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EL EMISARIO O LA LECCIóN DE LOS ANIMALES

Alejandro Vázquez  

0


Fragmento

1

Vine al mundo a hacer observación participante.

Hablaré en presente. La gramática se hace un ovillo en la lengua como si el tiempo que pasa se traslapara con el tiempo en que hablo. Soy pura gramática. Mi vida ocurre todavía en un rincón de esta ciudad plúmbea.

Recorro una tercera vez el bulevar. No hay más que una avenida amoratada de seis carriles que espejea el cielo inquieto. Es la tercera vez que cruzo la ciudad de oriente a poniente y de regreso. Desde Guadalupe hasta Santa Catarina.

Espero una señal. Mamá decía que ir contra el movimiento del sol es de mal augurio. No nos dejaba empujar su silla de ruedas de oeste a este. Si no había más remedio, nos obligaba a caminar de espaldas.

Lo recuerdo al tomar el retorno debajo de un puente negro. De nuevo hacia el oriente. Aparecerán pronto. La ciudad, lo mismo que el cielo, no está vacía sino dormida. El río es una franja de silencio.

Mi lentitud siempre exaspera a los conductores. A mí también. Pero mi exasperación se compensa con la exasperación ajena. La urbanidad es la ciencia de armonizar las exasperaciones. Nadie debe apresurarse cuando sabe cuál es su destino. El desfile de autos y faros rojos suena a llantas crujiendo sobre el asfalto.

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Al alimentar el horizonte con mi movimiento el cielo marrón se enciende como si el cemento ardiera en neón y halógeno. La ciudad es un tambor reverberando. No sé la hora. Son entre las dos y tres de la mañana.

Las luces de un vehículo se alinean tras de mi camioneta. No se puede identificar a nadie dentro. A él nunca le importaba para quién trabajaba. Pero yo no soy él. Ni estos tiempos son sus tiempos. Están nerviosos. Yo también. Me dieron esa instrucción y la sigo. Tengo la garganta seca; mi cuerpo, vacío. El auto se acerca. Mis uñas se ponen blancas en su base por apretar el volante. Me mareo un poco. Es mi estómago vacío. El aire me seca el sudor de la espalda.

La ciudad entera de pronto luce viva, como si despertara en mí una atención desproporcionada y sintiera cada una de las acciones que antes eran imperceptibles: el aire susurra; la textura de la mezclilla en mi entrepierna, una radiola lejana que suena a nostalgia, el transitar bruno de los rostros detrás de los parabrisas. Casi logro escuchar lo que dicen, lo que piensan.

Atrás encienden tres veces las luces altas.

Es un auto compacto. Lo sé por la distancia entre una luz y otra. Son ellos. Ahora escogerán un punto para la entrega. Restallan el látigo sobre el motor que libera un caballaje ruidoso. Adelantan por la derecha. Al rebasarme noto sus miradas y yo les devuelvo la mía para desafiarlos, aunque no distingo nada. Estoy deslumbrado por tantos detalles.

Es un Pointer repintado en mate. Probablemente lo acaban de sacar del corralón. O lo robaron y lo pintaron con chapopote. Se ve la línea de los brochazos sobre la carrocería. Son tres ocupantes. Dos al frente. Uno atrás con una gorra verde.

Tengo miedo de encontrar otra sombra pegadiza, un carro que nos siga. Vigilo los espejos: sólo destellos cobrizos en el horizonte. Nos quedamos solitarios en la velocidad. La camioneta responde mejor de lo que esperaba. Miro de reojo los indicadores. Todo en orden.

Dejo que se alejen hasta convertirse en un punto rojo en el asfalto. Bajo la velocidad. Al lado de la avenida el río sigue nuestros movimientos como un centinela pardo y ondulado. Me convenzo de que no nos siguen. El viento arrecia agitando las farolas. La luz ocre tiembla sobre la tierra. Mis manos enrojecidas empiezan a sudar.

Seco las palmas en el pantalón y pienso en él. En lo que habría hecho al verlos, como yo lo hago, detenerse debajo de un puente. Paso mi mano por el cabello. Pero él no habría hecho eso. Él habría agarrado la pistola de la entrepierna como quien se pellizca los huevos para darse valor. Bajo la velocidad.

Los dos pasajeros de adelante descienden del vehículo y se quedan mirándome fijamente porque no me detengo. Golpeo el volante con impaciencia. No es lo que quería hacer. Nada de esto es lo que quería hacer. Yo he venido al mundo a hacer observación participante, no a esto.

Uno de ellos levanta el cofre del Pointer y el otro se recarga en el coche mirando hacia el río. Cambio de carril para retornar. Al girar y ver de nuevo el puente, se me ocurre que no es seguro. Pueden estar parapetados detrás de la barandilla. Me cargo a la derecha para subir. Pretendo revisar todo desde arriba. Se llevarán las manos a las cachas de las pistolas. El pasajero del asiento trasero atrae a los demás con un gesto.

Nadie atento al puente, nadie con un teléfono a la oreja o un auto ocupado. La calle renegrida y sorda carece de movimiento salvo en la entrada de la clínica y, más al norte, la espesa columna de humo de la mantequera. Frente al Seguro Social un puñado de gente se arremolina ante un puesto de comida, otros descansan en los escalones y la banqueta.

Trazo tréboles y retornos para cruzar el río, regresar por el puente y volver a bajar a la parte inferior de la avenida. El río Santa Catarina lleno de arbustos es un abismo. Si no fuera por el repiqueteo del motor se podría escuchar el canto de una chicharra y el rumor de los matojos en tierra. Al poniente se advierten unas masas extendidas: canchas y pistas de carreras que titilan en espirales.

En el puente un hombre y una mujer caminan hacia el norte abrazados por las caderas. Un par de mendigos transparentes están recostados ante la puerta de un Súper Siete. Más eses, retornos, caracoles.

Cuando me enfilo de nuevo a la avenida, imagino que ya no están. Sería lo mejor. Pero ahí siguen. Colocaron un triángulo de precaución unos metros atrás. Tienen las puertas abiertas y esperan tiros. El pasajero de atrás, con su cachucha verde, sigue sin salir. Paso muy lento junto a ellos. Quiero que me vean. Que estoy solo. Que soy yo. Que soy él.

Me detengo a una distancia prudente. Desde donde sea difícil darme al primer disparo. No apago el motor. Tengo que escucharlo.

Hace tiempo que no le exigía tanto a la camioneta y está reaccionando bien. Lo dejo un rato temblar. En marcha mínima el motor tose y quiere acelerarse solo. Giro la llave del encendido. Apago las luces. Espero. En la oscuridad todo es más nítido.

Se aproximan. En el retrovisor distingo a un hombre con una bolsa en la mano. Sus pasos suenan diáfanos en la grava junto a la avenida. Adivino qué tipo de zapatos usa por la manera en que sus suelas raspan la tierra.

Arriba, esporádicos, zumban coches sobre el puente. El asfalto tiembla como la cuerda de un instrumento ronco. El firme cubierto de polvo palpita. El espejo dibuja un hombre fornido y calvo. La bolsa es una mochila de mano verde con amarillo. Se gira y hace señales a sus acompañantes. Atrás encienden las luces altas. Me ciegan un poco. El hombre se detiene junto a la ventanilla. Saluda con un gesto imperceptible. Me tiende la mochila a través de la ventana.

—Hay un teléfono ahí dentro —dice seco.

—¿No me das la ubicación de una vez?

—Todavía no tenemos punto —al no responderle agrega—: También hay una pistola —mira impaciente atrás, intenta recordar las instrucciones—, al rato te va a llamar René y te dirá dónde es.

No espera a que diga nada. Camina de regreso a su vehículo. Casi a trote.

Miro la mochila: una bolsa deportiva verde con ribetes amarillos en la agarradera. Tiene el teléfono y unos paquetes envueltos en cinta canela. La pistola ahora no importa. La dejo en el suelo de la cabina.

Se escuchan las puertas del vehículo. No se toman la molestia de recoger el triángulo de precaución. Con un acelerón arrancan a toda prisa. Yo enciendo las luces altas. Deseo ver al pasajero de atrás, que supongo, es René. Sólo se ve su nuca morena, el pelo negro y la redecilla verde de la cachucha.

Busco las llaves a tientas. Enciendo el motor que reanuda su marcha moribunda. Por las rendijas del aire acondicionado entra el olor del aceite tostado. Forcejeo con la transmisión, pero no arranco. El motor queda suspendido esperando la orden. Junto a la cuneta brilla el cadáver castaño de un perro atropellado. Se ve fresco con un charco de pulpa negra envolviéndolo. Sus patas están boca arriba. Está entero, musculoso y recio. Una cruza de pitbull.

No arranco. Me quedo un rato viéndolo y golpeo el volante.

2

Desde que agarré las botas en casa sentí que tomé parte de su piel. No tenía ni idea que el solo hecho de cambiar de calzado podía transformarte tanto. Cambia la postura, el ritmo al caminar, la forma en que adelantas un pie contra el otro, la forma de estar en el mundo.

Es por el sonido. Las botas al caminar suenan. Los tenis no. Repiquetean como un metrónomo y atemperan la caminata. El oído armoniza tus pies.

Por un momento, antes de salir de casa, creí que él entró en la habitación. Pero era yo. Concebí la idea de que mi hermano fue lo que llegó a ser por estas botas ambarinas.

Por eso el sonido de mis propios pasos sobre el asfalto me hace pensar que pude encarnarlo. Yo era él. Desciendo con el cuerpo del perro entre los brazos hacia el lecho del río. No sé qué hago aquí. Hubiera sido más fácil todo si me hubiera puesto estas botas antes.

Uno se malacostumbra a las maneras de hablar. Esto no es una historia. Las historias se cuentan. Pero esto no es un recuento. El lenguaje es engañoso. Nos obliga a decir una cosa tras la otra. El orden de la producción hace que creamos que existe un inicio y fin del lenguaje y, por tanto, un inicio y fin de la historia. No es así. Contar cualquier cosa es una operación aritmética. Cuando se narra la vida, el lenguaje, las cosas, se convierten en enunciados, en realidad. Sin embargo, lo que hay del otro lado del lenguaje es sin fin. La vida es sin fin.

Tenemos tanto del mundo, de esta ciudad, de estas botas, de la vida de este perro muerto que no caben en el lenguaje.

Me niego a creer que la generación de los astros, la química del carbono, el devenir de las especies a través de la selección natural, el triunfo del antropopiteco, el surgimiento y choque de las civilizaciones y el chispazo de amor que se cruzó en los ojos de mis abuelos vino a terminar en mí; en este cruce de caminos entre mi sombrío hacer en el mundo y el charco violeta de sangre de un inocente sobre una avenida. No sé qué hago aquí. No sé por qué tengo que levantar el cadáver de un perro que ni era mío ni yo maté. Sentir el husmo hediondo de un cuerpo ajeno. Restregarse la sangre con las matas y las piedras. Cuidar de que no se descoyunte en el camino. Esconder una maleta de ¿efedrina? ¿heroína? detrás de un matorral y dejar una camioneta abandonada en la avenida con una pistola debajo del asiento. No tiene sentido.

Mi boca siempre ha tenido alcances más modestos que el sentido. No podré alcanzar con la voz ese doble que es el mundo.

Pero a veces me entra una sed sin final. Unas ganas de llenarme por dentro de un cuerpo que no es el mío. Dejar de ser una sombra. Caminar con otro nombre. Ya lo asumí a las malas en el penal de Matehuala. Ahora puedo asumirlo a las buenas. Ver correr dinero por la casa. Llenar mi apellido. De ser lo que estoy destinado a ser y no un pinche perro.

Los perros tampoco tienen historia. Y da lo mismo. Si la tienen, no la cuentan. Suelen tener una piedad angelical. Es porque están más cerca de la tierra. La tierra también es buena. Nos abraza cuando ya somos un horror: cuando estamos muertos.

Recojo los restos fríos del animal y los pongo dentro del nicho cavado. Durante un momento me quedo contemplando los músculos todavía satinados por la humedad. La ciudad, desde aquí, luce como una gran máquina productora de cadáveres.

No sé si es el esfuerzo de cavar la tierra, o el girar de las dínamos citadinas que se refractan en la pantalla de nubes; si son los cementos recalentados por el sol que no se acaba de extirpar nunca; si es el sereno que cuaja a palmos de los arbustos, evaporándose apenas baja del cielo en espirales como una bendición retorcida; no sé qué es. Es todo eso y más, pero se me antoja que todos los residuos del río —que fluyen entre los campos de golf, canchas de futbol y pistas de carreras en forma de un hilillo de vida moribunda— se han detenido. Como si la masa de cumulonimbos arriba se estuviese tragando todo el fresco. Me seco la frente con el hombro de mi camiseta.

Del otro lado del río, un parpadeo de una torreta azul y roja me obliga apresurarme. Un puño de tierra sin tiempo de luto. Pudo ser mi mejor amigo. El mejor amigo de cualquiera. Voy vaciando la tierra con la pala sobre él.

No sé qué hace aquí.

No sé qué hacía en la avenida cuando lo atropellaron. Estoy seguro también de que el auto que lo embistió tampoco sabía muy bien qué hacía ahí en ese momento. Tampoco sé qué hago. Por qué llamaron preguntando por él. Ni por qué les dije que era yo. Sé que tenía sed. Que era la oportunidad que había estado esperando toda mi vida: ser él. Llenar su nombre por completo.

Papá siempre dijo que un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Esta sanguinaria tautología ni siquiera tiene sentido para mí. Yo no soy un hombre. Soy un pronombre.

No tengo ni puta idea de qué estoy haciendo aquí, pero es lo que quiero.

El perro ya está cubierto. Recojo la pala y me dirijo hacia la avenida entre el cielo rojo y la tierra negra. De verdad me gusta mucho cómo suenan las botas al caminar.

3

Estacioné la camioneta frente a los condominios. Ante la luz de una farola abro el cofre para rellenar el aceite de la transmisión. Frente a la defensa se expande un charco rojizo de lubricante nuevo. Empeora cuando el líquido se adelgaza con el calor. La fuga tiene meses pero no tengo ni dinero ni fe para repararla.

Se necesita ser un hombre creyente para reparar una transmisión automática.

Regreso a la cabina. Sólo titila la madrugada vacía. Zumban las mordidas sordas de los neumáticos en la grava suelta del asfalto, el chasquido de una luminaria indecisa, el taconeo esporádico de una pareja que se resiste a la noche y el rumor de la ciudad fundida con ladridos de perros lejanos.

Reviso la mochila verde. Unos veinte kilos. Son cinco paquetes forrados de cinta canela. No me importa qué sea. También está la Beretta 9 mm. Al fondo palpo un teléfono celular desechable. El arma está cargada. Jamás he usado una. La dejo junto a mis pies. Tengo un libro en el tablero para matar el tiempo.

Una sombra se agita en el rabillo del ojo.

Me pongo en alerta y bajo la mano hasta la culata. Giro lentamente. Aguzo la vista periférica: un mendigo despeinado, torvo y que huele bastante mal.

—Dame veinte pesos —demanda con simpleza.

Levanto la mano con la pistola y, sin que se dé cuenta, lo encañono a través de la puerta. La última vez que se me acercó un mendigo borracho, la cosa acabó mal. Quito el seguro del arma con la mano izquierda y la amartillo. Parece inofensivo, pero con centenas de miles de dólares en droga en el asiento del pasajero, no tomaré riesgos.

—No traigo nada, compadre, lo siento —respondo guardando entereza ante el hedor alcohólico que recibo de su boca.

Se queda inmóvil y mudo. Por la forma en que me mira, entiendo que no se trata de que no pueda engañarlo, sino que no escucha mis palabras. Lanza un resoplido de molestia enviándome sus efluvios podridos y se le escapa un pedo. Atento a sus manos. Listo para dispararle a quemarropa.

—Tú tienes carro y yo no. Dame veinte pesos.

Voy a repetir la misma respuesta imitando la impasibilidad con la que él renovó su demanda, pero no puedo. Su argumento es irrefutable. Mientras palpo la decisión le echo un vistazo. Tiene el pelo abombado y grasoso, el ceño ensombrecido y lejano, sus ojos turbios están distraídos. Un saco diminuto y descolorido se abre ante el monumento al colesterol que es su estómago. Su boca brilla con la grasa de unos tacos recientes. Un pantalón enorme de mezclilla se sostiene sólo por un cinturón ajustado al ecuador de sus nalgas. No tiene zapatos. Sus ojos, de una inocencia bovina, me recuerdan a los de Agnes.

El juicio no es claro. Por más que se me presente su porte miserable, no está peor que yo. Él no debe saber qué es estar hacinado en el tráfico de las siete de la tarde, o qué se siente hacer fila para pagar el refrendo o una multa. No sabe cómo funcionan las cabezas de un motor Ford 4.0L. Probablemente jamás se ha metido debajo de un carro y embarrado de grasa. No se ha quedado tirado en medio de una avenida con el cofre humeando. No sé si oler el sudor alcoholizado fuera menos deseable que respirar el aire con aceite quemado que entra por el tablero. Su gordura mantecosa contra mis miembros huesudos. Sus tacos recientes contra mi ayuno. Yo tengo carro. Él no tiene zapatos.

Sin soltar la pistola rebusco entre mis bolsas. Al palpar mi camisa, el papel doblado me conforta como un amuleto. Encuentro el dinero.

—Toma, no tengo cambio —le alargo el único billete de cincuenta pesos que traía con la mano izquierda.

Lo mira sin cambiar su expresión. Extiende la mano. Podría preguntarle si tiene comida, pero me avergüenzo por pensar en pedirle de comer a un indigente. Empieza a hablar:

—Una vez en el rancho al tío Chano se le trepó un coyote. Cada tercer día iba de El Calabazal hasta Apizolaya a surtir abarrote y regresaba con la canasta de la bici llena en noche cerrada. Una luna plena, pedaleando como de costumbre, sintió más peso de lo normal. Como si los botes de leche y los paquetes de las tortillas se hubieran multiplicado sin razón. Al voltearse vio que en la canasta iba también un coyote pálido y jadeando. Asustado, pedaleó más fuerte. Pero el coyote no se bajó. Al final, sin poder hacer más, se detuvo en seco, aventó la bicicleta y corrió todo lo que pudo sin mirar atrás. Dijo que ese día la lumbre de los tesoros brillaba con más fuerza que nunca. El tío Chano nunca más volvió a salir de El Calabazal en la noche hasta que se murió.

No respondo. Asiento con desgano. No entiendo por qué me cuenta eso. Dobla el billete con cuidado y se lo guarda en el saco. Se va sin decir nada más. Ni las gracias.

El arma tiembla en mi mano. Durante un momento tallos de rosas deshilachadas y confeti de cristales tintinean a mi alrededor.

Volteo hacia atrás esperando ver en la caja de la camioneta, junto a la pala y latas de aceite vacías, un coyote pardo. Sólo se dilata el horizonte de asfalto y halógeno. Imagino al tío Chano, el abarrote estrellado contra una piedra en el camino de grava entre El Calabazal y Apizolaya, los cincuenta pesos, a papá, que tengo hambre y sueño, que si intento leer un rato me quedaré dormido, a papá otra vez, mientras voy bajando la pistola hasta dejarla colgada entre mis piernas.

4

—Nunca le den nada a nadie —decía mi padre como una letanía salvaje desde el púlpito del mostrador de su tienda, expulsando bocanadas de humo y bebiendo una Carta Blanca—. La gente es basura. Nunca le den un solo peso a nadie que no le puedan sacar dos.

Mi hermano, que era muy listo, escuchaba atento mientras subía y bajaba mercancía a los estantes y me empujaba con una sonrisa para quitarme del camino. Yo, que soy más lento, no le encontraba sentido a lo que decía.

Sentado sobre unas cajas de plástico donde papá guardaba el arroz a granel, comiendo puños de chicharrón p ...