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Texto leído en la presentación de la novela gráfica de A Lupita le gustaba Planchar extraído y sintetizado de un artículo escrito por Laura Esquivel para la Organización de Médicos sin Fronteras, publicado en el Diario El País el 24 de enero del 2010. 

 

Como engañan los ojos del cuerpo. Qué limitada es su visión. Siempre pienso en eso cuando subo a un avión. Desde lo alto del cielo la percepción de las cosas cambia por completo. Me gusta subir sobre las nubes, sobre las ataduras humanas y confirmar que nadie puede limitar la libre circulación de las partículas por el aire, el viaje del sonido por el espacio ni la proyección de los rayos del sol a través de la atmósfera de la tierra. Voy camino a Guatemala y el azul del cielo me obliga a recordar el añil que tanto usó la cultura maya para decorar sus hermosos palacios y sus grandiosas pirámides. Me acordé de Palenke y Tikal, de Chichen Itzá y Calakmul, de ese color azul que representaba, entre otras cosas, la intención de los mayas de encontrar la Puerta del mundo en la oscuridad absoluta, donde habitaban los ancestros, La Cueva de donde la Montaña Sagrada hizo brotar el agua del Inframundo y con ella la Creación entera, en pocas palabras, la necesidad sagrada y profana de ubicar el punto exacto en que los mundos, todos los mundos, se comunican haciéndose uno. Me gusta esa idea. La idea de una totalidad que a todos nos abarca, que a todos nos incluye y nos mantiene unidos en un lugar en donde no existen las fronteras. Hace tiempo que me estorban las fronteras. Si miramos desde lo alto del cielo es imposible distinguir la línea que separa a Guatemala de México.

¿Quién decide las fronteras? ¿en verdad nos dividen? ¿y los cuerpos? ¿en verdad sólo albergan a una persona en su interior? ¿o cargamos con miles de rostros, voces, murmullos, sonrisas y llantos dentro de nosotros? ¿pero en dónde? ¿en los genes? ¿en la memoria? ¿la memoria está dentro del cuerpo? ¿o formamos parte de una memoria colectiva, universal, integrada por los pensamientos de aquellos que han comido lo mismo que nosotros, que han respirado el mismo aire, que se han detenido a ver el mismo y hermoso cielo estrellado, que han bailado al son de la marimba, que han soñado, que han amado?

Los mayas decían que el universo no es otra cosa que una matriz resonante a la cual nos podemos conectar para obtener toda la información del universo. Hasta que surgió la web entendí este concepto plenamente. De lo que los mayas hablaban era de una interconexión. Vivimos en un Universo que está totalmente conectado. No hay una sola partícula, por más pequeña que sea que no comparta información con las demás, por medio de una transmisión invisible y silenciosa. Los nuevos científicos nos hablan ahora que las sociedades comparten pensamientos y que éstos pensamientos crean genes de información que organizan el comportamiento de un determinado grupo social hasta que ese patrón de pensamiento cambia y con él, el comportamiento de todo el grupo social.

Cuando conversé con los primeros guatemaltecos con los que tuve contacto no podía dejar de preguntarme ¿cómo es posible que dentro esta sociedad, que me es tan familiar por su trato suave y delicado, se estén dando casos tan crueles y violentos de agresión sexual contra mujeres en particular y contra toda la población en general? Me resultaba literalmente imposible imaginar a cualquiera de las personas que veía pasar, violando, mutilando, asesinando a alguien ¿Cómo era posible la coexistencia entre un pueblo pacífico y una violencia tan descarnada? No tuve respuesta inmediata y sólo me quedó aceptar que, a pesar de toda la belleza, la dignidad y la grandeza del pueblo guatemalteco el problema existe y por desgracia aumenta, exactamente igual que en México.

La primera noche de mi visita y después de un largo día de entrevistas con mujeres, me costó trabajo conciliar el sueño. Mi mente recreaba todas las historias que había escuchado hasta llegar al llanto, pasando por la indignación, el espanto, el dolor. Montones de preguntas me atormentaban ¿que tipo de sociedad daña de esa forma a las mujeres, sabiendo que son las que van a dar a luz nuevas generaciones? ¿A quién le puede importar tan poco acabar de esa manera con el origen de la vida? Al pensar en los atacantes reflexioné: ¿ a que tipo de ser humano le puede interesar quedar en la memoria de otro por medio de un acto de semejante violencia? ¿ Quién tendría esa enfermiza necesidad de ser visto, aunque sea por un instante, aunque sea con horror, aunque sea con odio pero ser visto al fin? ¿Quién sino alguien que hace tiempo no forma parte de una colectividad podría ser capaz de mutilar, violar, decapitar a otro? Quién sino uno que hace mucho hicimos a un lado y que nunca nos ha preocupado en realidad.

Tal vez esa es la respuesta: la separación. Quizá de ahí viene todo el problema. Nadie puede agredir lo que considera suyo. Sólo quien se concibe como ajeno a un grupo social puede atacarlo. Sólo quien se concibe separado, desterrado, desamparado, puede ser capaz de ver como enemigos a sus hermanos y asesinarlos. Solo alguien que se siente desgarrado y separado puede tener la sangre fría para desgarrar otro cuerpo y querer permanecer en él para siempre, aunque sea como una mala memoria, como una maldición, como una herida putrefacta.

Me pregunté entonces cuando pasó al olvido el pensamiento maya del Inlakesh : ?tu eres yo, yo soy tu?. Concepto que formaba parte de la cosmovisión de las culturas ancestrales y que explicaba de una manera totalmente adelantada a su época que no hay fronteras ni diferencias entre ninguno de los seres que habitamos en este universo pues estamos totalmente interconectados. ¿Cuándo dejó de ser vigente ese pensamiento que les permitió a nuestros antepasados alcanzar un desarrollo artístico, espiritual y científico admirable? ¿Con la llegada de los conquistadores? ¿ O con la historia sangrienta de las dictaduras que durante tantos y tantos años han masacrado a este país? ¿Qué fue primero, la gallina o el huevo? ¿ Cuál es el origen la ola de violencia que se vive en México y en Guatemala?

¿De donde surgen los Maras? ¿Quien los amamantó? ¿En qué parte de la mente colectiva ? a la que todos estamos integrados- se incubaron las primeras agresiones? ¿Es sólo el sistema capitalista que con su inmoral discurso del dinero, competencia feroz e individualidad mal entendida, genera en gran parte esta violencia? ¿Es porque Guatemala se ha convertido en un punto clave en la ruta para transportar cocaína desde los Andes hasta los Estados Unidos de Norteamérica? ¿Es porque los narcotraficantes imponen su voluntad a base de violencia para garantizar un ingreso económico desmesurado? ¿Es el afán de hacer dinero a costa de lo que sea y de quien sea el que expresa la violencia de una sociedad que ha dejado de lado a millones de personas, que terminan por dudar si podrán sobrevivir y dejar descendencia? ¿El ataque a las mujeres, a las madres futuras, no significa un suicidio colectivo?

Lo que me queda claro es que los ejecutores de genocidios, los sicarios, los violadores, los asesinos materiales y los institucionales, pueden asesinar a sangre fría debido a que no guardan la mínima conexión con su entorno. Actúan por su cuenta, tal y como lo hace una célula cancerosa en el cuerpo humano. Al perder la interconexión con el todo, lo que originalmente debía ser un elemento de vida pierde el sentido de integración armónica y trabaja para destruir al propio cuerpo que le dio origen. La pregunta obligada es ¿cómo se puede erradicar ese cáncer?

Yo me pregunto de qué sirve salvar la vida de un cuerpo. ¿Es en el cuerpo o en la mente donde queda la herida? ¿Cuándo sana una mujer que sufrió una violación? ¿Cuántos corazones atraviesa una bala? ¿Cuántas familias mueren con un muerto?

¿Hay castigo para los que destruyen lo más preciado : la fe en el ser humano, la confianza en una congregación fraternal, en un cosmos aglutinante, en un espíritu bondadoso? ¿Cómo recuperar la fe en la justicia si la mayor parte de las denuncias de las víctimas de agresiones quedan paralizadas en juzgados corruptos o ineptos y casi toda la violencia y la injusticia se conserva impune, generando más y más resentimiento, más y más sed de venganza? ¿Cómo recobrar la esperanza de que es posible salir del infierno?

Con tristeza tenemos que aceptar que los seres humanos no hemos podido erradicar los crueles actos de violencia en contra de las mujeres a pesar de la labor extraordinaria de organizaciones sociales, a pesar de las madres de familia que día con día luchan por proteger a sus hijos, a pesar de los grupos feministas.

Organizaciones van y organizaciones vienen. Profetas van y profetas vienen y aún no hemos podido evitar los ataques y los asesinatos porque creer es crear y mientras sigamos creyendo en la violencia como manera de solucionar nuestros problemas, seguiremos creando violencia. Y la violencia provoca miedo y el miedo desconexión, y la desconexión deseo de no pertenencia a un grupo social. Desde mi punto de vista el cáncer que ataca a Guatemala y a México es un cáncer que no va a desaparecer sólo con nuevas leyes y nuevas penalizaciones sino con una nueva manera de mirar la realidad que nos regrese al concepto del Inlakesh: lo que te hago a ti me lo estoy haciendo a mi mismo porque somos uno. Lo que quiero para mi es lo que a ti te doy. Recuperar esa sabia manera de concebir el mundo que los mayas tenían seguramente nos ayudaría a vivir de manera pacífica. Curiosamente en el budismo se le llama maya a la ilusión que provocan nuestras percepciones. Buda pudo despertar del sueño cuando cerró sus ojos. Fue en ese estado de meditación que supo quien era y restableció su conexión con la fuente que lo creo - la misma que nos mantiene a todos en unión-. La invitación está ahí, las palabras de los profetas siguen ahí, en ese campo de información que nos rodea. Sólo tenemos que entrar en contacto con él para ver más allá de nuestros ojos y darnos cuenta que formamos parte de un todo indivisible. Sería bueno que se unieran todas las lágrimas de dolor que han sido derramadas por infinidades de Lupitas, y juntas se purificaran al entrar en contacto con el agua de la Montaña Sagrada, aquella que brota del Inframundo para garantizar la vida, una vida renovada en el interior de la cueva, en el fondo de los ojos, en el centro de la pupila, de tal forma que podamos percibir la luz que nos permita unificar los mundos, todos los mundos.

Muchas gracias Jordi Castells por dar vida a Lupita. Por tu enorme capacidad para ver más allá de tus ojos. Por llenar de luz esta historia.

Laura Esquivel

 

https://elpais.com/diario/2010/01/24/eps/1264318015_850215.html

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