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Y LA MUERTE, SU LEGADO (BIBLIOTECA GEORGE R. R. MARTIN)

George R. R. Martin  

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Fragmento

LA FLOR DE CRISTAL

Hace mucho tiempo, cuando no era más que una chiquilla a punto de entrar en mi verdadera adolescencia, un muchacho me dio una flor de cristal en prenda de su amor.

Era un chico peculiar, extraordinario, aunque confieso que hace mucho que olvidé su nombre. Así era también la flor que me regaló. En los mundos de acero y plástico donde han transcurrido mis vidas, el antiguo oficio de soplar el vidrio se ha perdido y olvidado, pero el anónimo artesano que modeló esa flor lo recordaba bien. Tiene un tallo largo y delicado de cristal fino, elegantemente arqueado, y sobre ese frágil soporte estalla la flor, grande como un puño, tan perfecta que parece imposible, con todos los detalles atrapados y congelados en el cristal para toda la eternidad. Los pétalos, unos grandes y otros pequeños, se agolpan entre sí; surgen del centro en profusión transparente, rodeados por una corona de seis hojas anchas que penden, cada una con su nervadura, cada una única. Da la impresión de que un alquimista, mientras paseaba por un jardín, en un momento de inocente diversión, hubiera transmutado en cristal una flor particularmente grande y bella.

Le falta la vida. Solo eso.

La flor me ha acompañado durante casi doscientos años, mucho tiempo después de que abandonara al muchacho que me la regaló y dejara el mundo donde me la regaló. A lo largo de los variopintos episodios de mis vidas, la flor de cristal siempre ha estado a mi lado. Me gustaba tenerla en un jarrón de madera pulida, junto a la ventana. A veces, cuando le daba el sol, las hojas y los pétalos centelleaban un instante; otras filtraban los rayos, los descomponían y esparcían difusos arcoíris por el suelo. Hacia el crepúsculo, cuando se oscurecía el mundo, la flor desaparecía por completo de la vista; lo mismo habría dado si me hubiera sentado a contemplar un jarrón vacío. Sin embargo, por la mañana resurgía en su lugar habitual. Nunca me falló.

Aunque la flor de cristal era muy frágil, jamás sufrió daño alguno. Yo la cuidaba, seguramente más de lo que nunca haya cuidado algo o a alguien. Sobrevivió a una docena de amantes, a más de una docena de trabajos y a más mundos y amigos de los que puedo enumerar. Estuvo conmigo mientras fui adolescente, en Ceniza, Erikania y Shamdizar; más tarde, en Esperanza Engañosa y Vagabundo; después, cuando envejecí, en Dam Tullian, Lilith y Gulliver. Y cuando por fin abandoné el espacio humano, cuando di la espalda a todas mis vidas y a todos los mundos de los hombres y volví a ser joven, la flor de cristal siguió conmigo.

Y al final del camino, en mi castillo construido sobre pilares, en mi casa de dolor y renacimiento, donde tiene lugar el juego de la mente, en medio de la ciénaga y la pestilencia de Croan’dhenni, lejos de cualquier traza de humanidad a excepción de aquellas pocas almas que llegan en nuestra búsqueda, mi flor de cristal también estaba presente. El día que llegó Kleronomas.

—Joachim Kleronomas —dije.

—Sí.

Hay cyborgs y hay cyborgs. Tantos mundos, tantas culturas y tan distintas, tantos sistemas de valores y grados de desarrollo tecnológico… Hay ciberhombres semiorgánicos; unos más, otros menos. Los hay con una mano de metal al descubierto y el resto hábilmente oculto bajo la piel. Unos son de seudocarne, que es indistinguible de la carne humana, aunque eso no constituye un gran logro dada la cantidad de tipos de piel que se ven en los mil mundos. Unos esconden el metal y presumen de carne; otros prefieren lo contrario.

El hombre que se hacía llamar Kleronomas no tenía carne que esconder ni de la que presumir. Decía ser un cyborg y como tal se lo consideraba en las leyendas forjadas en torno a su nombre, pero a mis ojos era más bien un robot tan poco orgánico que ni siquiera pasaba por androide.

Estaba desnudo, si es que puede hablarse de desnudez con referencia a un ser de metal y plástico. Tenía el pecho negro azabache, brillante, quizá de alguna aleación o de plástico fino, no sabría precisarlo. Las piernas y los brazos eran de plastiacero transparente; bajo aquella piel falsa se adivinaban el oscuro metal de los huesos de duraleación, las barras y los flexores que constituían los músculos y tendones, los micromotores y los sensores, la intrincada disposición de luces que parpadeaban a lo largo y a lo ancho de su sistema neuronal superconductor. Tenía los dedos de acero, y unas elegantes garras largas de plata le nacían de los nudillos de la mano derecha cuando la cerraba en un puño.

Me miraba. Sus ojos eran lentes cristalinas insertadas en cuencas metálicas que se movían adelante y atrás en un gel traslúcido. No se le veían las pupilas, y tras el iris, de un carmesí implacable, resplandecía una débil luz que daba a su mirada un inquietante brillo rojo.

—¿Tan fascinante soy? —me preguntó con una voz sorprendentemente natural, profunda y sonora, sin ecos metálicos que oxidaran lo humano de las inflexiones.

—Kleronomas —dije—. Tu nombre es fascinante, en efecto. Así se llamaba también un hombre que hubo hace mucho tiempo; un cyborg, una leyenda. Seguro que ya lo sabes. El del Proyecto Kleronomas, el fundador de la Academia del Conocimiento Humano de Avalon. ¿Era antepasado tuyo? Tal vez el metal corra por las venas de tu familia.

—No —dijo el cyborg—. Soy yo. Yo soy Joachim Kleronomas.

Le sonreí.

—Claro, y yo soy Jesucristo. ¿Te gustaría conocer a mis apóstoles?

—¿Dudas de mis palabras, Sabiduría?

—Kleronomas murió en Avalon hace mil años.

—No. Lo tienes frente a ti.

—Cyborg, esto es Croan’dhenni. No habrías venido aquí si no persiguieras la resurrección, si no buscaras ganar una vida en el juego de la mente. Te lo advierto: en el juego de la mente te despojaremos de tus mentiras. Te lo quitaremos todo: la carne, el metal, las quimeras; al final únicamente quedarás tú, más desnudo y solo de lo que hayas podido imaginar. Así que no me hagas perder el tiempo; es lo más precioso que tengo, lo más precioso que tenemos todos. ¿Quién eres, cyborg?

—Kleronomas. —¿Realmente había sarcasmo en sus palabras? No podía asegurarlo. Su cara no estaba hecha para sonreír—. ¿Tú tienes nombre? —me preguntó.

—Varios —respondí.

—¿Cuál usas normalmente?

—Mis jugadores me llaman Sabiduría.

—Eso es un tratamiento, no un nombre.

—Has viajado mucho —dije con una sonrisa—, como el verdadero Kleronomas. Muy bien. Mi nombre de pila es Cyrain. Supongo que, de todos mis nombres, es el que me resulta más familiar. Así me llamé durante los primeros cincuenta años de mi vida, hasta que llegué a Dam Tullian y me preparé para ser Sabiduría. Luego adopté mi título como nombre.

—Cyrain —repitió—. ¿Qué más?

—Nada más.

—Entonces, ¿en qué mundo naciste?

—En Ceniza.

—Cyrain de Ceniza. ¿Cuántos años tienes?

—¿En años estándar?

—Claro.

—Unos doscientos —respondí, encogiéndome de hombros—. He perdido la cuenta.

—Pareces una muchacha, una niña a punto de alcanzar la pubertad, no más.

—Soy mucho más vieja que mi cuerpo.

—Como yo. Sabiduría, la maldición de los cyborgs es que existe repuesto para todas las partes de nuestro cuerpo.

—Así pues, ¿eres inmortal? —lo desafié.

—Podría decirse que sí.

—Qué interesante. Y contradictorio. Vienes a mí, a Croan’dhenni y a su Artefacto, al juego de la mente, ¿para qué? Quienes se acercan hasta aquí son los moribundos, con la esperanza de ganar vida. No suelen venir a vernos muchos inmortales.

—Yo busco un trofeo distinto.

—¿Sí?

—La muerte. La vida, la muerte, la vida.

—Son dos

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