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UNA HERENCIA MISTERIOSA

Danielle Steel  

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Fragmento

1

Era uno de esos días de enero en los que parece que el invierno neoyorquino no se acaba nunca. Las nevadas habían batido récords desde noviembre. Y el viento cortante había convertido la de esa mañana, la segunda de la semana, en aguanieve. La gente resbalaba por el hielo y hacía muecas cuando el viento le azotaba el rostro. Era el día perfecto para quedarse dentro, como Hal Baker, sentado a su mesa del Metropolitan Bank, en una sucursal de la parte baja de Park Avenue.

Poco más de tres años antes, el banco se había salvado por muy poco de caer al otro lado de la línea divisoria que delimitaba la parte de Nueva York que había sufrido un apagón durante el épico huracán que asoló la ciudad. Unas manzanas al norte de los cortes de luz y las inundaciones, el banco continuó funcionando y proporcionando servicio a sus clientes, e incluso se ofrecieron bandejas con café y bocadillos a las víctimas en un gesto de compasión y civismo.

Hal se hallaba a cargo de las cajas de seguridad, una tarea que otros consideraban tediosa, pero que a él siempre le había gustado. Disfrutaba del contacto con los clientes de más edad, que acudían a echar un vistazo a sus pertenencias, consultar sus certificados de acciones o depositar testamentos nuevos en las cajas que tenían alquiladas. Charlaba con ellos si querían, lo cual era frecuente, o los dejaba a solas si lo preferían. Conocía a la mayoría de los clientes de las cajas de vista, y a muchos, por su nombre. Y era sensible a sus necesidades. También le gustaba conocer a los clientes nuevos, sobre todo a los que nunca habían tenido caja de seguridad, y explicarles los beneficios de guardar sus documentos y objetos de valor, ya que no siempre vivían en apartamentos seguros.

Se tomaba muy en serio su trabajo, y ya con sesenta años —le faltaban cinco para jubilarse—, no tenía una ambición insaciable. Estaba casado, tenía dos hijos de edad adulta, y dirigir el departamento de cajas de seguridad encajaba a la perfección con su carácter. Era un hombre sociable que llevaba veintiocho años en ese banco y que antes había estado diez más en otra sucursal del Metropolitan Bank. Tenía la esperanza de terminar su carrera allí. Siempre había considerado las cajas de seguridad una gran responsabilidad. Los clientes les confiaban sus posesiones más valiosas, y a veces sus más oscuros secretos, para que los guardasen donde nadie salvo ellos mismos pudieran entrar o curiosear, verlas o tocarlas.

El banco estaba situado en los East Thirties de Park Avenue, un barrio totalmente residencial, antaño elegante, que hacía tiempo se había visto salpicado de edificios de oficinas. La clientela del banco era una mezcla de gente que trabajaba en la zona y antiguos clientes refinados que vivían en los edificios residenciales que quedaban. Ese día, los de edad más avanzada no se atrevían a salir. Las calles estaban resbaladizas a causa del aguanieve y, todos los que tenían la posibilidad, se quedaban en casa, lo que hacía que fuera una jornada ideal para ponerse al día con el papeleo atrasado que llevaba acumulándose en su mesa desde las fiestas de Navidad.

Hal tenía varios asuntos de los que ocuparse ese día. Hacía justo trece meses que se habían dejado de pagar dos de las cajas de seguridad más pequeñas, y los clientes que las habían alquilado no habían respondido a las cartas certificadas que les habían enviado para recordárselo. El impago solía significar que los clientes las habían abandonado, aunque no siempre era el caso. Después de un mes sin recibir respuesta a las cartas certificadas que había enviado al cumplirse un año de impago, Hal podía llamar ya a un cerrajero para que las abriera y daba por hecho que las encontraría vacías. Algunas personas no se molestaban en comunicar al banco que ya no las querían, sino que dejaban de pagar la cuota mensual y tiraban las llaves. En esos dos casos, si estaban vacías, Hal podría transferirlas a la lista de espera de gente que necesitaba una. La lista para las más pequeñas solía ser larga. Y resultaba frustrante esperar trece meses para reclamarlas, pero era el procedimiento legal empleado en cualquier banco de Nueva York una vez que los clientes dejaban de pagar. Con lo fácil que hubiera sido avisar al banco, renunciar a la caja y entregar las llaves. Pero había quienes no se tomaban la molestia. O se olvidaban o les traía sin cuidado.

La situación de la tercera caja de la que pensaba encargarse ese día era muy diferente. Había visto a la clienta varias veces en todo el tiempo que llevaba allí y la recordaba bien. Se trataba de una mujer mayor muy distinguida, que se mostraba educada aunque nunca charlaba con él. Hacía casi cinco años que no la veía. Y el pago de la caja había cesado hacía tres y un mes. Había enviado la carta certificada de rigor un año después de que se interrumpieran los pagos y luego había esperado el mes exigido por la ley antes de que pudiera abrirse la caja en presencia de un notario. Era una de las cinco de mayor tamaño de que disponía el banco. Y Hal había llevado a cabo un minucioso inventario del contenido ante el notario, tal y como era su deber. Había varias carpetas con la nítida letra de la propietaria; una con fotografías y otra con papeles y documentos, entre ellos varios pasaportes caducados, estadounidenses e italianos, expedidos en Roma. Había encontrado dos gruesos fardos de cartas. En uno estaban escritas en italiano con anticuada letra europea y atadas de manera ordenada con un descolorido lazo azul. Las otras, sujetas con un lazo rosa, estaban en inglés y la letra era femenina. Había, además, veintidós estuches de piel para joyas, la mayoría de los cuales contenían una única pieza, que había anotado aunque no examinado con detenimiento. Las piezas, sin embargo, parecían valiosas incluso para su ojo inexperto. Se había limitado a registrarlas como «anillo de diamantes», «pulsera», «collar», «broche», sin más detalles, pues escapaban a sus conocimientos en la materia y tampoco era necesario. También había buscado un testamento, por si la titular resultaba haber fallecido, pero no había encontrado nada entre los documentos. La clienta había tenido la caja alquilada durante veintidós años, y Hal no tenía ni idea de lo que le había ocurrido. Además, tal y como dictaba la ley, había esperado hasta exactamente dos años después de que abrieran la caja y no había habido respuesta. A continuación debía notificar al Tribunal Testamentario de Nueva York su existencia y la ausencia de testamento, y entregarles el contenido.

Ellos tendrían la obligación de juzgar y establecer si la arrendataria había fallecido y, en ausencia de testamento o pariente asignado, publicarían un anuncio en los periódicos, invitando a parientes o herederos a que acudieran a reclamar sus pertenencias. Si al cabo de un mes no aparecía nadie, el Tribunal Testamentario procedería a vender sus posesiones como bienes abandonados y los ingresos de la venta irían destinados al estado de Nueva York. Habrían de conservar cualquier papel o documento durante siete años más por si aparecía algún pariente. Si no había testamento, las leyes que regulaban las sucesiones intestadas eran muy estrictas. Y Hal siempre las acataba de manera escrupulosa.

Ese día iniciaría la segunda fase de medidas y notificaría el abandono de la caja al Tribunal Testamentario. Y, dado que la mujer que la había alquilado debía de tener casi noventa y dos años, había muchas probabilidades de que no siguiera con vida. El tribunal tendría que determinarlo antes de intervenir para disponer de sus posesiones. Se llamaba Marguerite Wallace Pearson di San Pignelli. Hal llevaba dos años albergando la sospecha de que las joyas de las que había hecho inventario podían considerarse valiosas. A partir de ahí sería responsabilidad del Tribunal Testamentario buscar a alguien que las tasase, en caso de que la propietaria realmente hubiera fallecido sin dejar testamento y no apareciera ningún pariente. Tendrían que calcular su valor antes de que salieran a subasta a beneficio del estado.

Como parte de la rutina, Hal llamó en primer lugar al cerrajero para que se encargase de las dos cajas pequeñas y luego al Tribunal Testamentario para pedir que enviaran a alguien que examinara el contenido de la más grande. Imaginó que se tomarían su tiempo. Andaban cortos de personal y siempre estaban ocupados e iban con retraso al encargarse de las propiedades y los asuntos de la gente que había fallecido sin hacer testamento.

Eran las once en punto cuando Hal llamó al tribunal. Atendió la llamada Jane Willoughby, una estudiante de Derecho en prácticas en el Tribunal Testamentario durante un trimestre antes de graduarse en la Universidad de Columbia en junio y presentarse en verano al examen para ejercer la abogacía. Trabajar como secretaria para el Tribunal Testamentario no era su sueño, pero había sido lo único a lo que había podido acceder. Su primera opción había sido el Juzgado de Familia, pues era la especialidad a la que quería dedicarse, en particular la defensa del menor. Y su segunda opción había sido el Juzgado de lo Penal, ya que parecía interesante, aunque no había habido nada disponible en ninguno de los dos. Solo le habían ofrecido p

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