubierto de polvo, me encontré a un viejo...

—Tommy Coster.

—Exactamente. Bueno, después de tomar diecinueve tazas de té y de escuchar la historia de su vida, me dijo que fuera a otra casa que estaba a la vuelta de la esquina, donde vive tu madre. Ella me invitó a más té y también me explicó su vida. Cuando por fin me dio tu dirección ya era demasiado tarde para coger el último tren a Oxford, así que decidí esperar y venir a verte esta mañana... Y aquí estoy. No estaré mucho tiempo; mi barco sale mañana.

—¿Ya tienes la baja?

—Dentro de tres semanas, dos días y noventa y cuatro minutos.

—¿Qué vas a hacer cuando estés en casa?

—Administrar los negocios de la familia, en estos dos últimos años he descubierto que soy un gran hombre de negocios.

—¿Qué tipo de negocios tiene tu familia? Nunca me hablaste de ello.

—Transporte en camiones —contestó Cortone sin querer extenderse en más explicaciones—. ¿Y tú? ¿Qué haces en la Universidad de Oxford? ¡Por Dios!, no me digas que a estas alturas estás estudiando.

—Literatura hebrea.

—Estás bromeando...

—Podía escribir hebreo antes de ir al colegio; ¿nunca te lo dije? Mi abuelo era un estudioso. Vivía en un cuarto hediondo de una casa de comidas que había en Mile End Road. Yo iba allí todos los sábados y domingos desde antes de tener uso de razón, y nunca me quejé por ello, al contrario, me encantaba. De todos modos, ¿qué otra cosa podría estudiar?

Cortone se encogió de hombros.

—No lo sé; física atómica, dirección de empresas... ¡Yo qué sé! Además, ¿por qué tienes que estudiar algo?

—Para llegar a ser feliz, inteligente y rico.

Cortone sacudió la cabeza.

—Loco como siempre. ¿Hay muchas chicas por aquí?

—Muy pocas. Además estoy ocupado.

—Mentiroso. —Le pareció que Dickstein se sonrojaba—. Estás enamorado, vamos... ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Quién es ella?

—Bueno, a decir verdad... —Dickstein estaba confundido—. No pue... Está lejos. Es la esposa de un profesor. Exótica, inteligente, la mujer más hermosa que he conocido en mi vida.

—No parece que tengas muchas posibilidades con ella, Nat —dijo Cortone.

—Lo sé, pero... —Dickstein se puso de pie—. Vas a tener la oportunidad de conocerla.

—¿Me la vas a presentar?

—El profesor Ashford da una fiesta en la que habrá jerez. Estoy invitado. Iba a irme en este momento, antes de que tú llegaras. —Dickstein se puso la chaqueta.

—Una fiesta en Oxford —dijo Cortone—. ¡Cuando esto se sepa en Buffalo!

Era una fría y despejada mañana. Los rayos pálidos del sol desleían las paredes de piedra ocre de los viejos edificios de la ciudad. Caminaban en silencio, con las manos en los bolsillos y encorvados para protegerse del frío viento de noviembre. Cortone iba murmurando: «Sueño sobre sueño, mierda.»

Había poca gente por las calles, sin embargo no habrían caminado más de un kilómetro cuando Dickstein señaló a un hombre alto, con una bufanda de estudiante al cuello, que caminaba por la acera de enfrente.

—Ahí va el ruso —dijo, y gritó—: ¡Eh! ¡Rostov!

El hombre levantó la cabeza, agitó la mano y cruzó la calle. Llevaba el pelo cortado al rape como en el ejército, y era demasiado alto y delgado para el traje que llevaba. Cortone estaba empezando a creer que todo el mundo era delgado en el país.

—Rostov está en Balliol, en el mismo college que yo —le explicó Dickstein—. David Rostov te presento a Alan Cortone. Al y yo estuvimos en Italia juntos durante un tiempo. ¿Ibas a la casa de Ashford?

El ruso asintió.

—Cualquier cosa por un trago gratis.

—¿Usted también está interesado por la literatura hebrea? —le pregun

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