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UN HOMBRE DE CONFIANZA

Fabrizio Mejía Madrid  

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Fragmento

I

Venían de Morelos y no conocían bien la ciudad de México. De los doce, quizás tres habían estado de visita en el Campo Militar Número Uno. Pero nada más. Les habían dicho que, una vez tomada la avenida Insurgentes, tenían que dar vuelta en Miguel Ángel de Quevedo y luego ubicar el retorno en la esquina de Fernández Leal. Ahí debían esperar hasta ver el coche con el “objetivo”. Unos iban en una camioneta de reparación de teléfonos y los otros en una camioneta Cherokee del año: 1997. Unos deberían aparentar ser electricistas y los otros sólo irían encapuchados.

—Nos tocaron los telefonitos —dijo el Chino, señalando el aparato azul que colgaba de su cinto como un revólver—. Con esto no vamos a poder defendernos.

—Así es —respondió el Dólar desde atrás de sus lentes oscuros.

El Chino supuso que su compañero no veía nada. Eran las siete de la tarde del martes 9 de diciembre y ya empezaba a caer la noche. Tampoco hablaba mucho. El Chino se acomodó el casco de telefonista y se frotó las manos, protegidas por los guantes de carnaza.

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—Hace frío.

—Así es.

—Dicen que van armados. Que son cuatro guardaespaldas y el chofer.

—Hey.

—No sé cómo nos mandan así, sin pistolas.

El Dólar hizo un gesto debajo de los lentes oscuros. Uno de resignación, de así son las cosas, de yo sólo obedezco, de jalar la comisura derecha de la boca. Sólo quedó el ruido del motor de la camioneta de teléfonos.

—¿Quién es el “viejito”?

La respuesta sólo fue una negación leve con la cabeza, como de “sepa”, como de “ni preguntes”, como de “no es nuestro asunto”. El Dólar sacó una anforita nalguera y bebió dos tragos. No le ofreció al Chino.

—¿Quieres oír una cosa increíble? —insistió.

—Nop.

—Un güey le está metiendo mano a su chava, en la miona, ya sabes, y se le queda adentro el anillo de casado. Así que mete toda la mano, pero no lo encuentra, y mete el brazo y hurga, pero nada. Así que mete la cabeza y, de pronto, ya está dentro de la vieja. Ya sabes, adentro, como un bebé. Y empieza a caminar por el desierto húmedo y de pronto encuentra a un vaquero, con su sombrero y sus botas con espuelas. Y le pregunta:

”—¿No habrás visto mi anillo de casado?

”—No —dice el vaquero—. ¿Y usted no ha visto mi caballo?”

El Chino se rio solo. Entre las sombras en la caseta de la camioneta y el ruido que ésta hacía al pasar los topes de la avenida notó cierta preocupación en el rostro del Dólar. Estaban pensando lo mismo: doce hombres, diez de ellos armados para un “objetivo” al que el jefe, don Gilberto, se había referido como “un viejito torpe”. El Dólar se palpó el tobillo para sentir la .45 que cargaba escondida. A él no lo matarían desprevenido. Tanteó de reojo al Chino. Seguro él también llevaba un arma oculta en algún lado. Lo había visto antes, afuera de la Procuraduría de Morelos, de este lado de las rejas. Pero nadie sabía nada. Era por protección: sin nombres —puros apodos—, ni cargos ni a quién tendrían que “asegurar”. Sólo el punto donde había que recoger al “objetivo” y el punto donde tendrían que entregarlo. Ni siquiera se hablaba de dinero. Suponía que no sería mucho, habida cuenta de que eran doce “apóstoles”, como había bromeado el jefe, don Gilberto.

Después de una vuelta que dio el chofer de la camioneta, que no había dicho una palabra desde que salieron de Cuautla, saltaron los metros enrollados de cables y una caja de herramientas debajo de la banca en que iban sentados.

—Es aquí —fue todo lo que dijo.

Los hombres se bajaron delante de una paletería, Helados Taxqueña. Desde atrás, los faros de la Cherokee los iluminaron.

—Ocho cabrones con las ventanillas cerradas. Ahí dentro debe de oler a puro puto —dijo el Chino, a sabiendas de que su compañero no le contestaría.

Pero lo hizo:

—Los soldados se acostumbran a viajar como puercos. Por lo menos ahora traen calefacción.

Los dos se miraron en sus overoles de telefonistas, debajo de los cuales estaban sus trajes brillosos. Lo que se alcanzaba a ver: los zapatos de charol, el cabello engominado, las esclavas de oro en las muñecas, los anillos de calavera de plata. Cualquiera que hubiera puesto atención en los detalles sabría de inmediato que ésos no eran trabajadores de Teléfonos de México.

Miraron a una pareja comprando paletas. En invierno.

—Pinches chilangos locos —agregó el Chino.

El Dólar había sacado la anforita de nuevo, a la que dio los dos tragos de rigor. El Chino se paró sobre el camellón arbolado, desenrolló el cable amarillo y el Dólar, con los lentes oscuros sobre la cabeza, lo atravesó sobre la avenida con gestos de “calma” a los automovilistas, que tuvieron que aminorar el paso y, los de atrás, detenerse por completo. Comenzaron a sonar los claxonazos que sólo se escuchan en épocas decembrinas. La Navidad pone histérica a la ciudad de México.

Se escuchó un cristal rompiéndose y tan sólo un disparo. Vieron una nube de gas lacrimógeno. El Dólar se llevó la mano al tobillo derecho y sacó la pistola. El Chino hurgó debajo de su casco de telefonista y extrajo un revólver, todavía pegado a una cinta aislante gris con cabellos arrancados. El cable cayó pesadamente sobre la avenida y los autos comenzaron a derrapar, a esquivar la zona de peligro. Los dos encañonando el aire no podían ver que, tres filas atrás, los ocho militares de la Cherokee sometían al chofer y a los guardaespaldas del “objetivo”. Lo vieron hasta que ya estaba muy cerca, con los brazos atrás y una bandera nacional en la cara. La imagen de un hombre alto, de traje, el rostro cubierto por el lábaro patrio —como decían los políticos—, la tricolor, desconcertó a ambos.

—Súbanlo —ordenó un tipo grueso que conocían como Fierros.

Los cuatro se subieron de nuevo a la camioneta de Teléfonos y arrancaron al ritmo del tráfico. Doblaron en una callejuela y una vez más ya estaban en Insurgentes, rumbo a Cuernavaca. La caseta olía a loción. Provenía, sin duda, del “viejito torpe”, cuya cara seguía bajo la bandera mexicana, las manos esposadas por la espalda. Lo sentaron en el piso de la camioneta. Le ataron los pies con cinta de aislar metálica.

—No es necesario —murmuró con voz profunda.

Detrás quedaba el cable de Teléfonos de México, los militares —salvo Fierros, que resoplaba encima de su gordura y quizás con un leve ataque de asma, oliendo a sudor seboso—, un guardaespaldas herido y un chofer que sólo atinó a denunciar tres números de la placa de la Cherokee: “123”.

Pasando la Villa Olímpica de 1968, hoy convertida en condominios de la clase media universitaria, el Chino recobró el ánimo:

—¿Les cuento una cosa increíble?

No obtuvo respuesta.

II

De haber existido una tarjeta de los servicios de inteligencia sobre el caso, se habría leído algo así:

Martes 9 de diciembre de 1997. Aproximadamente a las seis de la tarde fue secuestrado en la ciudad de México Fernando Gutiérrez Barrios, ex director de la Dirección Federal de Seguridad, ex gobernador de Veracruz y ex secretario de Gobernación. Fue extraído en una camioneta con los logotipos de Telmex por aproximadamente doce hombres armados. Se presentó un tiroteo y gases lacrimógenos en la esquina de la avenida Miguel Ángel de Quevedo y la calle Fernández Leal. Hubo un herido, presumiblemente el chofer del licenciado Gutiérrez Barrios. Una camioneta Cherokee fue encontrada unas horas después estacionada frente a la casa de Cuernavaca del licenciado, en la calle Francisco Villa 106, esquina Neptuno, a unos metros de la XXIV Zona Militar. Hace tiempo que el inmueble no es utilizado por la familia Gutiérrez. En un primer momento se pensó que el secuestro ocurrió en este vehículo, pero más tarde se dio a conocer a su dueño: Jesús Miyazawa, director de la Policía Judicial del Estado de Morelos. (NM, 21:00 horas.)

La tarjeta nunca existió, y si lo hizo, hoy es inencontrable. Toda una operación de silencio se maquinó alrededor de la desaparición forzada de quien fuera durante tres décadas el hombre fuerte de México, el que amenazaba, presionaba, seducía, torturaba y asesinaba. El que desapareció a casi un millar de estudiantes, campesinos, profesores levantados en armas o no. Si llamabas a sus oficinas, Alberto Alcántara, su ayudante, repetía leyendo de un papel redactado ex profeso para no levantar sospechas entre los periodistas:

—El señor está de vacaciones desde el miércoles pasado.

No dejaba de ser extraño que quien inventó el secuestro de opositores al “partido único” fuera ahora el secuestrado. ¿Quién tenía el poder para llevar a cabo semejante maniobra?

Lo mismo debió preguntarse el Pollo Gutiérrez Barrios en el cuarto de la casa de seguridad, localizada en algún lugar de Cuernavaca. Debió de ser un sótano sin ventanas, con un foco encendido las veinticuatro horas —él mismo sabía que la finalidad era desgastar al secuestrado, sin dejarlo dormir—, un colchón necesariamente sucio —para minar su sentido del decoro— y comida ofrecida directamente en la boca, servida en el mismo plato desgastado de aluminio —el alimento es sólo para mantener vivos los órganos, no para degustar—, vendado a veces, sus captores casi siempre encapuchados. Dependiendo de las preguntas que le hicieran, el autor intelectual se iría develando poco a poco, a partir de ciertos detalles, frases, acentos. Solo, sin poder levantarse del colchón, acaso lo primero en que pensó Fernando Gutiérrez Barrios a sus setenta años fue en la crueldad de la política mexicana, en cómo las leyes se torcían para convertirlas en venganzas, en cómo se utilizaba a los demás y éstos se dejaban utilizar hasta que las relaciones se pudrieran y empezara un nuevo ciclo de revanchas.

Él mismo había sido el encargado, desde la Secretaría de Gobernación del presidente Salinas, de llevar a cabo las venganzas. La primera, el 4 de enero de 1989, recién entrado el gobierno producto de un fraude electoral monumental, con cientos de costales de boletas que volaban por las carreteras de Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Veracruz. Boletas cruzadas a favor del candidato opositor, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.

El líder del poderoso sindicato petrolero jamás había querido al candidato Salinas. No sólo se había salido de sus actos de campaña, sino que también financió la impresión de un panfleto: “¡Un asesino en la presidencia!”, en el que se detallaba cómo, a los cinco y tres años de edad, respectivamente, Raúl y Carlos Salinas, jugando con un rifle en casa de su padre —Palenque 425—, le apuntaron a la sirvienta y de un solo disparo le volaron la mitad de la cabeza.

Salinas le dio la instrucción:

—Sea contundente, don Fernando —“el Pollo” era sólo para sus amigos—. Que no quede nada al azar. Ese tipo de hijos de puta, si quedan tantito vivos, luego renacen.

Gutiérrez Barrios dirigió la operación de captura del líder petrolero: dos aviones del ejército con armas recién compradas en el mercado negro de Alemania y un cadáver aterrizaron en las inmediaciones de la mansión del líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, la Quina —su bebida preferida era el vodka tonic—, y la rodearon. Se depositaron las armas y el cadáver en la puerta y se pasó a la detención por acopio de equipo de uso exclusivo del ejército y homicidio: una bazuca abrió el portón, dejando polvo y cenizas en el aire.

Llevar el cadáver fue uno de los detalles que todavía, luego de treinta años de urdir estas operaciones, le divertían a Gutiérrez Barrios. Habían matado en Ciudad Juárez, Chihuahua, a un agente del Ministerio Público. Así, sin nombre ni móvil: posiblemente un acto de barbarie del narcotráfico o del narcotráfico oficial o de algún político. A esas alturas nunca se sabría la diferencia. Y lo aventaron a las puertas del líder petrolero. El problema fue que ya hasta tenía la autopsia: los cosidos aletargados de los médicos forenses, los algodones en las fosas nasales, el olor a formol. La prensa reparó en ese detalle y las explicaciones de los funcionarios de seguridad nacional fueron de antología:

—Ese cadáver lo tenía guardado la Quina probablemente con fines satánicos.

Gutiérrez Barrios se hizo cargo de la operación —llamada “El Quinazo”—, la cual tenía un doble discurso: no se metan con Salinas porque terminarán como la Quina y, por otro lado, “éste es un golpe a los sindicatos corporativos y a favor de la democracia obrera y la libertad sindical”. La explicación sobre el acopio de armas resonaba en la mentalidad del Gutiérrez Barrios de los años de la “lucha” contra la guerrilla:

—El sindicato petrolero planeaba levantarse en armas contra el gobierno constituido.

Justo cuatro años después, el 4 de enero de 1993, en el aniversario del Quinazo, respondió un telefonazo en el Grand Marquis negro que usaba los lunes. Jamás recibía llamadas de trabajo en sus casas de Veracruz, Cuernavaca o la ciudad de México. Sólo en los autos. Contestó su chofer, que le pasó al jefe de la oficina de la Presidencia, José Córdoba Montoya:

—El presidente te ha pedido la renuncia —le dijo y colgó.

Era el fin de una disputa de más de medio sexenio contra el secretario del presidente Salinas, contra su sucesor en el gobierno de Veracruz, Patricio Chirinos, y contra el anterior, Dante Delgado, encarcelado por esa forma ...