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ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

José Saramago  

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Fragmento

PRÓLOGO

¿Es posible que la historia del siglo XX haya sido muy diferente de la versión que nos enseñaron durante años? ¿Y si los sectores que creíamos enemigos ideológicos — que terminaron peleando en el campo de batalla—, en realidad, no eran tales?

Es posible que los principales actores del siglo XX, mientras aparecían enfrentados ante el mundo, simultáneamente y bajo cuerda, mantuvieran relaciones comerciales y hasta tuvieran afinidades ideológicas. A lo mejor sus principales referentes hacían negocios juntos y compartían, al resguardo de sectas ocultas, una misma filosofía y metas comunes.

Si esto hubiera sido así — y sin que se llegue a entrar en una versión conspiradora de la historia—, esos sucesos podrían haber ocurrido al amparo de pactos y acuerdos secretos que recién ahora comienzan a ser conocidos. También es factible que las noticias que demostraban las buenas relaciones entre los supuestos “enemigos” hubieran sido acalladas, cercenadas, quitadas para siempre de los libros de historia, esos textos — con abundantes fechas y nombres, pero sin interpretación alguna de lo sucedido— obligatorios para millones de estudiantes de todo el mundo. Una trama mutilada que heredamos y que se constituyó en la única verdad.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Nos llegó una versión tamizada, censurada, cambiada, pulida hasta en sus detalles por quienes trataron de que el pasado fuera otro, para que así los hechos ocurridos desaparecieran en la nebulosa del tiempo. De este modo, la interpretación de la realidad pasada resulta errónea, equivocada, inexacta, precisamente, porque esos sucesos no fueron tal como han sido contados.

Este libro trata de ir a contramarcha de aquello que se nos enseñó casi como un dogma, intenta — con documentación y testimonios— fragmentar la coraza de mentiras que escondió la verdad. Para conseguirlo se debe arrojar luz sobre algunos acontecimientos históricos, rescatarlos del olvido —enterrarlos para siempre es la meta que se perseguía en la mayoría de los casos— para volverlos a poner sobre el tapete. Con estas piezas que faltaban sobre la mesa, el pasado resulta diferente y, por lo tanto, cambia nuestra comprensión de la historia.

Se tratará, pues, de develar el misterio sobre algunos acuerdos que hoy nos pueden parecer increíbles, porque hemos aprendido una historia que fue manipulada para que, de este modo, no pudiéramos conocer la realidad. Una verdad que, apenas se conoce, asombra, conmociona y horroriza.

La revolución bolchevique fue financiada desde los Estados Unidos con la finalidad de acabar con el imperio de los zares, para luego hacer pingües negocios a espaldas de las clases obreras. Esto se logró con creces, precisamente durante el gobierno soviético que, merced a acuerdos con Wall Street, abrió las puertas de Rusia a las empresas norteamericanas. Hacer trizas los imperios, las dinastías y las monarquías absolutistas fue una meta del liberalismo: con un rey en contra, que se opone a los intereses de las empresas extranjeras, no se puede negociar, tal como ocurrió con el zar Nicolás II de Rusia. Es preferible contar con democracias frágiles. Pero si los dictadores son necesarios — y se pueden hacer con ellos buenos negocios—, entonces se deben apoyar los regímenes autoritarios, sumisos a la banca.

Por eso, los mismos banqueros y la dirigencia norteamericana también financiaron y apoyaron a Benito Mussolini, promotor absoluto del fascismo, y a Adolf Hitler, el líder del Tercer Reich. Esas ayudas fueron permanentes en el tiempo y, en definitiva, consolidaron el camino que llevaría al mayor conflicto de la historia: la Segunda Guerra Mundial. Aunque Washington aparecía como enfrentada a los gobiernos de la Italia fascista y de la Alemania nazi, la asistencia fue permanente para sostener y encumbrar a ambos dictadores.

Y si bien parece increíble, Hitler firmó un pacto millonario con los líderes sionistas, que resultó exitoso a partir de la colaboración entre ambas partes. Un dato que suena fantástico setenta años después, cuando lo que se nos enseñó — sobre la relación entre el sionismo y los nazis— fue que lo único que le interesaba a la dirigencia del Tercer Reich era matar a la mayor cantidad de judíos posible. Pero la historia nos muestra un acuerdo que se concretó, un pacto mediante el cual se sentaron las bases del Estado judío tal como lo reconocieron luego los dirigentes sionistas que trabajaron para fundar Israel. De este acuerdo, totalmente documentado y público, nadie habla. ¿Por qué razón?

Hitler también pactó con Stalin en el inicio de la Segunda Guerra Mundial, aunque el jefe soviético se ubicaba en las antípodas. Sin embargo, ambos trabajaron juntos para repartirse una parte de Europa, y sus países mantuvieron fructíferas relaciones comerciales. Esto ocurrió hasta que se debió cambiar el juego: Hitler invadió Rusia, mientras los norteamericanos no deseaban entrar en la guerra y esperaban con ilusión que los nazis aplastaran a los soviéticos.

Y, cuando finalizaba el conflicto, el Führer terminó acordando con los militares norteamericanos: quería inmunidad para él y sus hombres en el marco de un “trueque” espectacular que se grabaría para siempre en la historia. Con ese marco, la pregunta surge inevitable: ¿pudo haber escapado Hitler, en abril de 1945, de las garras de los soviéticos sin la ayuda y la complicidad de los norteamericanos? Con la guerra ya perdida, el líder nazi tenía que salir del búnker de Berlín, cuando la capital de Alemania estaba siendo cercada por las tropas comunistas.

Si él podía lograr esa hazaña, luego — en una Europa controlada por las fuerzas aliadas— debía trasladarse hasta un puerto seguro para así realizar la última etapa de la evasión, consistente en embarcar en un submarino que lo llevaría hasta la Argentina. Finalmente, si sorteaba con éxito todos los escollos, tenía que cruzar el Atlántico, cuando los mares del mundo estaban también bajo estricta vigilancia de los Aliados, quienes disponían de un sistema de localización muy eficaz para registrar, mediante el uso de radares, el tránsito en superficie y el subacuático. Es de destacar que cuando terminaba la guerra era muy difícil que un submarino, y menos un convoy de estas unidades, pudiera navegar sin ser detectado.

El conjunto de dificultades que debía afrontar Hitler para escapar con éxito — algunas de las antes citadas parecieran ser casi imposibles de sortear sin ayuda— presupone la existencia de complicidades entre la jerarquía militar norteamericana y la del Tercer Reich, para que fuera factible la huida del Führer así como la de miles de nazis, tecnología y divisas, hacia Occidente.

En esa trama — tanto en el bando alemán como en el estadounidense— estaban quienes participaban de ese esfuerzo para salvar a los nazis de los comunistas, a los efectos de aprovechar la experiencia de los alemanes, así como sus desarrollos tecnológicos, en especial los relacionados con la ingeniería nuclear y espacial. Pero la mayoría ignoraba la existencia de pactos realizados entre las bambalinas de una de las páginas más negras de la historia.

La connivencia entre jerarcas de bandos enemigos — que llevaría a los acuerdos que facilitaron el escape de los nazis— fue manejada por los servicios de inteligencia de los países involucrados y por altos jefes militares, pero no a nivel político. Estas alianzas subterráneas también generarían un dramático juego de intrigas, algunas de ellas con desenlaces criminales, cuyos detalles permanecieron ocultos durante más de medio siglo.

Los pactos entre las partes no necesariamente son escritos. Cuando los fines que se persiguen, así como los medios que se utilizan, son ilegales, es preferible no dejar constancia. A veces esos acuerdos son tan sorprendentes que es mejor que no existan antecedentes comprobables: su conocimiento conmocionaría a la sociedad (¿qué hubiese pasado de haberse sabido entonces que nazis y norteamericanos habían llegado a acuerdos secretos a pesar de ser enemigos?) y, además, merced a esos documentos —si éstos existieran— podrían surgir las pruebas necesarias para condenar a los involucrados.

Entonces, en el sentido que se le da en este libro, cuando se mencionan pactos se trata de negociaciones que llegaron a buen puerto, cuya existencia se puede inferir a partir de los sucesos que realmente ocurrieron y que no dejan de llamar la atención, ya que no parecen tener una explicación lógica desde la versión oficial de los hechos.

Documentación existente, que revele esta trama de complicidades, debería encontrarse entre los millones de fojas relacionadas con la Segunda Guerra Mundial, esas mismas que las potencias aún mantienen como material clasificado, lo que significa que no puede ser liberado para conocimiento de los investigadores.

Por ahora han sido desclasificados sólo algunos documentos norteamericanos, relacionados con la existencia de la operación Paperclip, consistente en captar científicos y técnicos nazis, que finalmente terminaron trabajando en los Estados Unidos y para éstos. Al parecer, para los norteamericanos, la acepción de “técnico” era tan amplia y laxa que, con esa calificación, permitieron la entrada en su país de criminales de guerra y jerarcas que conformaron un vasto contingente de inmigrantes, estimado en unos trescientos mil nazis, que cruzaron el Atlántico después de finalizada la guerra.

De acuerdo con lo dicho hasta aquí, los sorprendentes acuerdos, que se enumerarán más adelante, tienen las características de estar protegidos por una estrategia oficial de silencio que, a pesar de los años transcurridos, todavía perdura.

Han existido testimonios y realidades comprobables, como la salida de los nazis hacia los Estados Unidos, que permiten vislumbrar la existencia de esos pactos. El mutismo que se ha impuesto sobre determinados sucesos obedece a la necesidad de los sectores involucrados de que no se conozcan los protagonistas de determinados hechos ilegales. El silencio — una táctica de protección entre las partes— da un manto de cobertura, especialmente, a los grupos que brindaron apoyo ideológico, logístico y financiero, y ayuda de este modo al logro de objetivos que, en realidad, eran y son contrarios a la política pública expresada por esos mismos actores.

Otro rasgo de estas alianzas subrepticias es que, como consecuencia de la ejecución de los acuerdos, existió un daño real a la sociedad bajo una forma delictual. Se trata de perjuicios materiales, psicológicos o incluso de la vida de personas. Sin expedientes o con documentación escasa, la existencia de varios de estos acuerdos se puede inferir a partir de los hechos objetivos y demostrables de la historia, algunos de los cuales más adelante serán analizados. Por ejemplo, después de haber terminado la guerra, miles de nazis se salvaron de ser juzgados, y de una condena segura, gracias a la paciente labor de John McCloy, alto comisionado de los Estados Unidos para Alemania, quien —utilizando su influencia como funcionario de alto rango— se ocupó de realizar los acuerdos necesarios para que algunos nazis no fueran llevados a juicio. Se trataba de personajes que seguramente habrían sido procesados por los crímenes cometidos pero que, de este modo, eran salvados ya que, a partir de esta injerencia del comisionado, no enfrentaron los tribunales. McCloy también trabajó incansablemente para que aquellos que sí fueron juzgados recibieran penas leves, casi simbólicas, también en el marco de una estrategia oficial de ayuda elaborada por Washington.

Además, los funcionarios norteamericanos — después de las condenas, y pasado el fragor de los primeros tiempos de posguerra— se esforzaron en lograr amnistías para liberar a los alemanes condenados. Por otra parte, en el seno de las Naciones Unidas, los estadounidenses se mostraron reacios a que los gobiernos de terceros países accedieran a los reclamos de extradición de criminales de guerra nazis, en especial si esos pedidos provenían de Estados que estaban detrás de la Cortina de Hierro. Veían en ello una “persecución política” contra los nazis y no las sanas intenciones de que se hiciera justicia.

Con esta cobertura — garantizada por hombres de inteligencia, funcionarios y autoridades militares—, miles de nazis arribaron a los Estados Unidos, donde, en silencio, comenzaron a servir en las fuerzas armadas o el servicio secreto.

Los técnicos y científicos germanos también pasaron a desempeñarse en dependencias estadounidenses, donde se hicieron los más fantásticos desarrollos científicos del siglo, siempre pensando en su aplicación bélica, especialmente, para diseñar una estrategia que pudiera frenar o combatir el avance del comunismo.

Resulta obvio que, para que los nazis pudieran desempeñarse en los Estados Unidos — trabajando codo a codo con sus pares norteamericanos—, antes se debió facilitar su fuga, lo que implicó pactar con ellos. La ayuda implementada desde las potencias occidentales también alcanzó a nazis austríacos, fascistas italianos, croatas ustashas, belgas flamencos y colaboracionistas franceses, así como a ex funcionarios y simpatizantes de distintos países que estuvieron bajo la ocupación del Tercer Reich. Ellos fueron puestos a resguardo del comunismo para poder, de ese modo, aprovechar sus experiencias en Occidente, precisamente para luchar contra los soviéticos durante los años de la Guerra Fría.

Por ejemplo, bajo protección británica, pudo escapar de Europa el sanguinario presidente de Croacia, Ante Pavelić, quien junto a todo su Estado Mayor se refugió en la Argentina. Él pudo vivir tranquilo varios años durante el gobierno del presidente justicialista Juan Domingo Perón, quien le brindó protección. Los reclamos de extradición para juzgar a Pavelić no prosperaron y, en los años cincuenta, agentes comunistas yugoslavos, que respondían al Mariscal Tito, balearon a Pavelić en Buenos Aires y lo hirieron gravemente. Luego de ese ataque, el ex presidente de la Croacia nazi buscaría un refugio más seguro en la España del Generalísimo Franco, que fuera tan permisivo con el Tercer Reich, recluyéndose en un convento católico donde vivió los últimos años de su vida.

Ahora bien, el acuerdo nazi-norteamericano, que no deja de sorprender a una humanidad a la que se le enseñó que ambos eran enemigos acérrimos, ¿fue el primero de estas características? Si hubiese sido así, se trataría de un evento excepcional y entonces merecería un estudio apropiado. Pero sucede que no es así.

La respuesta la tiene la historia y, al analizarla, se ve con claridad que no es el único caso en el que se falseó la verdad con una misma metodología: el bando presentado como enemigo de una de las partes, en realidad, era un socio oculto.

Si este tipo de confabulaciones han existido antes de la Segunda Guerra Mundial —lo que se verá en la primera parte de este libro—, se podría deducir que se está ante un ardid y un sistema común utilizado por los grupos de poder. Y si se trata de un método, con antecedentes históricos, la cuestión es más espinosa: si se verifica que es tradicional y se repite en el transcurso de los años, puede suponer más cómplices que los imaginables. Partícipes necesarios enquistados en lo más alto de los poderes públicos y en el sector privado, que se llenó los bolsillos gracias a los confictos armados.

Sin que se supiera abiertamente, desde Wall Street se financió a dictadores, se debilitó a las democracias promisorias y se ayudó, aunque suene contradictorio, a sectores ideológicos antagónicos al floreciente capitalismo. Vale la pena, pues, analizar primero la existencia de esos antecedentes, entre otros, para luego poder darle un marco histórico al acuerdo entre los nazis y los estadounidenses, que en realidad es el resultado de una lógica continuidad de las políticas ocultas del poder mundial. Al afirmarse, como un hecho aislado, que hubo un acuerdo entre los jerarcas del Tercer Reich y los norteamericanos, esto aparece como un suceso fantástico, poco creíble. Pero puesto en contexto, citándose antecedentes y pruebas contundentes, así como a los actores políticos y financieros involucrados, dicha alianza entre enemigos se torna absolutamente verosímil, para volverse entonces una consecuencia lógica de la estrategia desplegada por los sectores económicos internacionales de cara a la etapa de posguerra. El aspecto más sensacional, como resultado de la negociación, fue la fuga del Führer. Pero en realidad la mayor importancia de ese pacto es que posibilitó la transferencia de hombres, materiales estratégicos, tecnología y capital del Tercer Reich a los Estados Unidos.

Hitler era solamente un hombre; en cambio, el traspaso de los recursos antes citados sería determinante y crucial con respecto al futuro del mundo, en los comienzos de la Guerra Fría que enfrentaría a Moscú y Washington — aliados bélicos durante la Segunda Guerra— a poco de haber terminado el mayor conflicto de la historia.

Al hacer una revisión de sucesos históricos similares, encontraremos otro patrón común de los pactos criminales: el manejo de la información, para presentarla al público de manera diferente, falseándose la trama verdadera. La verdad puede ser ocultada en su totalidad o presentada en forma distorsionada. Por caso, puede decirse que, con determinadas acciones, se persiguen ciertos nobles objetivos — generalmente se citan la justicia, la libertad o la igualdad— cuando en realidad se buscan otros, relacionados con el poder o con los grandes negocios.

Así, los mismos hechos tienen dos caras: una secreta y otra pública, manejadas por los medios de comunicación, que están financiados o pertenecen a grupos de poder entrenados en presentar la historia de acuerdo con su conveniencia. Un ejemplo mediático increíble de esa estrategia es la noticia del presunto suicidio de Hitler, información falsa machacada por los medios de prensa durante más de sesenta años. “Miente, miente que algo quedará”, decía el jerarca Joseph Goebbels, encargado de planificar la propaganda nazi, y dicha estrategia ha dado resultado. En este caso, la muerte de Hitler, a fuerza de repetir por años la historia del suicidio, se hizo tan creíble que el tema se puso fuera de toda discusión.

La distorsión de la verdad, además del silencio deliberado, es otro patrón común de los pactos criminales. Ningún asesino informa que mató a una persona.

Las pruebas pueden ser destruidas y los testigos que no son leales, asesinados; se puede insertar información o testimonios falsos para crear una realidad ficticia que, a fuerza de ser repetida, se termina convirtiendo en “la verdad”.

Para analizar los hechos más objetivamente, también es necesario desmitificar de una vez por todas a Hitler; esto es, eliminar tanto las connotaciones demoníacas de su persona, que resultan de la propaganda aliada, como las divinas, consecuencia del manejo de la imagen del Führer manipulada por Goebbels.

Ni dios ni demonio. Si le restauramos su verdadera condición, la de hombre, la historia puede entenderse mejor. Haberlo convertido en demonio — y con esto hacer pensar que todo el poder estaba concentrado en él, lo que es falso— significa distorsionar los hechos, pero, además, encubrir a los cómplices de uno de los mayores dramas que padeció la humanidad. De acuerdo con la teología, el Diablo no necesita ayuda, no precisa cómplices, y actúa por propia voluntad. En cambio, el Führer necesitó mucha colaboración, en especial financiera, para llegar al poder y luego tener en un puño a media Europa. Fue Hitler, pero pudo haber sido cualquier otra persona que tuviera ciertas condiciones y cumpliera ciertos “requisitos necesarios” la que desempeñara el rol de Führer, un papel funcional a las necesidades de los personeros de la política mundial.

En esta obra se intentará demostrar que Hitler no era un loco que, luego de alcanzar el poder, lanzó a Alemania a una carrera criminal y suicida. Y que, por el contrario, los hechos que ocurrieron, incluyendo los pasos que dio el caudillo nazi, obedecían a una aceitada planificación que tenía como cómplices a influyentes políticos y empresarios, no sólo de Alemania sino de otros países, en especial de los Estados Unidos.

Analizar los pactos que hizo Hitler en forma aislada significa poner ciertas limitaciones al estudio de esta cuestión. Por esta razón, se recorrerá un camino más ambicioso: en las próximas páginas se verá la continuidad histórica de varias de estas alianzas ocultas, verdaderos antecedentes del espectacular acuerdo militar nazi-norteamericano, cuya instrumentación y ejecución condicionaría la historia contemporánea hasta el presente.

Para poner en contexto y comprender la fuga de los nazis a Occidente, con el Führer a la cabeza — cuyo escape fue descripto en el libro El exilio de Hitler (Sudamericana, 2010)—, es necesario revisar la historia. En los primeros capítulos se traza una línea continua en el tiempo, que permite ver cómo actuó el poder económico internacional, el mismo que finalmente terminaría llevando a Hitler a la conducción de Alemania, para luego salvarlo de una muerte segura cuando los rusos invadieron Berlín.

Se analizarán casos anteriores, con la finalidad de demostrar que el acuerdo entre los hombres del Tercer Reich y los estadounidenses no fue una excepción, sino que formó parte de una metodología que, a rajatabla, siempre ha aplicado la nación más poderosa del mundo. Al poner estos hechos en una perspectiva histórica, se los puede comprender mejor, ya que se ve claramente que resultan una consecuencia directa del modelo de poder impuesto por Wall Street, y la Reserva Federal de los Estados Unidos, desde principios del siglo XX.

Con este mismo esquema, donde lo que se conoce no es toda la verdad, los banqueros que manejaban el mundo debían poner a Hitler en el poder y luego, más de diez años después, salvarlo a él junto a miles de nazis.

Entendiendo otros sucesos anteriores similares — también pactos criminales encubiertos por un manto angelical, donde los norteamericanos siempre fueron los buenos—, los hechos ocultos de la Segunda Guerra Mundial se hacen más comprensibles.

Por eso, en la primera parte, se utilizará una metodología consistente en darle una rápida mirada crítica a la historia, con sucesos que parecen increíbles pero que guardan entre sí una relación indudable, para luego entrar de lleno en el tema del nazismo, con todas sus filosas aristas, esas que hasta hoy causan heridas profundas, difíciles de cicatrizar.

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1

Una ideología y una filosofía en común

¿No habrá detrás de todos estos movimientos algo mucho más temible, algo que sus jefes ni siquiera conocen y de lo que no son, por lo tanto, más que simples instrumentos?

RENÉ GUÉNON, Le théosophisme, historie d’ une pseude-religion

Cuando se desvanecía el siglo XIX, extrañas sectas y escuelas esotéricas, que pasaban inadvertidas trabajando en las penumbras, insuflaban peligrosas ideas a la sociedad. Sería ingenuo pensar que se trataba de un accionar fanático pero inocente o desinteresado. Nunca es así.

Al respecto, la historia nos cuenta acerca de las tenebrosas afinidades que existían entre distintos grupos de poder imbuidos de alocados pensamientos. Esas relaciones entre cofradías y hermandades secretas terminarían siendo parte del caldo de cultivo de grandes tragedias, tal como lo fueron la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

En ese entonces cobraba cada vez más fuerza la teoría de la Evolución de las especies, de Charles Darwin, que revolucionó el pensamiento científico. La entonces novedosa idea de la “selección natural” — que establece que las especies más aptas son las que sobreviven mientras las más débiles desaparecen— impactaría también en las ideologías de la época. Ese pensamiento — inicialmente concebido para explicar de algún modo que el hombre desciende del mono, y éstos a su vez de especies menos evolucionadas— sería aceptado y luego dramáticamente aplicado a los humanos, por sectores intelectuales reaccionarios. Con esa visión distorsionada de la realidad, las personas quedarían clasificadas en “fuertes”, elegidas para gobernar el mundo, y “débiles”, cuyo destino era ser dominadas y sometidas por las primeras.

En sintonía con estas ideas — que constituían una especie de “plan cósmico” determinado, liderado por tiranos desquiciados que fueron seguidos por millones de fanáticos—, aparecerían, además, algunas escuelas filosóficas como la existencialista atea, en la cual abrevarían los futuros dictadores.

Entre los existencialistas, Hitler fue seducido por las ideas de Friedrich Nietzsche, filósofo y poeta alemán cuyo pensamiento es considerado uno de los más radicales del siglo XIX. Uno de los argumentos fundamentales de Nietzsche era que los grandes valores (en Occidente representados especialmente por el cristianismo) habían perdido su importancia y su poder en la vida de las personas, opinión respaldada con su tajante y escandalizadora frase: “Dios ha muerto”.

El filósofo germano estaba convencido de que los valores tradicionales representaban una “moralidad esclava”, a la cual en La genealogía de la moral define como una moralidad creada por personas débiles y resentidas que “fomentaban comportamientos como la sumisión y el conformismo porque los valores implícitos en tales conductas servían a sus intereses”.

Nietzsche — muy cercano al compositor alemán Richard Wagner— afirmó el imperativo ético de crear valores nuevos que debían reemplazar los tradicionales. De este modo nació el ideal del hombre futuro: el superhombre (Übermensch).

La influencia de la cultura griega —en especial los aportes de Sócrates, Platón y Aristóteles—, el pensamiento de Nietzsche, influido a su vez por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, y la teoría de la evolución fueron algunos de los ingredientes que ejercerían su influencia de cara a las nuevas ideologías.

Con todas estas vertientes — y algunas otras disparatadas variantes— se preparaba y fortalecía el soporte intelectual que sustentaría a los déspotas del siglo XX, justificando con falsas verdades su despreciable accionar.

Entre otros, los fermentos fueron: racismo exacerbado, falsas religiones, sociedades secretas, magia, ocultismo, mitos y leyendas antiguas, y hasta el culto a talismanes, considerados objetos de poder. Era un cóctel explosivo con elementos altamente inflamables. Tarde o temprano tendría que reventar.

La idea de la superioridad racial de ciertos “grupos elegidos” — destinados a conducir los destinos del mundo— estaba planteada desde los albores de las primeras grandes sociedades (griegos, romanos, etc.) pero ahora renacía fortalecida. Restaba aplicarla hasta sus últimas consecuencias.

Las afinidades de los poderosos — hablamos de ideología, filosofía y negocios— trascienden las fronteras nacionales y se extienden como raíces entrelazadas de un bosque subterráneo, desconocido para el común de los mortales. Por eso es importante destacar que, detrás de esa realidad que preparaba las grandes guerras, se vislumbraba la presencia escondida de personajes influyentes que integraban sectas exclusivas. Se trataba de quienes manejaban los grandes negocios, como la comercialización del petróleo o la industria bélica. Por tal motivo en esa época, tal como acontece hoy, varios líderes mundiales proclamaban la paz pero, en realidad, buscaban el conflicto armado y la destrucción. ¿La razón? Millones de dólares se ganan en cada guerra, aunque esto signifique la muerte de grandes masas de inocentes. Para la cosmovisión de dichas personas, las aniquilaciones humanas — generalmente perpetradas contra pueblos de una “cultura diferente”— son consecuencia de sus propias ideas segregacionistas, y en el mejor de los casos justificadas como “daños colaterales”.

Con ese marco como telón de fondo, veremos más adelante que Hitler fue una pieza útil de una enmarañada red de intereses. No estaba solo. Por eso, tras ser un humilde pintor de Viena, pudo llegar al máximo del poder. Por el mismo motivo, porque sus amigos eran fuertes, permaneció como jefe de una Alemania nazi que llegó a tener el dominio absoluto de casi toda Europa. También, y aunque resulte increíble, merced a esos vínculos pudo escapar ileso de Berlín cuando se desmoronaba el Tercer Reich.1

La concepción ideológica de Hitler, a diferencia de lo que se piensa habitualmente, no era original. Él, simplemente, desde su mocedad, se embriagó con las teorías en boga. Pero, a diferencia de otros fanáticos, no se quedó con una mera especulación intelectual sino que aplicó esas creencias en extremo y las llevó a la acción política sin ningún tipo de miramientos o contemplaciones. Además, Hitler tuvo la suerte de hallar importantes financistas para sus planes, y éstos, a su vez, tuvieron la habilidad de “encontrar” al líder nazi.

Cuando Hitler era un adolescente, varias mitologías, con las más diversas variantes interpretativas, impregnaban la intelectualidad europea. El futuro Führer no fue ajeno a esas influencias. Desde su juventud, Hitler — nacido en Austria el 20 de abril de 1889— alimentó su fantasía con las óperas de Wagner, cuya sugestiva música sería utilizada durante las ceremonias esotéricas de varias escuelas ocultistas.

Entre las primeras obras de Wagner se destacan Der Fliegende Holländer (El holandés errante) y Tannhäuser. En 1864 el rey Luis II de Baviera se convirtió en su mecenas. De ese período datan, entre otras composiciones, Tristán e Isolda y sus óperas Los maestros cantores de Núremberg y el Idilio de Sigfrido, también Parsifal, su última obra.

En Das Judenthum in der Musik (El judaísmo en la música), un ensayo publicado en 1850, se manifestó el antisemitismo de Wagner. Allí lamenta la “judaización” del arte moderno. También afirma que “el judío” es incapaz de expresarse artísticamente.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX había cobrado fuerza el denominado “racismo biologizante”. Uno de sus máximos exponentes en Europa fue el francés Arthur de Gobineau, que impresionó a Wagner, y el inglés — alemán por adopción— Houston Stewart Chamberlain. Ambos difundieron la idea de la superioridad de la “raza aria” frente al judaísmo. Chamberlain se casó en 1908 con Eva, la hija de Richard Wagner.

En las composiciones de Wagner se describían antiguas leyendas como el Anillo de los nibelungos o la historia del Santo Grial, la supuesta copa de la cual bebió Cristo durante la Última Cena. En relación con esta última — cuando el siglo XX despuntaba y Hitler se estaba formando intelectualmente—, el gran maestre Joris Lanz, jefe de la Orden de los Nuevos Templarios (ONT), dijo que el Santo Grial era:

[...] una especie de acumulador de energía del cual la raza aria (indoeuropeos venidos del Este, fundadores del pueblo alemán) extrae sus poderes y su legitimidad superior. En tanto que “hijos de los dioses”, los arios, han recibido el Grial para mantener sus facultades superiores (intuición, clarividencia, poder para dominar las energías y fuerzas de la naturaleza, etcétera).2

Un dato interesante es que Lanz estudiaba en la biblioteca del monasterio Heiligenkreuz (la Sagrada Cruz) y en la de la abadía de Lambach. Algunas de las obras que leía habían sido llevadas desde la India por el prior Theodor Hagen, quien había quedado muy impactado tras un extenso viaje realizado por Oriente. Por esa razón, Hagen — impresionado por la filosofía de esa región del mundo— llenó su iglesia de cruces esvásticas, el símbolo solar hindú de la fuerza y la buena suerte.

Justamente para ese entonces el joven Hitler formaba parte, con gran entusiasmo, del coro de la abadía de Lambach. Así, el futuro líder alemán, mientras cantaba con devoción, observaba la cruz esvástica que luego adoptaría como símbolo para la bandera nazi. Posteriormente, cuando llegara al poder, ese signo se convertiría en el central de la nueva enseña nacional alemana.

De esos tiempos de su formación, el mismo Hitler contaba:

Fue sin duda en aquella época cuando forjé mis primeros ideales. Mis ajetreos infantiles al aire libre, el largo camino de la escuela y la camaradería que mantenía con muchachos robustos, lo cual era motivo frecuentemente de hondos cuidados para mi madre, pudieron haberme convertido en un poltrón. Si bien por entonces no me preocupaba seriamente la idea de mi profesión futura, sabía en cambio que mis simpatías no se inclinaban en modo alguno hacia la carrera de mi padre. Creo que ya entonces mis dotes oratorias se ejercitaban en altercados más o menos violentos con mis condiscípulos. Me había hecho un pequeño caudillo, que aprendía bien y con facilidad en la escuela, pero que no se dejaba tratar fácilmente. Cuando, en mis horas libres, recibía lecciones de canto en el coro parroquial de Lambach, tenía la mejor oportunidad de extasiarme ante las pompas de las brillantísimas celebraciones eclesiásticas. De la misma manera que mi padre vio en la posición del párroco de aldea el ideal de la vida, a mí la situación del abad me pareció también la más elevada posición. Al menos, durante cierto tiempo así ocurrió.3

Como miles de adolescentes, Hitler se formaría escuchando fascinado la teoría de la magia de las runas, la ascendencia cuasidivina de las tribus germánicas, el poder de los símbolos ocultos, la astrología y la alquimia y, además, leyendo literatura antisemita, de gran difusión durante esa época. Era una mezcla de ideas afiebradas con pociones excitantes de racismo, wagnerismo y ocultismo.

El futuro líder nazi — que dedicaba varias horas a la lectura y a la pintura— reconocería a Schopenhauer como “maestro intelectual”. Schopenhauer fue el primer filósofo occidental que — además de proclamarse ateo— puso en contacto los pensamientos de Occidente con los de Oriente. La fusión de las filosofías de Platón y Kant con las doctrinas brahmánicas y búdicas se convirtió en el corazón del sistema schopenhaueriano.4 Además, Hitler solía citarlo con frecuencia en sus conversaciones y se asegura:

[...] en la Primera Guerra Mundial llevaba en su mochila una edición barata de El mundo como voluntad y representación. Preguntado por Leni Riefenstahl sobre cuál era su lectura preferida, contestó sin dudar: “Schopenhauer, siempre ha sido mi maestro”. ¿Cómo? ¿No es Nietzsche? Hitler aclaró que a éste lo apreciaba como escritor, poeta y artista, pero como filósofo su modelo había sido Schopenhauer. A través de Schopenhauer, Hitler llegó también al Bhagavad-Gita, otra de sus lecturas preferidas; de ese modo remontó el origen de la raza aria a los hindúes incorporándolos así a la doctrina del nacionalsocialismo.5

En varias obras el filósofo alemán había dejado plasmados sus sentimientos antisemitas. Por ejemplo, decía:

[...] lo esencial de una religión en cuanto tal consiste en el convencimiento que nos da de que nuestra auténtica existencia no se reduce a esta vida, sino que es infinita. Pero la miserable religión judía no nos proporciona tal cosa; es más, ni siquiera lo pretende. Por ello es la más tosca y la peor de todas las religiones... la religión judía es totalmente inmanente, y no transmite más que un grito de guerra que llama a la lucha contra otros pueblos.6

Schopenhauer pensaba que los judíos podían llegar a tener derechos civiles pero jamás la conducción del Estado. Así lo expresaba:

Es de justicia que los judíos disfruten de los mismos derechos civiles que los demás ciudadanos, pero darles parte en el Estado es absurdo: son y serán siempre un pueblo oriental extranjero, por lo que no deben tener otra consideración que la de extranjeros residentes.7

El filósofo admirado por Hitler calificaba a los judíos como “los grandes maestros en el arte de mentir”, entre otros duros epítetos que alimentaban el sentimiento racista de los intelectuales de la época.8

Y así como el futuro Führer tuvo la influencia de determinados pensadores, también estuvieron aquellos intelectuales que — como, por ejemplo, el filósofo Martin Heidegger— se “convirtieron” al nazismo. Este último se integró al Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores NSDAP (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei), y su adhesión a las ideas nazis fue manifestada en el discurso que pronunció en la toma de posesión del rectorado de la Universidad de Friburgo en 1933, cargo que ocupó por poco tiempo. En 1945, tras la caída del Tercer Reich, fue destituido como docente de dicha casa de estudios por su simpatía con el nazismo.

Después de la Primera Guerra — que terminó con la derrota de Alemania—, Hitler, que había sido cabo del Ejército durante dicha contienda, se vinculó con la Sociedad Thule, un círculo místico conformado por profesionales, especialmente abogados, militares, nobles y aristócratas.

En la mitología germana, Thule era un paraíso perdido — ubicado en el océano Atlántico— donde vivieron superhombres de raza aria. Para ingresar en el mencionado grupo místico era condición indispensable acreditar la “pureza de la sangre”, aria por supuesto, por lo menos hasta la tercera generación. El primer director de dicha secta fue Rudolf von Sebottendorf — su verdadero nombre era Rudolf Glauer—, quien estaba convencido de que los esoterismos islámico y germánico tenían una raíz común. El emblema era una cruz esvástica rodeada de guirnaldas y espadas.

El segundo líder, sucesor de von Sebottendorf, fue Johann Dietrich Eckart (1869-1923) quien hizo entrar a Hitler en la Sociedad de Thule en 1922. Eckart se desempeñó como periodista para publicaciones antisemitas y de extrema derecha. Fue uno de los primeros “filósofos” y oradores del partido nazi junto a Gottfried Feder. Además de haber ejercido una importante influencia en Hitler, lo introdujo en los círculos burgueses de Baviera y de Berlín, que luego se convertirían en financistas del caudillo nazi.

La difusión y aceptación de estos extraños pensamientos vinculados con el ocultismo no se daba solamente en Alemania. Por el contrario, estas ideas fluían con gran aceptación en los círculos del poder mundial incluso más allá del Atlántico, en los Estados Unidos.

Para entonces la Sociedad Thule mantenía vínculos directos con el grupo esotérico Golden Dawn (Aurora Dorada) de Inglaterra, así como con otros círculos herméticos de distintas naciones. Por otra parte, varios de los que luego serían dirigentes nacionalsocialistas — como Rudolf Hess, Max Amann, o el filósofo del nazismo, Alfred Rosenberg, entre otr ...