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ALL IN, SINATRA (PREMIO MAURICIO ACHAR / LITERATURA RANDOM HOUSE 2018)

Pedro Zavala  

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Fragmento

A♥

¿Por qué Las Vegas y no la Praga de Franz Kafka? ¿Por qué una sala de juego en la planta baja del Venetian y no la Biblioteca Nacional en Buenos Aires? ¿Por qué el paño beige de una mesa ovalada para Texas Hold’em, a la mitad del desierto de Mojave y no una mesa de lectura en la Biblioteca Pública de Nueva York?, se preguntó bajo la luz incandescente de la enorme sala, ante la mirada de los jugadores a su alrededor.

—Are you feelin’ ok? —preguntó el crupier frente a él.

Génesis Montesinos posó la mirada en la camisa blanca, el chaleco negro con bordes dorados y la corbata de moño de su joven interlocutor. Quedó en silencio algunos segundos, escuchando la oleada de preguntas desbocándose en su mente.

¿En qué maldito momento comenzó esta locura? ¿Cuándo hundí las manos en mares de fichas por primera vez? ¿Vale la pena arriesgarse sólo con un rey? ¿Cuándo invertí todo mi dinero para jugar al póquer? ¿Voy o no? ¿Exactamente cuánto dinero hay sobre la mesa en fichas de colores? ¿Cuántas negras en total? ¿Cuántas verdes? ¿Las rojas cuánto valen? ¿Cuál es la jugada correcta en este caso? ¿Por qué suben las apuestas sin ver antes las cartas? ¿Tienen ases y reyes? ¿Apuesto? ¿Qué haría Frank Sinatra en mi lugar?

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El chasquido de las fichas en manos de jugadores impacientes lo arrancó de aquellas cavilaciones. ¿Qué hacer?, se preguntó y posó la mirada en las torres miniatura de sus enemigos en turno: las pilas blancas, rojas, azules, coronadas con fichas verdes y negras marcadas con la palabra VENETIAN en el centro.

¿Cuántas fichas tiene Pyongyang? ¿Va a apostar más? ¿Cuánto tiene Alabama? ¿El Cowboy? ¿Umberto Eco ya no va? ¿Y la señorita Nebraska? ¿Tiene más fichas que yo?

—¿Juega o no? —preguntó en inglés el crupier, arrancándolo del caos mental.

Génesis se quitó los lentes, cerró los ojos, escuchó sus latidos acelerados y reparó en el ambiente templado al interior del casino. Palpó sus orejas, paseó sus manos por la barba, siguió con su cabeza calva. A pesar del aire acondicionado encontró ardiente su rostro y frente. Respiró. Sintió ensanchar su pecho y deshincharse una y otra vez. Diferente, desconocido, ajeno. Pulmones apresurados como dos animales heridos. Respiró. Sintió las palpitaciones en el cuello, a punto de reventárselo y, después, notó la contracción de sus testículos. Luego vino la descarga eléctrica por su espalda.

¿Qué hacer? ¿Jugarlo todo?, se preguntó. A la mitad del casino pensó en sus colegas del departamento de literatura en la universidad. Pensó en sus caras. Recordó las fotos enmarcadas en las paredes de sus cubículos. Estúpidos trofeos de caza, en blanco y negro o a color. Harold Bloom, Julian Barnes, Lionel Trilling, John Banville, Carlos Fuentes, con sonrisas simuladas al lado de aquellos advenedizos, al borde del éxtasis.

¿Voy o no?

De nuevo los rostros. Ahí estaban en su mente. Raya, Gandino, Salamé. Pensó en el café aguado y servido en vasos de cartón, los días de junta en la universidad. Romero, Stirzel, Gutiérrez. Recordó las pilas de galletas secas sobre servilletas manchadas con pequeños círculos amarillos. Vera, Licona, Aranguren. Lo criticarían por su banal elección vacacional.

¿Las Vegas, Génesis? Es por la biblioteca en la Universidad de Nevada, ¿verdad?

El golpe sobre la mesa lo arrancó de aquella sucesión de imágenes y voces incómodas.

—¿Vas a jugar o no? —insistió Pyongyang.

Sólo quiero mirar las cartas. Sentir mi pulso en la garganta, en el pecho. El flop al centro de la mesa. Una, dos, tres. Acción, pelea, la sangre en las sienes antes de morir. Luego el turn. Las luces derritiéndome la cara. Las manos temblorosas. Finalmente, la última carta: el river. El calor interno, las ganas de gritar y empujar todas las fichas al centro de la mesa, en espera del veredicto final. Ser el maldito Gatsby.

Génesis Montesinos tenía sesenta y cuatro años cuando lo dijo por tercera vez en el día.

—All in.

All in. Dos palabras. Estallido verbal para obliterar las imágenes repugnantes de su pasado. All in.

Segundos después se escuchó al otro lado de la mesa, la respuesta a aquella decisión apresurada.

—Call —dijo con serenidad el Cowboy. Tomó algunas fichas de la pila roja y las arrojó al centro de la mesa, con desenfado.

Call, repitió Génesis en su mente. Call, call, call. Somos dos ahora, pelea, call, call, call, pensó. ¿Tiene un as? ¿Un par? ¿Estoy perdido?

Durante la noche había escuchado que se referían a él como Wild Jack. Blanco, alto, hombros anchos, camisa abierta al pecho y un sombrero Stetson en la cabeza. Esclavas de oro en las muñecas y cadenas al cuello. El viejo había relatado historias de su juventud deportiva y recitado el catálogo de equipos de basquetbol que había integrado.

Gordo ignorante. Grasa informe. Culo rechoncho. Tan diferentes, pensó Génesis. Tan diferentes y ahora alrededor de la misma mesa, con un interés común.

La cordialidad y las historias deportivas desaparecieron al jugarse cincuenta y tres mil dólares entre dos desconocidos. Algunos jugadores de las mesas cercanas se acomodaron detrás de Wild Jack. Génesis los miró. Las muecas en sus rostros, las sonrisas cómplices, el cuchicheo irritante.

Esta gente quiere mirar la sangre. Más bien, la catástrofe y la muerte. Mi muerte en la mesa. Observadores del empalamiento y las decapitaciones. Cúmulo de ignorantes. Camarilla de holgazanes. Estoy vivo. Aquí. Ahora. Listo y en espera del desenlace, el combate por venir, abróchense los cinturones.

—Muestren sus cartas —dijo el crupier dirigiéndose a Génesis. Él las lanzó al centro de la mesa junto al mar de fichas de colores.

K♥ y 10♥. Los jugadores detrás de Wild Jack miraron las cartas con ojos abiertos como platos.

¿Por qué se asombran? ¿Creen que soy un loco por jugar esas dos cartas? ¿Fue una decisión errónea? ¿Qué pasa? ¿Soy un viejo de pelo escaso tomando una decisión suicida? Banda de tahúres. Malditos gringos enajenados.

Wild Jack sonrió. Se acomodó el Stetson, tocó tres veces la punta y mostró sus cartas. Par de reinas.

¡Un par! No, no, no. ¿Qué me trajo a este precipicio? Todas mis fichas están al centro. ¿Lo hice mal? ¿Por qué arrojarse al vacío con dos corazones?

Génesis cerró los ojos y recordó la sensación de la primera y, después, la segunda vez que lo dijo a lo largo del día. All in. Quería recrearla. Pasarla de nuevo por sus entrañas. Ése era el verdadero motivo. Los latidos a tope y los brazos como dos enormes troncos. Sentir el recorrido de pequeñas descargas eléctricas por la espalda. La visión borrosa, las manos temblorosas. El vértigo momentáneo, luego el aletargamiento. No importaba qué o cómo. La cuestión era ésa. Volver a estar ahí. Alejar a los fantasmas. Llevar lejos a la muerte. Engañarla al menos por un momento.

El primer disparo. No hay vuelta atrás. El crupier abrió las tres cartas comunitarias, el flop. Y mostró al centro de la mesa: 9♣ 9♦, A♥.

Génesis escuchó un zumbido en los oídos. Pasó las manos por su barba y sintió el corazón a punto de salir de su pecho, al ver las fichas al centro de la mesa. Miró a Wild Jack reposado, con una sonrisa a medias, tocando la punta de su Stetson blanco, una, dos, tres veces. Sentado en su silla y con la mirada atenta, en espera de las cartas por venir.

Texano analfabeto. Sebo ignorante. Mamut albino.

El segundo disparo. Cuando llegó la siguiente carta comunitaria, el turn, todos vieron un 8♥.

—¡Una más! —gritó Wild Jack.

Génesis cerró los ojos y se concentró en el bombeo de la sangre en sus sienes. Se sintió pesado, aletargado. El aire como plomo a su alrededor. Todo daba vueltas. Estaba vivo.

—¿Se siente bien?

—Siga, continúe. Estoy bien.

Llegó el tercer disparo. El crupier mostró la carta comunitaria final, el river. El K♦ aterrizó en la mesa.

—¡Gatsby! ¡Gatsby! —gritó, saltó y la silla cayó de lado—. ¡Soy Gatsby! Los brazos al aire, los puños cerrados, los lentes en el piso, a un lado de sus pies. Miró a los demás jugadores. Pyongyang, Alabama, Eco, Nebraska. Lo miraron desconcertados. El viejo se encorvó sobre la mesa, miró las fichas, respiró. Una, dos, tres veces.

Soy el maldito Gran Gatsby, miscelánea de fracasados. Soy Gatsby, culo mantecoso, gorila blondo, red neck fanfarrón y tus fichas son mías, pensó.

Génesis miró a Wild Jack aventar su sombrero blanco a un lado. Miró a los espectadores repentinos regresar a sus lugares y a los turistas a un lado de la mesa continuar su camino.

Regresó a su asiento con la respiración acelerada. El crupier acercó las fichas a sus manos y él las apiló lentamente según los colores como un zombi.

Cincuenta y tres mil dólares. Cincuenta y tres, todos míos. Para mí, míos, pensó. Cincuenta y tres mil. ¿Un profesor de literatura inglesa puede ganar esto en un semestre de trabajo? ¿Dando clases, publicando algunos artículos, ensayos por aquí y por allá, tal vez un libro de cuentos, incentivos académicos incluidos, alguna edición o trabajo por encargo? No. ¿Con ese presupuesto educativo menesteroso? Gobierno de mierda. Nunca, carajo, se respondió de inmediato, al pensar en el tipo de cambio del peso frente al dólar. Dios, desde luego que no, se dijo y sonrió.

Miró el reloj. Nueve horas de juego en total. Dos desde que había ganado a Wild Jack. Se percató de que la riqueza en sus manos había hecho desfilar a varios jugadores a su alrededor. Se levantó, se estiró, intentó hincarse sujetándose a la mesa.

—Es todo por hoy —dijo y dio una ficha de cien dólares al crupier. Miró los rostros de la señorita Nebraska, de Umberto Eco y de Wild Jack. Alabama y Pyongyang se habían retirado. Se despidió de ellos con un movimiento de cabeza.

Bye, adiós, sayonara. Fitzgerald estaría orgulloso de mí. Lo sé. ¿Qué escucharía en este caso Jay Gatsby? ¿Un cuarteto de cuerda? ¿Jazz? ¡Seguro! ¿Qué bebería? ¿Un poco de champagne?

Se dirigió a la caja y se sintió con la capacidad de atravesar paredes a su paso. Atravesó la zona del blackjack rápidamente, luego el sector de las máquinas tragamonedas con pasos cortos y rodillas temblorosas. Luego pasó por las mesas de ruleta y por último el bar. Cuando llegó a su destino, una mujer de ojos verdes le pidió llenar una hoja con su nombre, dirección y correo electrónico, así como un consentimiento sobre la transacción monetaria a punto de realizarse. El viejo entregó las fichas circulares y se detuvo a rellenar la hoja recién recibida.

—¡Mis lentes! ¿Qué dice aquí?

—Su correo. ¿Todo en billetes de cien?

—Sí. Por favor.

Génesis rellenó las demás líneas en blanco, entregó la hoja y esperó paciente. Miró hacia las mesas más cercanas. Un par de parejas jugaban, visiblemente ebrios, con fichas y copas delante de ellos.

¿Regreso y juego un poco más? ¿Es un exceso? ¿Qué diría Sinatra?

—Cincuenta y uno, cincuenta y dos, cincuenta y tres mil quinientos setenta y siete dólares. ¿Es correcto?

—Sí.

—Firme aquí, por favor.

Salió del Venetian con cinco fajos de diez mil en los pantalones y algunos billetes sueltos. Caminó. A cada paso imaginaba que estaba en una película de espías de los años sesenta. Reculó. En realidad, se trataba de su vida, aunque le costaba trabajo creerlo. Para salir de la duda palpó las protuberancias en sus muslos y miró varias veces al interior de sus bolsillos. Los billetes seguían ahí. Sonrió. Nunca antes había cargado una cantidad similar de dinero consigo. Dios, desde luego que no.

Caminó por los puentes, sobre los canales y las góndolas bajo la luz de las farolas de la reproducción veneciana. Se dirigió al Strip, la avenida principal de Las Vegas, y se enfiló en dirección a Sands Avenue. A cada cien pasos miró por encima de su hombro. Y esperó que nadie quisiera brincarle encima, robándole el dinero que había ganado.

Se detuvo frente a Neiman Marcus. Las luces blancas llamaron su atención. Miró la tienda, la preferida de políticos mexicanos y narcotraficantes contemporáneos, recordó.

Antes de cruzar la calle vio las enormes torres de los hoteles Wynn y Encore. En la revista de la aerolínea Southwest había leído que el color dorado de las ventanas del primero se debía al oro utilizado en el proceso de su coloración.

Llegó a la habitación 301 del Metrópolis, en la calle Sammy Davis Jr. Antes de entrar a su cuarto acomodó el cuadro de Superman y Lois Lane sobre la pared amarillenta del pasillo.

Cuando entró quiso vomitar por el olor. En el piso del baño había un charco con mierdas flotantes como pequeños submarinos. Cerró la puerta.

Escapar cuanto antes. ¿Al Wynn? ¿Al Encore? ¿Al Venetian? ¿Al Rio?

Tomó el teléfono y marcó el 0.

—Recepción.

—Pedí que limpiaran el baño.

—¿Qué?

—El baño de la 301.

—Espere.

—No. El baño es un asco—dijo y colgó. Después se alejó lo más posible y se sentó al borde del sofá. Prendió la televisión y en la pantalla apareció el canal de Playboy.

Una mujer blanca de pelo lacio y largo se encontró con el novio de su hija en el sofá de su casa, un joven con acento alemán. La mujer dijo que le gustaba mirarlo en la alberca de la casa los fines de semana. Se apretó los senos con los antebrazos y dijo: “Sé muy bien que te coges a mi hija en su cuarto, cuando dicen que van a estudiar”. El joven dijo con espanto: “No, no, cómo piensa usted esto, yo sería incapaz”. La mujer dijo: “Los he escuchado gemir, gritar. Debes saber que eso me excita”, dijo, al tiempo que se arrancó la blus ...