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YO, DíAZ

Pedro J. Fernández  

5


Fragmento

París, Francia
2 de julio de 1915

Yo, José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, al que alguna vez llamaron Héroe del Dos de Abril y Benemérito de la Patria, otrora homenajeado y reconocido por las naciones del mundo y que gobernó a su pueblo más de treinta años, hoy no soy más que un cúmulo de arrugas, canas y recuerdos rancios condenado al desprecio de su pueblo. La vida se me va postrado en una cama de París. Apenas me envuelve el alba como un velo azulado en el que flotan motas de polvo, y caigo en cuenta de que nuestra existencia es sólo un suspiro en la historia del mundo, una breve nota en la página que narra los conflictos y pasiones que todavía despierta Oaxaca.

¡Ah, Oaxaca! La tierra húmeda que tanto amé y que pareciera un sueño que se desvanece con la mañana. ¿En verdad estuve en el Istmo de Tehuantepec, las ruinas de Monte Albán y la Sierra Mixteca? Parece tan lejano, Carmelita.

No hace mucho colgamos sobre mi lecho una pintura de la Basílica de Nuestra Señora de la Soledad —cuando el aire no estaba empantanado por mis dolencias— y recibí una carta de Amadita donde me contaba de la convención que Venustiano Carranza convocó en un teatro de Aguascalientes. Tampoco está lejana la ocasión en que porté mi traje militar para que me pintaran un retrato de general de la república. ¿Recuerdas, Carmelita, cómo arreglabas las medallas y honores sobre mi pecho? Tu suave tacto obedecía a los designios del pintor Joaquín Sorolla, me acomodabas la faja y dabas los últimos recortes a mi bigote. “No se te olvide maquillarme con los polvos de arroz que compraste cerca de la Rue du Faubourg Saint-Honoré, y dile al artista que no quiero verme tan viejo. Los mexicanos van a pensar que he perdido fuerza, y la familia presidencial debe conservar las apariencias.”

¡Qué tonto! Estaba por mencionar a los periódicos de oposición y al señor Madero, pero él fue asesinado. ¿No es cierto? Debe de estar enterrado en alguna tumba sobrada de flores, al fin acompañado de los espíritus con los que conversaba todas las noches desde su tabla espiritista de madera llena de letras. Supongo que a él lo recordarán con cariño: la historia lo tratará bien porque murió joven y no le dio tiempo de equivocarse. Será siempre como Ignacio Zaragoza y los cadetes del Colegio Militar que mataron en 1847, héroes eternos. En cambio, yo estoy condenado a ser un villano, un dictador, una estatua ruin en el altar de la patria, inmutable y de motivos crueles. Ahora me doy cuenta de que herí a México cuando me necesitaba para sanar. Se me escapó el destino. Olvidé que el poder y la autoridad no los confiere una banda presidencial, sino el pueblo. Los mexicanos siempre están en busca de un culpable para sus dolencias y ahora es mi turno de ocupar ese puesto.

Y siempre ha sido así: los actores políticos permanecen poco tiempo en escena; Juárez, Lerdo, Santa Anna y Comonfort lucharon por su momento bajo el reflector. Fantasmas. Apenas recuerdos convertidos en monumentos y frases célebres. Toda una vida reducida a unas palabras. ¿Quién contará nuestro amor, Carmelita? ¿Quién dará voz a mi madre y a mis hermanas cuando yo muera? A veces temo que el mundo olvide mi nombre y que mi trabajo a favor del progreso haya sido en vano. ¿Te acuerdas de la Guerra de Reforma? Ni siquiera habías nacido y ya corría el rumor de que yo estaba escondido bajo la falda de Juana Cata para que no me pasaran por las armas.

A ella también la extraño. A ella y a Nicolasa, a Manuela y a Desideria; a don Justo Sierra, a don Pepe Limantour, a don Ramón Corral y hasta a Bernardo Reyes. Pero a Delfina la extraño más que a todos. Mi dulce Delfina, tan fuerte como la tierra de la que nació. Ella vio cómo me convertía en este general terco que prefiere usar el fusil a usar la pluma.

Ahora pienso en los ratos que pude haber pasado con mis hermanas mientras tejían los rebozos que luego iban a vender en la ciudad. ¿Te confieso algo? Lo que más pesa a los ochenta y cuatro años no es la fragilidad de la memoria ni la dependencia del bastón, sino el tiempo perdido y esos malditos “si tan sólo hubiera”. Nada vuelve cuando las aguas del tiempo arrasan con todo.

Pareciera que el pasado se mezcla con el presente.

Yo espero que llegue mi fin. El mundo cambia y yo aún tengo sed. Todavía espero que haya una última aventura que lleve mi nombre, y que pueda regresar a México para defender a la patria con el fusil al hombro. La posibilidad de volver a Oaxaca antes de que se apague mi luz sigue viva porque hay aire en mis pulmones y memoria en mi cabeza. Este cuerpo que apenas puede moverse se llena de vida con una palabra que lo alimenta: Oaxaca.

Siempre Oaxaca…

parte1

Capítulo I

Veinte años después de que el cura Hidalgo se levantara en armas contra la opresión y los tributos desmedidos, la ciudad de Oaxaca aún lucía su trazado colonial, pero sin el garbo rancio que le hubiera dado ser gobernada por algún Borbón de España. La vida de las 170 manzanas giraba en torno a la Catedral. Los días se medían de acuerdo con las festividades del calendario eclesial y las campanadas de los templos. Las poblaciones indígenas que rodeaban la urbe daban vida a mercados y comercios.

Los caminos eran de terracería pero servían para traer comerciantes desde la capital mexicana y los pueblos de Guatemala, pues Oaxaca era su punto estratégico para las reuniones de negocios, aunque el día que comienza mi historia no los recorría un empresario, sino una niña indígena de trenzas negras y falda blanca. No se detuvo en la Basílica de Nuestra Señora de la Soledad para apreciar su trabajo artesanal en la cantera, ni cuando tropezó con una piedra y cayó sin poner las manos, ni siquiera con la marcha de los soldados que tanto la asustaban. Avanzó con las primeras sombras de la noche hasta que llegó a un local bien montado, una curtiduría.

—¡Papá, papá! Es mamá —chilló Desideria.

El hombre dejó de tratar las pieles que tenía frente a él y tomó a la niña por los hombros.

—¿Qué sucede con mamá?

—Ya está en cama, y me mandó por usted.

Estoy seguro de que una sonrisa se dibujó en los labios de José Faustino y, sin pensarlo, volvió a la casona gris que rentaba, mejor conocida en Oaxaca como el Mesón de la Soledad. Puesto que no estaba para atender los encargos de los huéspedes, fue hasta una habitación del fondo, en el segundo patio, donde su esposa, Petrona Mori, se encontraba en trabajo de parto, cobijada por la noche de estrellas susurrantes y la voz firme de las parteras.

—Puje un poco más, doña Petrona. Ya casi va a nacer. Puje, doña Petrona —le decían.

Y así, de un momento a otro, fui arrojado al México cuyo porvenir estaba destinado a forjar. Aquel 15 de septiembre, día de la Virgen de los Dolores, me arroparon en los brazos de mi madre, quien me protegió de la noche y enjugó mis lágrimas con sus dedos al tiempo que mi padre celebraba el nacimiento de un varón. Como era costumbre, se hizo de un santoral y, después de leerlo cuidadosamente, exclamó:

—Se llamará José de la Cruz porque su vida estará dedicada a Dios, y Porfirio porque es el santo del día en que nació.

Horas más tarde mis hermanas, Desideria, Manuela y Nicolasa, entraron a conocerme, pero yo ya estaba soñando con los carámbanos de la luna y angelitos negros.

Días después me arroparon de blanco, me llevaron a la parroquia del Sagrario de Oaxaca y renunciaron a Satanás por mí. Me cubrieron la frente con agua bendita que caía de una concha de plata, al menos según lo que consta en mi fe de bautismo que aún puede consultarse en el templo. Luego hicieron una comilona con familiares y amigos, me pasaron de un brazo a otro mientras trataban de averiguar si me parecía más a mi madre o a mi padre, y la banda, con tambores y trompetas, tocaba una comparsa a lo lejos.

En cuanto a la relación con mi padre sólo puedo decir que fue breve, un recuerdo fugaz. Lo que sé de él es porque otros me lo contaron y así me hice una imagen de lo que pudo haber sido y la figura que necesité a mi lado. Sé, por ejemplo, que era herrero y veterinario, también mariscal de un regimiento. Cuando se casó era dependiente en una empresa de minas, y durante la Guerra de Independencia se unió al ejército de Vicente Guerrero y éste lo nombró capitán.

Poco después de mi nacimiento, mi padre se volvió muy místico. Volcó todo su fervor en la fe católica, cambió su nombre a José de la Cruz y vistió un traje monacal de los Terciarios de San Francisco, sin llegar a recibir la orden eclesiástica. Sé que saltó de alegría con el nacimiento de Felipe, porque estaba convencido de que podría darle dos hijos al Señor, y también que varias veces expresó su desacuerdo con el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca. No dudo que mi padrino de bautizo, su primo José Agustín Domínguez, cura de Nochixtlán, haya alimentado esas ideas.

Mi primer recuerdo de él es apenas una sombra: estaba recostado en un cuarto sin pintura que olía a encierro y a trazas de incienso y alcanfor usados para ocultar los malos olores que dejaba el cólera morbus. La noche azul se colaba por las ventanas, las velas ahumaban imágenes de santos, mientras los dedos de mi padre apretaban con fe su rosario de madera. Se le había inflamado el rostro por la enfermedad y, pálido, estaba sumido en la paz que le daba saber que conocería a su dios en cualquier momento. Desideria me abrazó con fuerza, mi madre lloró inconsolable y mi padrino le dio los santos óleos al enfermo.

Mi padre renegó del diablo y de sus obras, como lo hiciera en mi bautismo. Su voz era cada vez más débil y sus labios lentos, hasta que la mirada se tornó pétrea. Comprendí de repente que dentro de aquel pellejo faltaba algo. Era igual a las imágenes piadosas de la Virgen de la Soledad: estáticas, muertas. Rodaron lágrimas por mis mejillas. No comprendí que lo había visto fallecer; sólo sentía un hueco en medio del pecho y una espina que se me clavaba en la garganta.

Escrita en tinta y papel dejó su última voluntad: “En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, digo yo, José de la Cruz Díaz, que hallándome gravemente enfermo, pero en mis sentidos, creo y confieso en el misterio de la Beatísima Trinidad, en todo lo que nos enseña la Santa Fe Católica, que aun cuando por sugestión del demonio, debilidad mía o cualquier otro motivo, o por alguna calentura, pronunciase alguna cosa contra nuestra Santa Fe Católica, la anulo y detesto”.

Lo enterramos en la iglesia de San Francisco y, con él, la poca felicidad que había disfrutado en mi corta existencia. Mi futuro se cubrió del mismo negro que enlutó a mi madre, quien de golpe había heredado el mesón, una pequeña casa cerca de la iglesia de Guadalupe y otra por el convento de la Merced, además de un plantío de magueyes en Tlanichico. Dinero legó poco, lo que complicó bastante la situación de la familia. Algunas veces nos ayudaba mi padrino, pero eran las menos.

Ese brote de cólera mató a más de mil ochocientos cristianos. Las procesiones fúnebres y los sepelios se volvieron sucesos cotidianos. Para contar a los muertos se pintó una cruz amarilla a la entrada de su casa, y lo mismo sucedió en el Mesón de la Soledad.

¿Alguna vez te conté de mi mamá, Carmelita? La recuerdo como aquella fotografía que le tomaron hace tantos años, cuando el mundo estaba lejos de imaginar la luz eléctrica y los coches de motor. Su rostro era un poco ovalado, casi redondo, y tenía una mirada penetrante como la mía, ojos negros, de apariencia fuerte pero tan frágiles como los vitrales de cualquier templo. Sobre sus hombros no faltaba un rebozo de algodón. Siempre se peinaba con un chongo o una trenza. Su tez era morena, pues en sus venas corría la expresión más pura de sangre mixteca. ¡Qué carácter tenía la vieja! Peor que el mío. Terco, firme.

A diferencia de muchas mujeres de su época, abrigaba opiniones muy definidas sobre política y no temía expresarlas. Tanto así que un día cualquiera, poco después de haber enviudado, dejó entrar a un regimiento entero al mesón. Me asomé a la ventana y vi marchar a los soldados y a

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