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TU HIJO, TU ESPEJO (EDICIóN ACTUALIZADA)

Martha Alicia Chávez  

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Fragmento

Introducción

En mi ciudad natal vivían una mujer y su hija que caminaban dormidas.

Una noche, mientras el silencio envolvía al mundo, la mujer y su hija caminaron dormidas hasta que se reunieron en el jardín envuelto en un velo de niebla.

Y la madre habló primero:

—¡Al fin! ¡Al fin puedo decírtelo, mi enemiga! ¡A ti que destrozaste mi juventud y que has vivido edificando tu vida en las ruinas de la mía! ¡Tengo deseos de matarte!

Luego la hija habló en estos términos:

—¡Oh, mujer odiosa, egoísta y vieja! ¡Te interpones entre mi libérrimo ego y yo! ¡Quisieras que mi vida fuera un eco de tu propia vida marchita! ¡Desearía que es tu vieras muerta!

En aquel momento cantó el gallo y ambas mujeres despertaron. La madre dijo amablemente:

—¿Eres tú, tesoro?

Y la hija respondió con la misma amabilidad:

—Sí, soy yo, querida mía.1

Recuerdo todavía el impacto que causó este relato en mí cuando en la adolescencia lo leí. ¿Sería eso posible? Me pregunté: «¿Podían existir sentimientos como ésos entre una madre y una hija o entre un padre y un hijo?» Pero dentro de mi asombro sabía que ese relato mostraba en su más dramática expresión una realidad que de una forma visceral yo intuía.

Luego me convertí en madre y después en psicoterapeuta, y en estos diez años en que he acompañado a tantas madres y padres en un tramo de su andar por la vida he constatado muchas veces que hay una «parte oculta» en la relación padres-hijos, conformada por una variedad de facetas de la vida de los padres, proyectadas de manera inconsciente en la vida de sus hijos, proyecciones que se desconocen y se niegan, porque descubrirlas a ve ces asusta y casi siempre avergüenza.

¿Qué objeto tendría entonces adentrarnos en este laberinto? ¿Para qué leer este libro y correr el riesgo de sentir culpa, dolor o vergüenza? La respuesta es simple: de todas maneras sentimos esto en muchos momentos de la relación con nuestros hijos, sobre todo después de esas explosiones donde surgen los sentimientos reprimidos y negados, donde nos agredimos mutuamente y dejamos la marca de esas ofensas que el tiempo casi nunca borra, y que se van acumulando una sobre otra dañándonos pro fundamente, tanto a nosotros como a nuestros hijos.

¿No es mejor entonces conocer esa «parte oculta» de nuestra relación? ¿No es mejor saber por qué ese hijo, específicamente él, te saca tan fácilmente de tus casillas, por qué te desagrada tanto, por qué te es tan difícil amarlo, por qué estás empeñado en cambiarlo, por qué lo presionas con tal insistencia para que haga o deje de hacer?

Darte cuenta de qué te pasa con tu hijo te abre la puerta a la posibilidad de un cambio profundo en tu relación con él, y a veces, mucho más frecuentemente de lo que te imaginas, darse cuenta transforma, casi en segundos, estos sentimientos de rechazo, rencor y culpa, que pueden resultar devastad

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