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VIOLACIóN

  

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Fragmento

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Advertencia

Cada vez que hablo acerca del tema de este libro, los organizadores me piden que escriba algunas líneas a modo de advertencia de que el contenido de la charla puede herir la sensibilidad del público; a menos que ya lo hayan hecho ellos por mí.

De modo que aquí va la obligada advertencia:

Este es un libro sobre la violación. Si bien no contiene descripciones detalladas de horrible brutalidad, la violación, la violencia sexual y los conceptos en sí se analizan con detalle.

El propósito de dichas advertencias es evitar volver a traumatizar a mujeres ya traumatizadas. Estoy de acuerdo en que es importante. Pero, al mismo tiempo, me siento incómoda al tratar a personas que han sido víctimas de un crimen como si también hubieran perdido la capacidad de leer. El título de este libro (y de mis conferencias) es Violación. Sin duda, ellas —más que la gente para la que este no es un tema con carga emotiva— reconocen que la conferencia o el libro va a ir sobre… la violación.

Pero de eso se trata exactamente. La violación es una cuestión delicada y polémica para todos nosotros, que repercute mucho más en nuestra vida que cualquier otro crimen. Diseña nuestros mapas mentales, determina dónde vamos, en qué momentos vamos y, más importante aún, dónde no vamos.[1] La información que recibimos sobre la violación no trata solo de las agresiones sexuales, sino también sobre el género; la relación entre los sexos e incluso sobre la sexualidad.[2] Y ningún detalle de esta información es agradable.

Tal cantidad de gente ha luchado tan duro y durante tanto tiempo para que las agresiones sexuales se reconozcan como delitos y no solo como momentos de enajenación, que cuestionar las convicciones políticas con las que tanto se ha conseguido[3] presenta el peligro de hacerle el juego a quienes desean relativizar la violencia sexual. Pero el saber no es absoluto. Lo que era correcto e importante hace cuarenta años puede haber cambiado, de modo que es imprescindible reconciliar nuestro punto de vista con la nueva realidad. Eso significa que lo que es útil y necesario en ciertas situaciones —para incrementar la sensibilización sobre el problema y aplicar las leyes— también puede resultar lo contrario en otras circunstancias, como se verá con el ejemplo de la cicatrización.

Más importante aún, cuestionar algo no significa rechazarlo: «El propósito de la crítica es revelar estructuras o aspectos subterráneos de un discurso determinado, no necesariamente demostrar la verdad del discurso. Lo que la crítica promete no es objetividad sino perspectiva»,[4] ensalzan las expertas juristas y politólogas Wendy Brown y Janet Halley.

Por consiguiente, este libro no es, y no puede ser, una historia cultural general desde la primera violación documentada hasta el momento actual, sino un intento de rastrear relatos y discursos, y de dar visibilidad a las líneas de conexión. Quiero examinar en detalle algunas de nuestras convicciones básicas[5] que se han afianzado en verdades consensuadas y verificar si nos siguen siendo útiles en la actualidad.

Esto es obviamente más fácil de decir que de hacer, ya que la violación es un auténtico escaparate de expectativas y discursos, y a cada frase le siguen diez implícitas. Llamo a esto «punto espinoso o úlcera cultural», que, como las que aparecen en el cuerpo, indica que se trata de algo que requiere de nuestra atención, pero que también nos da miedo tocar. No en vano este libro encontró mayor resistencia a ser publicado que cualquiera de mis otros textos: mi primer editor decidió en el último momento que el tema era demasiado difícil de gestionar. Al mismo tiempo, mi censora interior nunca había sido tan estridente ni los nudos de mi cerebro habían estado tan tensos. Lo cual significa que a este libro le llevó más tiempo de lo esperado en un principio llegar a las librerías.

Lo cual acabó por ser una ventaja. Han pasado un montón de cosas que he podido incluir en estas páginas: la masiva agresión sexual en Colonia durante la Nochevieja de 2015-2016, el «No es no» y el «Sí es sí», y la reforma legislativa sobre violencia sexual en Alemania; las quejas acerca del Título IX en los campus norteamericanos, así como el comentario de Donald Trump en el que afirmaba que si eres una celebridad las mujeres se dejan agarrar el coño; las acusaciones y denuncias contra Harvey Weinstein, y el movimiento #metoo. Nuevos debates, así como nuevos y viejos cocos, como el miedo a que todos los musulmanes sean violadores. Hablaré sobre todo esto y mucho más, y me dejaré muchas cosas en el tintero.

No pretendo haber escrito un tratado exhaustivo —lo que sería arrogante dada la extensión del libro—, pero lo que sí puedo aportar es una visión general de las discusiones que determinan por qué pensamos en la violación como lo hacemos y mostrar el historial de dichas posturas. Al vivir en Alemania, participar en el activismo y escribir sobre la violación, ofreceré, como es natural, una perspectiva alemana, aunque extraiga la mayor parte de mi información de fuentes estadounidenses y británicas porque son las influencias culturales más importantes sobre el discurso relativo a la violación. No voy a avanzar en orden cronológico —o no solo cronológico—, sino que voy a seguir conexiones y continuidades dándoles visibilidad, para facilitar un debate fundamentado sobre las sentencias condenatorias resultantes y, si fuera necesario, cuestionarlas. No pretendo acabar con ellas, sino dejar de tratar la violación como una realidad tallada en granito. En palabras de la historiadora Joanna Bourke: «La violación es una forma de representación social. Está extremadamente ritualizada; varía entre los países; cambia con el paso del tiempo. No hay nada eterno ni aleatorio en ella. […] Por el contrario, la violación y la violencia sexual tienen sus raíces profundas en unos entornos políticos, económicos y culturales concretos».[6]

Debería resultar evidente que no todo el mundo tiene que compartir mis apreciaciones —es obvio que no espero algo así—, pero la violación es una cuestión en la que nada es evidente. Así que te lo pondré por escrito: Haz lo que quieras con este libro, regálaselo a tu mejor amiga, utilízalo como posavasos sobre el que dejar tu taza de café, lánzalo contra la pared; pero, por favor, no dejes que te diga que tus sentimientos no son los que deberían.

Sin embargo, contrariamente al temor a desencadenar traumas, en mis charlas me he encontrado justamente con lo opuesto: el alivio por parte del público, como si se rompiera una presa, las historias personales que las asistentes me explican durante las conferencias y aún más después de ellas, y el abrumador sentimiento de que este era un tema que esperaba a que lo sacaran del armario, lo desempolvaran y lo reconsideraran. Después de todo —y solo entonces me di cuenta—, aquí había algo de lo que apenas hablaba con mis amigas y aún menos con mis amigos. Es decir, claro que hablamos sobre ello, pero solo como algo abstracto y teórico cada vez que otro caso destacado aparece en los medios de comunicación; pero siempre tenemos cuidado de no relacionarlo en lo más mínimo con nuestras vidas, excepto por la mención del miedo a las calles oscuras por la noche.

Por lo general, esta falta de lenguaje se interpreta como vergüenza, como que las experiencias son demasiado dolorosas e incómodas para ser compartidas fuera de espacios protegidos. (Más sobre la vergüenza en el capítulo: «Honra III: Vergüenza».) ¿Cómo guarda esto relación con los completos desconocidos —hombres y mujeres— que se me acercan después de cada conferencia y me explican lo que yo no soy capaz de hablar con mis amigos? (Más sobre los hombres en los capítulos «El segundo sexismo».)

Si te interesa la esquizofrenia, estás de suerte. Prácticamente ningún tema está tan repleto de contradicciones como la violación. ¿Dónde más tienes el gusto de sentir miedo de algo que acecha en cada esquina, al tiempo que se supone que es tan raro que ocurra como que te caiga un rayo? ¿Dónde puedes encontrar tantos conceptos crudos y anacrónicos acerca de seres humanos que no se parecen en nada a los seres humanos que tú conoces? Los espacios íntimos colisionan con constructos políticos y la incertidumbre generalizada resulta demasiado tangible. Lo que no es sorprendente en vista de todos los dilemas y callejones sin salida que enredan el tema como si fuera un castillo con una perfecta virgen durmiente tras los espinos. Mi primer libro, sobre la historia cultural de la vulva,[7] fue una reapropiación de lo que por derecho era nuestro. Un libro para sentirse bien y al mismo tiempo político. ¿Qué más se puede pedir? Un libro sobre la violación es por fuerza menos alegre; esa es la naturaleza de la bestia. Pero ¿debe ser realmente así?

He hecho cuanto ha estado en mi mano por lograr que este libro sea tan liberador y empoderador como he podido. Al fin y al cabo, es también una reapropiación de las posibilidades de pensar y actuar. Ya que, y de esto estoy convencida, el modo en que imaginamos algo influye en la forma en que existe en el mundo y en la manera en que tiene poder sobre nosotros.[8] Así que ¡disfruta la lectura!

2

El oscuro doble fantasmagórico del género

Es evidente que con frecuencia no nos referimos a la violencia sexual como un delito específico, sino como un riesgo inherente a los seres humanos… siempre y cuando estos sean mujeres. «Aunque nunca he sido víctima de violación, la amenaza de que eso pudiera ocurrir ha tenido un gran efecto en la estructura y calidad de mi vida —describe Ann Cahill, catedrática de filosofía—. Debido a la posibilidad de se

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