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MASIOSARE, NUESTRO EXTRAñO ENEMIGO (LOS MITOS QUE NOS DIERON TRAUMAS 2)

Juan Miguel Zunzunegui

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Fragmento

¿QUIÉN ES EL CULPABLE?

México agoniza. El enfrentamiento fue simplemente épico, de magnitudes heroicas inconcebibles, todo un duelo de gigantes. Pero tras siglos y siglos de cruenta y terrible batalla, de eternos enfrentamientos, de un constante grito de guerra, México cayó herido fatalmente. Derrotado, sí, pero como un gigante, con la frente en alto, con pundonor y luchando hasta el final, con orgullo y bravía. Como deben caer los buenos machos.

Sí, pero cayó. México perdió tras siglos de guerra continua. Fue encontrado enojado, triste, confundido, aparentemente herido a traición, por la espalda, pues de otra forma jamás habría sido derrotado. Herido fatalmente, pero aún con vida… en un endeble intento por sobrevivir.

México agoniza. El águila y la serpiente contemplan confundidas al moribundo; todos están presentes en el lugar de los hechos, los eternos protagonistas y los compañeros de su vida. Ahí está el triunfante guerrero águila, el estoico tlatoani, el humilde Juandieguito, el glorioso charro cantor, el inocente de Pepe el Toro, el folclórico mariachi, el macho bravío, la madre sumisa y abnegada, la ruda Adelita. Pero ahí están también los despreciables villanos: el infame conquistador, el miserable vendepatrias, el dictador maldito, la india ladina, el político corrupto, el árbitro vendido, el holandés clavadista, el despreciable malinchista, el dinosaurio pelón… los temibles extranjeros.

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Todos se presumen inocentes y se dedican miradas de “yo te lo juro que yo no fui”. Todos ocultan la mano; pero es obvio que México ha sido apuñalado por la espalda. En el fondo todos saben quién es el culpable. Todos lo saben pero temen siquiera pronunciar su nombre; sólo hay un ser tan vil y tan monstruoso como para cometer ese crimen: Masiosare, el eterno, misterioso y extraño enemigo de México y los mexicanos.

En su lecho de muerte, México no deja de culpar al resto del mundo. Todos buscan culpables; es imperativo encontrar y señalar a Masiosare de una vez por todas, aunque en eso se vaya el último aliento. Ahí mismo, contemplando los estertores del agonizante, el águila y la serpiente no dejan de pelear.

Masiosare se esconde en el pasado, en la profundidad de nuestra mente, y detrás de muchos de nuestros mitos y traumas que nos destruyen como país, nos dividen como pueblo, y siguen alimentando a nuestro extraño enemigo. Por eso es imperativo recorrer nuestras mentes, nuestros mitos y nuestro pasado, descubrir a Masiosare y salvar a México.

NOSOTROS LOS POBRES: EL MITO DEL PUEBLO BUENO

El culpable de la desgracia de México no podría ser el pueblo, siempre tan bueno y noble. Qué buenos somos los mexicanos y cómo nos encanta repetir eso. Somos honestos y trabajadores, tenemos grandes valores y tradiciones hermosas. Somos pobres pero honrados y consentidos de la virgencita; grandes creyentes en un país siempre fiel. Somos bailadores y cantadores, siempre generosos y siempre solidarios.

Somos un maravilloso y gran pueblo que vive de la chingada por culpa de una serie de factores ajenos a nuestra inocencia. Ya sabemos que nos jodieron los gachupines y los gringos, que nos saquean los extranjeros, que conspiran árbitros y jueces, que no era penal. Todo lo hacemos bien, pero todo nos sale mal.

Después de que los gachupines nos conquistaron y saquearon durante 300 años comenzó la verdadera rapiña: nos invadieron los franceses, los gringos y otra vez los franceses, ahora con un emperador austriaco traído con mentiras por los mexicanos.

Fuimos grandes pero nos conquistó el desgraciado de Cortés. Éramos libres y con futuro, pero el méndigo de Santa Anna vendió la mitad deshabitada del país; éramos una gran república liberal pero el cabrón de don Porfirio se hizo dictador. Tuvimos una gloriosa revolución social, pero… pero… pero nadie sabe muy bien qué pasó después. Luchamos por la democracia, pero nos sometió el PRI; podíamos ser ricos pero nos lo impidieron los pinches gringos. Votamos por Fox, pero el maldito no hizo el cambio… como Mejía Barón cuando, sólo por joder, a México o a Hugo, da igual, tampoco hizo los cambios.

Nosotros los pobres, tan inocentes… pero ustedes los ricos, tan cabrones, como evidencian las canciones y las telenovelas.

Nosotros el pueblo, tan bueno… pero el maldito gobierno siempre tan malo. Una democracia donde el gobierno, así de ladrón, mañoso y corrupto, evidentemente llegó de otro planeta, porque sería imposible que surgiera de un pueblo tan bueno.

El gobierno cínico y ratero, los políticos corruptos, los partidos avorazados, los burócratas huevones, los ricos tan abusivos, los intelectuales tan arrogantes, los nacos tan malandros, los mirreyes tan insensibles, los banqueros tan ladrones, los partidos tan coludidos, los empresarios tan ambiciosos, el pueblo tan apático, los sindicatos tan mafiosos, los cárteles tan violentos…

… Qué raro; de dónde saldrá tanto delincuente en un país tan noble, habitado por un pueblo tan bueno y piadoso.

El amanecer de 2017 llegó con una decisión huérfana, ya que al final nadie se adjudicó su paternidad: el gasolinazo. Los méndigos, desgraciados y malditos de nuestros gobernantes, que llegaron de Marte —pues sería imposible que la democracia los extrajera de un pueblo tan bueno y noble—, nos endilgaron otra medida más para seguir saqueando al pueblo, que como no está unido sigue siendo vencido diariamente.

Con petróleo que, según la leyenda patriotera, es de todos los mexicanos, el gobierno nos dio el feliz Año Nuevo con un alza al precio de 40% por vía de los impuestos, que definitivamente no son de todos los mexicanos, ni para pagarlos ni para disfrutarlos.

El pueblo se encabronó, no era para menos, por otro abuso más, de uno de los gobiernos más abusivos, que ha dado uno de los partidos políticos más abusivos en un pueblo que, según el mito que hace de sí mismo, no es abusivo.

La indignación contra el gobierno era totalmente justificada… así que en algunos puntos del país, parte del pueblo salió a las calles a entregarse al saqueo de tiendas de abarrotes, supermercados y almacenes… ninguno de ellos, por cierto, propiedad del gobierno, sino de otros elementos del mentado pueblo.

A primera impresión, el pueblo, enojado con el gobierno, se desquitó con el pueblo. De inmediato surgió la versión aclaratoria: el gobierno, siempre tan cabrón y tan marciano, había contratado a saqueadores para dar la imagen de que el bueno del pueblo no era tan bueno y debía ser reprimido. El pueblo de México es inocente: el saqueo lo hicieron alborotadores pagados, originarios de… vaya, de México, al parecer.

El bueno del pueblo se encabrona con el malo del gobierno, y sale a las calles a chingarse al pueblo. No es la primera vez en nuestra historia que ocurre algo similar. De hecho, la primera vez ocurrió nada más y nada menos que en la primera elección democrática de la historia del país, en 1829. Primera elección que nos trajo al primer candidato derrotado que no aceptó su derrota, levantó al bueno del pueblo en armas y dio el primer golpe de Estado de nuestra historia.

En 1821 Iturbide obtuvo la independencia y fue aclamado por el pueblo, en 1822 fue vitoreado como emperador por el pueblo, y en 1823 fue derrocado por Guadalupe Victoria y Santa Anna… con apoyo del pueblo. En 1824 se juntó el primer congreso que proclamó la primera constitución, en la que se establece a México como una república federal con un sistema presidencial de periodos de cuatro años. Ese congreso eligió a Guadalupe Victoria como primer presidente de México… fue el único que terminó su mandato en los siguientes treinta años.

Durante su presidencia, el embajador gringo en México, Joel Poinsett, creó en nuestro país la Logia Masónica del rito de York y la Logia Masónica el rito escocés, ambas dependientes de la Gran Logia de Filadelfia, de la que casualmente Poinsett era gran maestro. Sin entrar ahora en detalles sobre la masonería, es suficiente saber que las logias eran los partidos políticos de entonces.

Para la elección de 1828 había varios candidatos, dos de ellos muy valientes y antiguos insurgentes, pero casi analfabetas: Vicente Guerrero y Nicolás Bravo, líderes de las respectivas logias. Ante este panorama, en que, sin importar quien ganara, quedaría bajo la influencia del embajador estadounidense, Victoria colocó a otro candidato: su ministro de guerra, Manuel Gómez Pedraza.

La elección se llevó a cabo, Gómez Pedraza ganó, Guerrero desconoció el resultado, y aunque Victoria lo invitó a aceptar la decisión y mantener la paz, el antiguo insurgente, con apoyo de algunos militares como José María Lobato, algunos políticos como Lorenzo de Zavala, algunos intrigosos como Santa Anna, y el respaldo del embajador gringo, desconoció los resultados y comenzó a buscar el poder por la vía de las armas.

El 30 de noviembre de 1828, con un gobierno y un congreso temeroso (hay cosas que no cambian), y ya que no se anunciaba un ganador, José María Lobato comenzó un levantamiento en nombre de Guerrero.

Entonces la multitud, el pueblo bueno, salió a las calles a protestar, hoy como entonces sin saber muy bien por qué, y ya entrados en gastos saquearon los comercios del Zócalo y el cercano mercado del Parián, que era como la central de abastos de entonces. El grito de guerra, el lema legitimador, el cántico heroico del bueno del pueblo, entregado al saqueo, era: “Viva Guerrero, viva Lobato, y viva lo que arrebato”.

Dos décadas atrás, el bueno del pueblo que seguía a Hidalgo había cometido desmanes peores: la toma de Guanajuato fue una masacre a sangre fría y una rapiña desenfrenada; la toma de Celaya y Salamanca, lo mismo: entrar a las casas de cada habitante a sacar cualquier cosa de valor y apropiársela… todo por la independencia. El bueno del pueblo saqueó la ciudad de Valladolid, y más adelante la de Toluca en su camino a la Ciudad de México.

En las afueras de la capital fueron atacados por el ejército virreinal en el Cerro de las Cruces. El pueblo bueno vio por primera vez las balas de cañón, las piernas y las cabezas volando… Pero como no había nada que saquear en el bosque… el pueblo bueno abandonó a Hidalgo, quien se tuvo que retirar a Guadalajara, donde volvió a conseguir una multitud de decenas de miles, ofreciendo de nuevo al bueno del pueblo la posibilidad del saqueo.

Volviendo a Vicente Guerrero, así como el gasolinazo de 2017 permitió a parte del pueblo bueno conseguir sus regalos de Reyes, el levantamiento de Guerrero, conocido como Motín de la Acordada, otorgó al pueblo la posibilidad de abastecerse para Navidad y Año Nuevo. Los disturbios y los saqueos continuaron en diciembre de 1828, hasta que el 12 de enero de 1829 el congreso declaró presidente a Vicente Guerrero.

El antiguo insurgente tomó el poder en abril, y fue despojado de él en diciembre por su vicepresidente, Anastasio Bustamante, quien además lo persiguió hasta atraparlo y fusilarlo por traición a la patria. Así, acusados de traición a la patria, murieron fusilados los dos hombres que, con sus claroscuros, obtuvieron la independencia: Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero.

En 1838 Francia invadió México en la estúpidamente llamada Guerra de los Pasteles, Santa Anna tomó su ejército y fue a Veracruz a atacar al enemigo, en el combate perdió su pierna, el bueno del pueblo se la robó. México perdió la batalla, y el pueblo bueno del puerto se entregó al saqueo.

En 1847 invadieron los estadounidenses. A principios de septiembre, cuando se dieron las batallas de Molino del Rey y de Chapultepec, el bueno del pueblo comenzó con el saqueo de comercios. Paradójicamente, el saqueo se detuvo cuando el ejército invasor entró a la capital, el 14 de septiembre, izó la bandera de barras y estrellas en el Palacio Nacional, y se desplegó por la ciudad para imponer el orden y evitar el saqueo.

En 1855 Santa Anna estaba en el poder por undécima y última vez, en calidad de dictador perpetuo y vitalicio, cuando una revolución nacida en el puerto de Acapulco, encabezada en lo militar por Juan Álvarez y en lo político por Ignacio Comonfort, y a la que decidió unirse Benito Juárez, exiliado entonces en Nueva Orleans, desconoció a Santa Anna.

Las tropas de la llamada revolución de Ayutla marcharon hacia la capital. Cuando ya estaban en Cuernavaca, nombraron presidente provisional a Juan Álvarez, Santa Anna huyó de la ciudad y el país… y el bueno del pueblo se entregó al saqueo.

Hablando de revoluciones podemos pasar a la de 1910, la de Madero contra don Porfirio que se convirtió en 20 años de masacre. El pueblo exigía la renuncia del presidente Porfirio Díaz, gran y único culpable de todos los males del país; en mayo de 1911 Pascual Orozco y Pancho Villa comenzaron la guerra contra el régimen tomando Ciudad Juárez. El pueblo se entregó al saqueo de comercios y la rapiña se extendió por varias ciudades. Comenzaron así dos décadas en las que el bueno del pueblo saqueó y mató al por mayor.

Como en 2017, como en 1828, el bueno del pueblo se encabrona con el cabrón del gobierno… y se entrega al saqueo, a desquitarse con el pueblo. El pueblo mexicano, eternamente frustrado, pues tras dos siglos de independencia no ha logrado ser libre, el pueblo eternamente sometido y engañado en un país de privilegios y privilegiados, el pueblo, dividido para poder ser dominado, se enfrenta contra sí mismo. Esa es la eterna historia de México.

Si el gobierno roba se llama rescate, y si el pueblo roba se llama rapiña… Esa fue una de tantas justificaciones que se escucharon en 2017; pero el pueblo que toma el robo del gobierno como pretexto para entregarse al robo, está demostrando de dónde salieron los ladrones que nos gobiernan. Misteriosamente, del bueno del pueblo.

El malo es el gobierno, el pueblo es noble y bueno… pero ¿de dónde salen entonces los políticos ladrones y corruptos…? Del pueblo.

¿De dónde salen los presidentes abusivos y cabrones…? Del pueblo.

¿De dónde salen los arrogantes intelectuales que critican al gobierno mientras chupan presupuesto de él…? Del pueblo.

¿De dónde salen los secuestradores y el crimen organizado…? Del pueblo.

¿De dónde salen los cárteles del narco, y de dónde sacan ellos a sus sicarios…? Del pueblo.

¿De dónde salen los mafiosos y asesinos líderes sindicales que atrasan cientos de años al país…? Del pueblo.

¿De dónde salen los empresarios que negrean a sus obreros por el salario mínimo…? Del pueblo.

¿De dónde salen los alborotadores y saqueadores, aun si son pagados por el gobierno…? Del pueblo.

¿De dónde salen los asesinos de las muertas de Juárez y del Estado de México…? Del pueblo.

¿De dónde sale el policía corrupto y el ciudadano que alimenta su corrupción…? Del pueblo.

Los que ponen bombas, los que queman autobuses, los que cierran universidades, los granaderos que los golpean, los infiltrados que avivan la llama del conflicto… todos salen del pueblo. Algo anda muy mal con este pueblo; algo no funciona, algo no encaja con la teoría de nuestra bondad intrínseca.

Vivir en la teoría del pueblo bueno y el gobierno malo nunca nos quitará la venda de los ojos y jamás nos permitirá salir adelante. Como el alcohólico, el primer paso es reconocerlo. Si fuésemos el pueblo que decimos ser, no tendríamos los gobiernos ni la sociedad que tenemos.

Y AHORA QUIÉN PODRÁ DEFENDERNOS: EL MITO DEL PUEBLO UNIDO

El pueblo unido, quién más para defender a un país que su pueblo. Todos sabemos que el pueblo unido jamás será vencido. Se ha gritado por generaciones en las calles del país; se ha escuchado el heroico canto en cada manifestación popular, ha estado en las pancartas de los acarreados y lo han grafiteado en sus bardas todos los nuevos revolucionarios. No hay verdad más grande y conocida que esa: el pueblo, unido, jamás será vencido.

Mala solución en realidad, pues ese fenómeno social, un pueblo unido, no se ha dado nunca en la historia de México. No hablemos sólo de la independencia en adelante; desde el siglo XVI toda la estructura virreinal se estableció para separar y mantener separado al pueblo. Antes de eso, para los que se empeñan en que el señorío azteca y sus conquistas de sangre eran México… bueno, no es que hubiera mucha unidad en Mesoamérica, ni que los sacrificios humanos y el canibalismo ritual hayan sido el resultado consensuado de un pueblo unido.

En 1521 decenas de pueblos de la muy dividida Mesoamérica marcharon unidos a Hernán Cortés para tomar

Tenochtitlán y acabar con el poderío mexica. A eso se le ha llamado ridículamente la conquista de México, cuando constituye su doloroso e incomprendido nacimiento.

El momento en que se conjuntaron los dos componentes básicos de México: lo español y lo indio, con todas las complejidades y las mezclas, tanto étnicas como culturales, que cada componente ya incluía, es el instante en que el pueblo que hoy somos comenzó a gestarse. Un pueblo que tuvo como origen la violencia y que nunca ha logrado superar ese trauma, en gran medida porque el trauma se enseña y se renueva de generación en generación.

Sobre los escombros del señorío mexica comenzó a forjarse el reino de la Nueva España. Toda la historia de una cultura llegó a su fin, como es común en la historia de la humanidad, y comenzó un proceso de mestizaje cultural que, tras el paso de siglos de mezcla, fusión, creación y destrucción, generó algo nuevo, eso que somos hoy: lo mexicano.

El principal conquistador, sin embargo, no fue el español o su Corona, sino su dios y su Iglesia. Muy pocos españoles vinieron a América; en 1621, un siglo después de la caída de Tenochtitlán, no había más de cien mil… aunque de unos 20 millones de indios que había un siglo atrás sólo sobrevivían 750 000. El guerrero más poderoso fue la viruela, que terminó por aniquilar a 97% de la población indígena en un siglo.

Eso significa que el territorio que en 1521 albergaba a 20 millones de seres humanos, 100 años después era hogar tan solo de un millón. Una catástrofe demográfica nunca antes vista en la historia. En el territorio que se conformó como México no volvimos a ser 20 millones sino hasta 1940; más de cuatro siglos tardó la recuperación.

La siguiente tragedia demográfica que tuvo México ocurrió precisamente en el siglo XX: de 20 millones en 1940 pasamos a ser poco más de 100 millones en el año 2000. La población se quintuplicó en medio siglo, en una época en que tanto la religión como el nacionalismo estaban de acuerdo en aquello de “creced y multiplicaos”.

En el territorio que alguna vez fue el señorío mexica se ...