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ENERGíA: TU PODER

Gaby Vargas  

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Fragmento

DE EXPERIENCIAS EXTREMAS

“Cuando comprendemos de verdad el concepto de que el amor es una energía que lo abarca todo y que su impulso curativo puede transformar con rapidez nuestros cuerpos, mentes y almas, superamos nuestros dolores y males crónicos.”

BRIAN WEISS

Me he aventado en paracaídas a 15 mil metros de altura; he corrido hacia el precipicio en un aladelta amarrada de un arnés; he planeado en parapente; buceado con tiburones de noche… pero nada se compara con lo que sentí aquella ocasión.

Es la experiencia más fuerte de mi vida. Un parteaguas que abrió mi conciencia de tajo y sin miramientos. Puedo afirmar que esa vivencia me transformó. Mi camino de búsqueda interior tiene un antes y un después de ella.

Nunca la había narrado, en principio por pudor, porque es algo muy íntimo y profundo, pero también por temor a promover una práctica que, si no está bien guiada —como fue mi caso—, puede ser riesgosa. Ahora siento que es el momento de decirlo, pues fue entonces que comprendí a fondo lo que en realidad es y significa la “energía”, tema que se volvió mi pasión y me motivó a investigarlo durante tres años.

“Yo vi a Dios”, me comentó Andrea, mi hermana, cuando volvió de Nueva York, donde acudió a un lugar especial y fue guiada como debe ser. Por eso, cuando me enteré de que en el congreso de Eneagrama, sistema encaminado al autoconocimiento, que se llevaría a cabo en Fort Lauderdale, Florida, habría oportunidad de experimentar la respiración holotrópica, me apunté de inmediato.

No sabía que en lugar de ser una experiencia de tres horas, para llevarla a cabo como se debe, con un terapeuta certificado y un acompañante por persona, tomaría sólo la mitad del tiempo recomendado, con únicamente dos guías que, aunque certificadas, vigilaban a 25 participantes, lo cual les impedía tener el cuidado adecuado. Ahora comprendo lo importante que es no tener prisa alguna para que el proceso resulte completamente benéfico. En fin, yo quería ver a Dios, así que me lancé. Jamás imaginé lo que viviría.

Nos reunimos en uno de los salones del hotel donde el congreso tuvo lugar. Éramos 25 personas de pie con una toalla en la mano —como lo habían solicitado—, las que formamos un círculo para recibir indicaciones de la instructora y su acompañante. Las descripciones sobre lo que sentiríamos sonaban al mismo tiempo atractivas y aterradoras. “Hay quienes ven figuras de colores, su nacimiento o vidas pasadas”, “sentirán que las manos se les duermen, se les pueden torcer de manera involuntaria y presentar movimientos automáticos en el cuerpo; si tienen ganas de gritar, griten; hagan lo que sientan, estarán protegidos y bien cuidados, lo importante es que confíen”.

“Que confíen”, esas fueron las últimas palabras que se grabaron en mi mente antes de cerrar los ojos. Nos acostamos sobre la toalla, cuidando que al abrir los brazos no chocáramos con nadie a nuestro alrededor. “Pónganse cómodos, relájense como si estuvieran en savasana —la postura del muerto en yoga—. Inhalen profundamente, exhalen, comenzamos.”

La luz del salón se apagó y una fuerte música de tambores sonó en la oscuridad. Decidí rendirme a la experiencia y vivirla a fondo. Respiré lo más profundo y rápido que pude. Sentí que la cabeza me hormigueaba como cuando se te duerme un pie. Los dedos de la mano se engarrotaron, los brazos se contrajeron poco a poco y así inició mi viaje. A pesar de lo extraño de las sensaciones, no tuve temor.

Un túnel oscuro me llevó a ver escenas de mi infancia con mi papá. Lloré y me arrepentí de no haberlo gozado, acariciado, conocido más, antes de su muerte, a pesar de que fui apegada a él.

Seguí el viaje por el vórtice y dejé atrás a mi papá. Salí volando al espacio —al menos esa era mi sensación—, lo cual resultaba muy placentero y liberador; pero la experiencia se hacía cada vez más profunda y encontré en mí una resistencia a seguir. Me di cuenta de que mi cuerpo se arqueaba, como jalado por unas cuerdas a la altura del pecho. “¿Qué onda?” me decía en ese hilo de conciencia que siempre permaneció, pero continué inhalando y exhalando, lo cual causaba la hiperventilación.

Entonces, dentro de mí, dentro de ese mundo tan real, escuché una voz llena de bondad que me decía: “Dame la mano, yo te llevo, confía en mí.” Alcancé esa mano y sentí una gran tranquilidad. Seguimos avanzando. Respiré más hondo, más profundo, más rápido, más fuerte, hasta que, intempestivamente, la electricidad en el cerebro fue tan fuerte como la de un orgasmo, tzzz, tzzz, tzzz; mi cuerpo se convulsionó hasta que salí volando a otro cielo: pasé a otro nivel. El gozo era indescriptible, absoluto y la libertad total, comencé a reír y a disfrutar el momento.

“Confía”, escuché que pronunciaba de nuevo la voz. Mi resto de conciencia me hacía respirar fuerte y rápido, sin detenerme. “¿A dónde vamos?” preguntaba, resistiéndome a lo desconocido, pero mi decisión de ver a Dios me motivaba a seguir. Llegué a un nivel más alto. Otro reto comenzaba. Oscuridad de nuevo, doblé las rodillas y el movimiento involuntario se desplazó a la cadera, que se movía arriba y abajo sin cesar. “Qué rara te estarás viendo”, me decía. Avanzaba, resistía, av

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