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UN ETERNO COMIENZO

Ugo Pipitone

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Fragmento

pleca

ENTRADA

El tema es aquí la alternancia de confianza y frustración en los ciclos presidenciales de la historia contemporánea de México. Por un lado, está la persistencia de un sistema político secular (la Constitución de 1917 seguida por un partido casi único) y, por el otro, la renovación sexenal como un cambio que no puede romper la doble continuidad de instituciones de mala calidad y aguda segmentación social. La rigidez de una sociedad que no sabe o no puede cambiar se oculta detrás de un rito sexenal de renovación. Después de la Revolución, por varias generaciones este país ha alimentado cierto orgullo por una estabilidad institucional que impedía volver a la horrenda matazón de la que había salido con dificultad. Sin embargo, después de tantas décadas de un sistema político invariable, volvemos a altas tasas de homicidios, secuestros y desapariciones (como consecuencia de una criminalidad desatada e instituciones ineficaces e infieles) y la interrogante queda dramáticamente planteada: ¿puede la estabilidad, en el largo plazo, ser tan dañina como su contrario? Es posible que la respuesta sea positiva si la persistencia de un sistema político no expresa más que una vuelta en círculo alrededor de la incapacidad de un país para cambiarse realmente a sí mismo. De esto se discutirá aquí; de cambios sexenales que exorcizan una renovada impotencia.

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Durante el tiempo en que estuve inmerso en los temas que forman el contenido de estas páginas, después de haber llegado a mi trabajo en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), cada mañana me encontraba a las 7:30 en la sala de maestros para tomar café con mi colega Eugenio Anguiano, antiguo embajador de México en China, tema recurrente de nuestras conversaciones. A lo largo de este tiempo aproveché sus conocimientos y sentido del humor para comenzar el día entre el chisporroteo de intuiciones e ideas inesperadas. Aclaro que Eugenio no tiene responsabilidad alguna hacia lo que escribo aquí aunque tenga una que otra hacia lo que pienso. Agradezco también a mi asistente Diana Reyes, que, con capacidad y benevolencia, me prestó una ayuda decisiva en la búsqueda de material y datos, sin los cuales este trabajo no habría sido posible. No me queda más que expresar mi gratitud hacia la institución en la que trabajo desde hace treinta años, el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), que me ofreció la oportunidad y el mejor ambiente para que tratara de entender algo de este mundo en que, con asombro y angustia, nos tocó vivir.

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IDAS Y VUELTAS

EXPECTATIVAS FRUSTRADAS

Generación tras generación, siempre aparece alguien (un seductor, un iluminado, un herético o un joven favorecido por la desconfianza acumulada en todos los demás) que anuncia el milagro. Y cada vez mucha gente le cree y renueva la confianza de que esta vez, finalmente, las palabras se convertirán en hechos. Si el vendedor de algún bálsamo milagroso visitara recurrentemente la misma aldea prometiendo resultados que —a pesar de su elocuencia y de la fe de los compradores— no se materializaran, después de cierto número de vueltas, difícilmente encontraría nuevos clientes. El mismo embuste requiere la renovación de la clientela. Pero las cosas cambian si el personaje en cuestión no es un viajero venido de fuera, sino alguien que surge y resurge en el seno de la misma aldea como necesidad de renovación de una confianza que será cíclicamente defraudada. Más allá de la metáfora, ésta es la historia reciente de un país, México, y sus intentos frustrados por salir del atraso. Una historia que se contará aquí en forma rapsódica partiendo de mediados de los años cuarenta del siglo pasado. Por el bálsamo (que cambia sucesivamente su presentación) o por cualquier otra circunstancia, algo ocurre a cada giro de promesas y hasta podría hablarse de progresos. Pero las cosas nunca cambian lo suficiente para que el enfermo (colectivo) salga de sus padecimientos que, con síntomas diferentes, son siempre los mismos entre pobreza difundida, aguda desigualdad e instituciones plagadas de corrupción e ineficacia endémicas.

Como consecuencia de una historia lejana, en México —y lo mismo puede decirse de América Latina— es mucho más fácil creer en las personas que en las instituciones. Es más sencillo creer en el señor presidente que en el Estado. Las personas son rostros y voluntades y de ahí algo nuevo puede surgir. Las instituciones son engranajes que en su comportamiento prefigurado no pueden asombrar sino, generalmente, para peor. Ésa, en extrema síntesis, es la antropología de la esperanza y sus repetidos desengaños. Se contará aquí la historia de cuatro presidentes que, podemos suponer, de buena fe (lo que no es necesariamente una virtud pensando en actores que se creen los personajes que interpretan)1 encarnaron momentos cruciales en la historia mexicana de las últimas siete décadas. En orden cronológico, Miguel Alemán, Carlos Salinas, Vicente Fox y Enrique Peña. Cada uno de ellos dio voz a promesas que se estropearon en el camino o condujeron a consecuencias imprevistas o, más a menudo, las dos cosas. Aunque el último de ellos, en el momento de escribir aún no cumpla su mandato, parecería bien encaminado a repetir la historia de sus predecesores. Pero, ¿por qué limitarse a estos cuatro presidentes de los doce que se sucedieron en el período en cuestión? ¿Acaso los otros cumplieron sus promesas? Sería naturalmente asombroso que alguna pócima cíclicamente alabada en la plaza pública (de México o de otros países) cumpliera sus alardeados prodigios curativos. ¿Por qué reducirnos entonces a los presidentes mencionados? Por una razón sencilla: cada uno de ellos, y en especial los primeros tres, encarnó, o pretendió hacerlo, un giro venturoso en la historia económica o política del país. O sea, no las promesas que pudiéramos considerar usuales en ocasiones electorales, sino el embrión de una nueva historia. En cada ocasión las condiciones parecían maduras para proclamas resonantes; se trataba de aprovechar un momento que tal vez no regresaría. En el caso del presidente Peña no hubo una pretensión comparable al encanto y al despliegue de expectativas de los otros presidentes, pero aquí la novedad residió en un hecho objetivo: el retorno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al poder después de una transición desangelada. En síntesis, describiremos una ducha escocesa intergeneracional entre anuncios que prefiguraban cambios radicales y el puntual retorno a una normalidad (que se renueva y persiste) hecha de alta segmentación social y baja calidad institucional. Las constantes aparentemente ineludibles de, cuando menos, dos siglos de historia mexicana.

Apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, el presidente Alemán personificó una nueva cepa de gobernantes no militares que, fuera de las figuraciones cardenistas de un rumbo económico propiamente mexicano, anunciaba la modernización del país en clave de industrialización protegida; una variedad de neomercantilismo a casi dos siglos de la disolución mundial de su versión originaria. Con el apéndice de la clasemediera en la colonia Roma de la Ciudad de México como modelo social y cultural para todo el país. A los ojos de los nuevos gobernantes, la industrialización era una mezcla entre el estilo de vida de la clase media de Estados Unidos y el virtuoso nacionalismo mexicano. Encarrilados en este rumbo, dirigido hacia un éxito inevitable, lo demás vendría por añadidura. Pero, a pesar de los progresos, pasado el fervor originario, México amaneció con una corrupción pública sin precedentes (por su tamaño y su descaro) y una mayor distancia social entre población urbana y rural, entre nuevos ricos y nuevos pobres. La industrialización había avanzado más que las fuerzas sociales (en la producción o en el consumo) que pudieran sostenerla en el largo plazo. Las promesas de bienestar se habían cumplido para algunos creando condiciones que harían más difícil su cumplimiento para los otros que quedaban rezagados.

Cuatro décadas después, con Salinas llegó el tiempo de una nueva profecía profana que compartía con la anterior un bagaje similar de certezas sobre las bienaventuradas consecuencias del nuevo giro. Como Deus ex machina de la modernización, la industrialización pasaba del encierro nacionalista a la apertura frente al resto del mundo mientras retrocedía la responsabilidad económica del Estado, visto ahora como estorbo burocrático en el camino de una prosperidad nuevamente a la vuelta de la esquina. Parte una nueva oleada, cuya fuerza surge en buena medida de la baja vitalidad endógena y de las rigideces acumuladas en el ciclo anterior, que reúne inicialmente cierta adhesión social interna y una gran simpatía internacional. La nueva fe futurista proviene de las inconmovibles convicciones científicas de jóvenes educados en prestigiosas universidades de Estados Unidos. La economía, otra vez, pone en una zona de sombra a la política (como relación de la sociedad consigo misma y con sus instituciones) y se vuelve clave maestra para abrir todas las puertas. El sexenio concluirá con una aguda crisis financiera que comprometerá el crédito privado por los años venideros, además de una seria sacudida al edificio político. Ni la antigua polarización social ni la igualmente antigua fragilidad clientelar de la administración pública se habían modificado de alguna manera que valiera la pena registrar. Otra llamarada de petate a pesar de inicios que anunciaban un incendio descomunal.

Pero, si fuera posible definir un índice de desencanto, como una medida de la excursión térmica entre el calor del día y el frío nocturno, entre euforia temprana y decepción postrera, la palma le tocaría probablemente al presidente Fox. Con él parecía comenzar un nuevo siglo, no sólo en el calendario, y se interrumpía la anomalía de 71 años de permanencia en el poder del mismo partido que se proclamaba heredero de una lejana revolución. Excitación y expectativas eran palpables. Sin embargo, a pesar de los avances en diferentes ámbitos, la antigua maquinaria institucional priista (¿o mexicana?, después de décadas una neta separación ya no era obvia)2 quedó virtualmente intacta mientras el país, envuelto en ásperas rivalidades partidistas, no podía construir los consensos mínimos para reflexionar críticamente sobre su pasado y sondear nuevos rumbos. Se había despertado de nuevo el fantasma intolerante de la República restaurada de más de un siglo antes. Entre inconsistencias presidenciales, rencores de una izquierda frustrada en su ilusión de poder y la ambición de revancha del PRI, México quedó atascado en una guerrilla parlamentaria, espejo de una clase política con escaso sentido de su responsabilidad general. Y así el alto oleaje inicial de expectativas se aplacó en una sensación difundida que, con o sin PRI, no cambiaban mucho las cosas en la vida real del país. Aunque no de inmediato, la rueda se preparaba para un nuevo giro.

Con el presidente Peña, y el regreso del viejo partido hegemónico, ocurre un oxímoron ya no discursivo sino real: un entusiasmo pasivo. Después de dos gobiernos (Fox y Calderón) que, se suponía, traerían al país nuevas perspectivas evolutivas maduradas en décadas de oposición al viejo sistema, y en medio de la angustia frente a una criminalidad desbordada y a un Estado agarrotado entre ineptitud y colusión, la mayoría relativa de los electores (38%) decidió regresar al PRI como a un ancla de seguridades o de inercias consoladoras. Se encargaba al pasado enfrentar los problemas del presente. Un pasado que, restablecido en el poder, quita del centro del escenario la criminalidad poniendo en él varias reformas económicas que, como en tiempos de Salinas, deberían haber dado respuestas eficientes incluso a los problemas oficialmente no reconocidos. Una fórmula combinada de remoción y disimulo. Después siguieron escándalos de corrupción que restaron credibilidad a las intenciones declaradas de saneamiento institucional, además del pavoroso episodio de complicidad entre instituciones y criminalidad con el resultado de 43 jóvenes estudiantes desaparecidos en Iguala. En varios de sus puntos el Estado daba señas de incoherencia e inconsistencia antes de comenzar la segunda mitad del sexenio de Peña. Incluso el “entusiasmo pasivo” inicial agotaba sus reservas mientras el país se reencontraba con sus problemas antiguos agigantados por una criminalidad sin frenos y sin respuestas institucionales creíbles.

En rápida sucesión, desde comienzos del nuevo siglo le fallaron a México tanto la ruptura de una larga continuidad política como su restablecimiento, al tiempo que seguía la secuencia de inauguraciones alentadoras y desarrollos malogrados. Estos son los cuatro episodios centrales de la historia contemporánea de México, en los cuales se intentarán reconocer las razones de la incapacidad del país para emanciparse de fallas antiguas que, en circunstancias cambiantes, se reconfirman. Una historia de nuevos comienzos, de expectativas que renacen periódicamente sin conducir a los resultados que en su momento se creyeron al alcance de la mano. Y al final de cada ciclo, la frustración que alimenta la necesidad de experimentar un nuevo rumbo que, con su desencanto, hace más dura la capa del cinismo colectivo que se acumula en el humor nacional. A fines del siglo XIX no había observador mediamente sagaz que, hablando de Rusia, no percibiera el inexorable derrumbe de una sociedad bajo la imposibilidad de salir del peso de sus inercias. A comienzos del siglo XXI un aire similar recorre México. ¿O sólo será la percepción de una recurrente fragilidad destinada a ser exorcizada y reproducida? ¿De qué clase de fatalidad es cautivo este país? El presente ensayo describe los cuatro rumbos mayores que condujeron a México adonde está en la actualidad; se sondearán las razones de una misma y diferenciada impotencia para recorrer los caminos que condujeron a otros países a superar una dura segmentación social y la inhabilidad institucional de las cuales México no ha podido emanciparse.

ETERNO RETORNO / ETERNO COMIENZO

La modernidad es afirmación de la linealidad del tiempo sobre la circularidad (mítica o real) de las sociedades antiguas. Una linealidad que desde la Ilustración se condensa en la idea del progreso como acumulación de mejoras y aprendizaje humano irreversibles. Sin embargo, la idea del eterno retorno3 pertenece a uno de los patrimonios culturales más extendidos y persistentes de la historia del mundo. La imagen de la serpiente (o el dragón) que se muerde la cola, expresión zoomorfa de las órbitas planetarias, es un patrón iconográfico común a variedad de culturas. En el siglo V a. C., escribía Empédocles de Agrigento (la antigua Akragas griega): “A veces / Uno se crecía a costa de Muchos / que llegó a ser solo / a veces, empero / por des-nacimiento, Muchos surge de Uno… [Entre Muchos y Uno] Ninguna [cosa] en lo eterno apoyará sus pies […] según círculo inmoble muévense todas”.4

La astucia humana poco puede contra la fatalidad que termina por imponerse. Los ardides de Sísifo (padre de Ulises, según Sófocles) en su lucha contra la muerte y contra los dioses, le valen la condena a empujar una roca en la ladera de una “montaña llena de noche” (en palabras de Albert Camus) y cuando está a punto de cumplir su tarea y llegar a la cumbre, la roca vuelve a rodar hasta la base obligándolo a empujar sin fin una piedra que volverá a caerse. Una circularidad dolorosa que en Mesoamérica se vuelve concepción cíclica de las fuerzas que regulan el mundo. La rueda calendárica de 52 años que, engarzando año ritual y solar, repite, con la recurrente ceremonia del fuego nuevo, la alternancia entre “la muerte y la vida: dos puntos situados diametralmente en un círculo en movimiento”, donde el muerto, en su viaje al Mictlan se vuelve semilla descarnada dispuesta para el reinicio de la vida.5 Siguiendo diversos rumbos, hace más de un siglo llegamos a Nietzsche:

Qué te sucedería si un día o una noche se introdujera furtivamente un demonio en tu más solitaria soledad y te dijera: Esta vida, así como la vives ahora y la has vivido, tendrás que vivirla una vez más e innumerables veces más […]. El eterno reloj de arena de la existencia será dado vuelta una y otra vez —y tú con él, polvillo de polvo.6

Pero en las sociedades antiguas o en las modernas la idea de la historia que regresa (incluso en la forma marxista del comunismo primitivo que, en la conclusión de un largo recorrido de la humanidad, resurge como comunismo finalmente maduro) no es más que el disfraz de la voluntad de huir del tiempo histórico concreto para refugiarse en una metahistoria. Un miedo a “perderse” (en un presente eternamente sin sentido), dice Mircea Eliade, que en las sociedades arcaicas “desvaloriza el tiempo”7 y en las modernas afirma un finalismo redentor donde la trascendencia es sustituida por la inmanencia del progreso que conduce al mundo a recuperar su perdida, originaria, inocencia.

Frente a mitos, huidas del tiempo y repeticiones deseadas o temidas, un premio Nobel de Química recordaba que el universo es una evolución irreversible hacia sistemas crecientemente complejos en equilibrio inestable entre gravitación y entropía, entre necesidad y azar. Nada en el universo (ni en los conjuntos humanos) es realmente comprensible sin un antes y un después, y sin la dialéctica inherente a los sistemas complejos en intercambio de energía con su entorno.8 Una consecuencia necesaria de lo anterior es que el futuro no es predecible. En un intercambio epistolar con Emile Cioran, el filósofo rumano Constantin Noica escribía en 1957: “Según un científico inglés dotado de sentido del humor, los tres principios de la termodinámica se reducen simplemente a: 1. Es imposible ganar (ley de la conservación); 2. Se está seguro de perder (ley de la entropía); 3. Es imposible salir del juego”.9

Lo cual, sobre todo en referencia al tercer principio, nos devuelve a México donde, entre retornos y comienzos, el juego se repite en nuevas formas y con las mismas reincidencias: aguda desigualdad social y mala calidad institucional. En cierta forma, en contra de la modernidad, aquí el tiempo se ha vuelto reversible, circular. Y si el tiempo parece volver como si estuviera atrapado en una órbita, la parte se presenta como un fragmento del todo cuya lógica reproduce. Un ejemplo. Después de haber estudiado a los policías de las ciudades de Chihuahua, Hermosillo, Mexicali y Tijuana, un investigador llega a la conclusión de que en la corrupción policial, más que la presión ejercida por la criminalidad organizada (que no es poca), intervienen prácticas informales y arraigadas del sistema político mexicano, donde prevalecen lealtades corporativas y liderazgos personalistas que sentirían amenazados sus espacios consuetudinarios de poder por el uso del mérito como criterio de selección del personal.10 El problema de la disfuncionalidad de la policía mexicana es parte de un orden en que cada pedazo del Estado en realidad goza de una (irresponsable) autonomía mientras no cree dificultades infranqueables al corazón del sistema político. La tolerancia a la corrupción y la incompetencia (más o menos interesada) en partes del Estado o en zonas del territorio, por décadas han sido requisitos para el funcionamiento conjunto de una compleja maquinaria de poder nacional. Tal vez incluso podría hablarse de una neofeudalidad moderna y centralizada. Acerca de la recurrencia en la historia mexicana de criminales e instituciones poco confiables, escribía la escocesa madame Calderón de la Barca en 1840: “La pestilencia de los ladrones, que infestan la República, nunca ha podido ser extirpada [por] el estado de desorganización en que se encuentra el país”.11

Después de la Revolución, el siglo XX mexicano produjo algo asombroso: una prolongada estabilidad política, como antes había ocurrido con el porfirismo, si bien en menor escala. Sin embargo, a la sombra de la estabilidad aliñó aquello que Octavio Paz resumía en una palabra: simulación. Y de ahí vino un “daño moral profundo”, una “mutilación espiritual”.12 Detrás de una supuesta continuidad revolucionaria,13 el sistema político alimentaba una ritualidad que envilecía la dimensión pública del debate de ideas y la confrontación cívica de propuestas. El disimulo, vuelto razón de Estado, impedía (e impide) nombrar los problemas con sus nombres: una forma revolucionaria de cultura cortesana. Asumiéndose como heredero de la revolución de 1910, el PRI repitió una antigua historia de apropiación de eventos pasados capaces de dar alguna nobleza ancestral al presente. Así había hecho Porfirio Díaz apropiándose simbólicamente d ...