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UN INVITADO INESPERADO

Shari Lapena  

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Fragmento

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Viernes, 16:45 horas

La carretera se curva y retuerce de forma inesperada a medida que sube y se adentra en las Montañas de Catskill, como si cuanto más se alejara de la civilización, más inseguro se fuera volviendo el camino. Las sombras se van oscureciendo y el tiempo va empeorando. El río Hudson está ahí, apareciendo y desapareciendo de la vista. El bosque que se eleva a cada lado de la carretera tiene algo de acechante, como si pudiera tragarte entero. Es el bosque de los cuentos de hadas. Sin embargo, la nieve que cae suavemente le da a todo cierto encanto de postal.

Gwen Delaney agarra el volante con fuerza y entrecierra los ojos al mirar por el parabrisas. Ella es más de tenebrosos cuentos de hadas que de tarjetas postales. La luz se está yendo. Pronto oscurecerá. La nieve que cae hace que la conducción se vuelva más difícil y agotadora. Son tantos los copos que golpean el cristal que siente como si estuviese atrapada en una especie de videojuego implacable. Y la carretera se está volviendo claramente más resbaladiza. Da gracias por tener en su pequeño Fiat unos buenos neumáticos. Todo se está convirtiendo en una niebla blanca. Resulta difícil saber dónde termina la carretera y dónde empieza la cuneta. Se sentirá aliviada cuando lleguen. Empieza a desear haber elegido un hotel algo menos remoto. Este queda a varios kilómetros de todo.

Riley Shuter guarda silencio en el asiento del copiloto, formando una bola de tensión callada. Es imposible no percatarse de ello. El simple hecho de estar a su lado en el interior del pequeño coche pone nerviosa a Gwen. Espera no haber cometido un error al haberla llevado hasta allí.

Gwen piensa que el objetivo de esta pequeña escapada es conseguir que Riley se tranquilice un poco, sacarle algunas cosas de la cabeza. Gwen se muerde el labio y fija la atención en la carretera que tiene por delante. Es una chica urbanita, nacida y criada en la ciudad. No está acostumbrada a conducir por un terreno montañoso. Ahí arriba está muy oscuro. Se está poniendo muy nerviosa. El trayecto ha durado más de lo previsto. No deberían haber parado a tomar café en ese sitio tan mono y antiguo que han encontrado en el camino.

No está segura de qué esperaba al proponer esta salida de fin de semana aparte de un cambio de escenario y una oportunidad para pasar un tiempo juntas y tranquilas, sin nada que le recuerde a Riley que su vida está echada a perder. Quizá ha sido una ingenuidad.

Gwen tiene también su propio bagaje, menos reciente, y también lo lleva con ella allá donde vaya. Pero está decidida a dejarlo atrás, al menos durante este fin de semana. Un pequeño hotel de lujo en medio de las montañas, buena comida, sin internet, naturaleza impoluta. Es exactamente lo que las dos necesitan.

Riley mira nerviosa por la ventanilla del coche, escudriñando los bosques en sombra mientras trata de no imaginar que pueda aparecer alguien delante del coche en cualquier momento haciéndoles una señal para que se detengan. Aprieta las manos en el interior de los bolsillos del plumas. Se recuerda a sí misma que ya no está en Afganistán. Está en casa, a salvo, en el estado de Nueva York. Nada malo le puede pasar aquí.

Su trayectoria profesional la ha cambiado. Después de todo lo que ha visto, Riley está tan distinta que casi no se reconoce a sí misma. Lanza una mirada furtiva a Gwen. Antes estaban muy unidas. Ni siquiera sabe bien por qué ha aceptado venir con ella a este hotel rural tan apartado. Observa cómo Gwen está concentrada en la sinuosa carretera que sube por la resbaladiza pendiente hacia el interior de las montañas.

—¿Estás bien? —pregunta, de repente.

—¿Yo? —responde Gwen—. Sí, estoy bien. Debemos de estar a punto de llegar.

En la facultad de periodismo, cuando las dos estudiaban en la Universidad de Nueva York, Gwen era la estable y la pragmática. Pero Riley era ambiciosa. Quería encontrarse allí donde estuviesen sucediendo las cosas. Gwen no era aficionada a la aventura. Siempre había preferido los libros y la tranquilidad. Al salir de la facultad de periodismo, al no poder encontrar un trabajo decente en un periódico, Gwen se había valido rápidamente de sus dotes para conseguir un buen puesto en un departamento de comunicación empresarial y parecía que nunca se había arrepentido de ello. Pero Riley se había orientado al trabajo en zonas de guerra. Y había conseguido no perder la cabeza durante mucho tiempo.

¿Por qué hace esto? ¿Por qué no deja de pensar en ello? Siente cómo empieza a desmoronarse. Trata de ralentizar el ritmo de la respiración, tal y como le han enseñado. De evitar que vuelvan esas imágenes, que se adueñen de ella.

David Paley deja su coche en el aparcamiento que han despejado de nieve a la derecha del hotel. Sale del vehículo y se estira. El mal tiempo ha hecho que el viaje desde la ciudad de Nueva York haya sido más largo de lo esperado y ahora siente los músculos agarrotados, un recuerdo de que ya no es tan joven. Antes de coger su bolsa de viaje del asiento de atrás de su Mercedes, se queda un momento bajo la nieve que cae con fuerza, mirando al Mitchell’s Inn.

Es un edificio de tres plantas de aspecto elegante, con ladrillo rojo y elaboradas molduras rodeado por un bosque. La fachada del pequeño hotel queda a plena vista, con lo que debe de ser una explanada de césped bastante imponente bajo toda esa nieve. Unos altos y viejos árboles carentes de hojas pero cubiertos de blanco parecen avanzar hacia el edificio desde una corta distancia. Delante, un árbol enorme en medio del césped extiende sus gruesas ramas en todas direcciones. Está cubierto por completo por una nieve blanca, limpia y esponjosa. Se respira aquí una sensación de tranquilidad, de paz, y nota cómo los hombros se le empiezan a relajar.

En las tres plantas hay grandes ventanas rectangulares que guardan entre sí una distancia regular. Unos anchos escalones llevan a un porche de madera y una doble puerta decorada con ramas de siemprevivas. Aunque sigue habiendo luz, poca, los faroles de ambos lados de la puerta están encendidos y un suave reflejo amarillo sale de las ventanas de la planta baja, dando al edificio una apariencia cálida y acogedora. David se queda quieto mientras desea que las tensiones del día —y de la semana y de los años— vayan disminuyendo mientras la nieve cae suavemente sobre su pelo y le acaricia los labios. Siente como si estuviese adentrándose en una época anterior, más amable e inocente.

Va a intentar no pensar en el trabajo durante cuarenta y ocho horas enteras. Todo el mundo, por muy ocupado que esté, necesita recargar las pilas de vez en cuando, incluido

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