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¡YA SUPéRALO!

César Lozano  

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Fragmento

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No es lo que digo, ¡es cómo lo digo!

¡Hay ni-ve-les!

¡La basura se recicla!

¡Hasta los perros tienen razas! Por cierto, los perros criollos, llamados comúnmente callejeros, son los más nobles y agradecidos. Me pregunto: “¿Qué raza será mejor?” Lo digo por los perros que he tenido el gusto de adoptar, todos criollos, “de la calle”. Renata es una perrita que llegó a mi finca campestre toda maltratada por unos depredadores de la raza humana, personas sin principios que la amarraban y la golpeaban. Podría jurar que la perra entendió cuando la invité a vivir en la finca. Corría de un lado a otro moviendo la cola como si agradeciera por recibirla en un nuevo hogar. Bueno, esta historia no es el tema de este capítulo, pero al decir que hasta los perros tienen razas recordé que mi raza preferida son los perritos criollos.

Pero bueno, pasemos a lo que realmente importa en este capítulo.

Hay niveles económicos y niveles de formación o educación. Y es precisamente eso lo que deseo aclarar porque se pone en entredicho ese nivel en las reacciones que tenemos ante situaciones adversas.

“Levante la mano quién conoce o tiene pareja, amigo o familiar que jamás discute acaloradamente.” Esta pregunta la hago con frecuencia en algunas de las conferencias que doy.

Puedo afirmar que hasta este momento, querida lectora, querido lector, he realizado esta pregunta a más de 50 000 personas, de las cuales sólo aproximadamente 10 han levantado la mano, con la aclaración de que en estas personas en cuestión no hay ¡sordomudos! Aunque sé que en el lenguaje de señas también pueden realizarse discusiones pero no son tan agresivas, lacerantes y tan fuera de lugar como las que tenemos quienes nos jactamos de contar con todos y tan importantes sentidos.

¡Sólo 10 personas de entre 50 000 se consideraron verdaderos sacrosantos hombres o santísimas mujeres!, o sumisos, abnegados, brutos o tontas, depende del cristal con que lo mires y tu grado de enjuiciamiento.

Obviamente me he acercado a las personas que acompañan a esos seres iluminados para preguntarles si es verdad lo que sostienen al levantar la mano. Y en todos los casos sus parejas, hijos o padres me han afirmado con seguridad que así son, que no les gusta discutir, simplemente dan su opinión y, si por alguna razón no están de acuerdo con él o ella, siguen con la conversación o la actividad que realizan en ese momento.

Por supuesto que el aplauso sonoro y el reconocimiento de los asistentes nunca faltan y la sensación con la que me quedo es de admiración y, por qué no decirlo, de envidia a veces, por carecer de la templanza para no discutir por cosas que la mayoría de las veces son tonterías, insignificancias en las que deseo imponer mi voluntad o mi verdad y que, al paso del tiempo, no tienen ninguna importancia.

Obvio, todos tenemos el derecho y hasta diría que la obligación de expresar nuestros sentimientos. De decir “no quiero”, “sí quiero”, “no me gusta”, “sí me agrada”, “no estoy de acuerdo”, “me parece correcto”, “no voy”, “sí voy”, “no te creo”, “no te quiero”, “sí te quiero” y muchas otras más. Y estoy seguro de que estarás de acuerdo conmigo en que después de una acalorada discusión, donde muchas veces nadie gana o todos perdemos (además de que exponemos nuestra poca madurez al tratar de imponer nuestra verdad), nos quedamos sólo con una sensación lamentable de impotencia y amargura.

Dentro de la gran variedad de situaciones que pueden sacarnos de nuestras casillas está precisamente cuando se pone en tela de juicio nuestra verdad, nuestros valores más importantes, incluyendo si el cuestionamiento viene de la gente que am

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