Loading...

LA DERROTA DE DIOS

José Luis Trueba Lara  

0


Fragmento

PRÓLOGO
LA MUERTE DEL MACABEO
(1867)

A las once de la noche, Su Majestad, Maximiliano I de México, pensó que Benito Juárez se ensañaría con su cadáver. Al Indio no le había bastado posponer su fusilamiento y hacerlo vivir en varias ocasiones la certeza de su muerte: la carta que escribió con letra firme para disponer el embalsamamiento y el traslado de su cuerpo a Austria no tuvo ningún efecto. Juárez era vengativo. Cuando Mariano Escobedo llegó a visitarlo en su celda, sólo le respondió con evasivas y se conformó con pedirle que le regalara su fotografía. Maximiliano tomó una pluma y garabateó una dedicatoria apresurada para el militar que lo había derrotado: “Al señor general en jefe, Querétaro, 18 de 1867”. Al emperador le urgía que Escobedo lo dejara solo y no anotó la fecha completa: el mes de junio nunca figuró en sus últimas líneas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Mientras Su Majestad acompañaba al general a la puerta de la celda, sólo alcanzó a pensar que la saña que se desataría contra su cadáver no era tan grave: Carlota ya había perdido la razón, von Magnus se quedaría esperando su cuerpo y su alma —junto con la de Miguel Miramón y la de Tomás Mejía— conocería la luz celestial. Aunque el arzobispo Pelagio lo odiaba por sus coqueteos con el liberalismo, él estaba seguro de que Dios le concedería la gloria eterna: en unas cuantas horas moriría por intentar hacer el bien. Él, como buen Habsburgo, afrontaría la derrota hasta sus últimas consecuencias.

Al llegar a la puerta de la celda, Escobedo intentó abrazarlo, pero se fue sutilmente rechazado y cabizbajo. Maximiliano lo miró mientras se adentraba en el corredor. “Quién iba a pensar que él, siendo tan poquita cosa, terminaría ganando dos guerras. Sin la ayuda de los yanquis, Escobedo y Juárez estarían muertos desde hace años”, pensó mientras esperaba que la puerta se cerrara con un voluminoso candado. El hombre que lo cuidaba no apresuró ninguno de sus movimientos. El Habsburgo sólo lo observaba. “Tiene razón, qué prisa corre. No quiero huir y ya nadie está dispuesto a rescatarme: los que no están muertos son prisioneros y los que escaparon de las rejas andan a salto de mata.”

Antes de regresar al lecho, intentó conversar con su carcelero:

—Qué lástima que me despertaron, hacía mucho tiempo que no dormía tan bien.

El carcelero no le respondió. Nadie quiere hablar con los que están a punto de morir: ellos pueden ver las desgracias del futuro y sus palabras, pronunciadas desde un lugar muy cercano al más allá, sólo pueden convocar horrores.

Image

Poco tiempo después de que Escobedo abandonara el lugar, los ruidos despertaron a los sentenciados. Maximiliano, Miramón y Mejía pensaron lo peor: la muerte —por alguna razón siniestra— se había adelantado y no podrían confesarse ni recibir el viático. Los generales no tenían miedo a las balas: los años de guerra les marcaron el cuerpo en varias ocasiones, el único que nunca las había probado era Su Majestad. El pánico tenía otra causa: Juárez no sólo estaba dispuesto a terminar con sus vidas, también anhelaba condenar sus almas para toda la eternidad.

Sin embargo, las celdas se abrieron para que los confesores permanecieran con ellos durante una brevísima hora. El padre Soria estaría con Maxiliano, Figueroa con Mejía y Pedro Ladrón de Guevara con Miguel Miramón, el general que siguió hasta las últimas consecuencias el ejemplo de Matatías Macabeo y se levantó en armas contra el gobierno que pretendía conducir a los mexicanos a la herejía y el paganismo.

Los generales tenían poco que confesar: no había culpa por los muertos en batalla, ellos habían entregado sus vidas para proteger a la patria de los liberales y los yanquis, para mantener viva la única religión verdadera. Los enemigos murieron en una guerra justa y sus almas se helaban en el más profundo círculo del Infierno. Miramón y Mejía sólo hablaron de pecados veniales, el más grave era el de Miguel. No hacía mucho tiempo que él le había prometido a Concha Lombardo, su esposa casi inmaculada, que todo saldría bien. Miramón mintió, con toda intención violó uno de los mandamientos de la ley divina.

Dos cosas sanaban su alma: la lectura de Kempis y las últimas cartas que alcanzó a escribirle a Concha. En los pliegos sucios, el general derrotado le reveló que la muerte estaba a punto de alcanzarlo y le abrió su alma para mostrarle su único pesar: “son las ocho de la noche; todas las puertas están cerradas, menos las del Cielo. Estoy resignado y sólo por ti siento dejar este mundo”. En el fondo, él siempre creyó que no podría cumplir la promesa que le hizo tras la derrota del ejército imperial y la caída de Querétaro en manos de los juaristas. Ya nada podría salir bien, el pelotón era el único desenlace posible. Su esposa, a pesar del ánimo fingido, también lo sabía.

Quizás, el único que tenía que decir algo era Maximiliano: en aquellos momentos Dios juzgaba si las correrías en Cuernavaca y sus encuentros con la princesa Salm Salm fueron habladurías o si merecían su perdón. Pero esos, sin duda alguna, eran asuntos del emperador.

Image

A las cinco de la mañana, los reos y sus confesores se reunieron para escuchar la santa misa. Al terminar la ceremonia, los carceleros les preguntaron si querían desayunar: los condenados aceptaron y las viandas llegaron a sus calabozos: un jarro de café, media botella de vino a punto de convertirse en vinagre, un poco de pollo con la grasa cuajada y un trozo de pan. Antes de entrar a su celda, Maximiliano —que durante todo el encierro había vestido una chaqueta de paño claro— le preguntó a Miramón qué ropa se pondría para el fusilamiento.

—No lo sé, es la primera vez que esto me pasa —le respondió el general mientras esperaba a que le abrieran la puerta de su calabozo.

El emperador no contestó y se conformó con la levita que un queretano le prestó para esa ocasión. “No hay razón para morir como un lépero”, pensó mientras se quitaba la chaqueta de paño ajada por el cautiverio.

Mientras esto sucedía en la celda de Su Majestad, Miramón sólo pudo recordar una línea de Kempis: “Vanidad es desear una vida larga, y no procurar que sea buena”. Cuando la voz de La imitación de Cristo dejó de sonar en su cabeza tuvo la tentación de revisar el libro para leer el párrafo completo. Desistió antes de intentarlo. Él sabía que su vida sería breve: antes de cumplir los cuarenta entregaría su alma al Señor de los Cielos. Su existencia, sin asomo de vanidad, casi había sido virtuosa: nunca buscó las riquezas perecederas, las honras no lo sedujeron y en más de una ocasión pudo controlar el apetito de la carne. Concha era bella, pero nunca sucumbió del todo a sus encantos: sólo una vez renunciaron a la sábana santa que separaba a sus cuerpos en la intimidad. Ellos, antes que nada y sobre todas las cosas, eran un matrimonio católico. Es verdad que la amaba, pero Miramón —a pesar de algunas flaquezas— amaba mucho más a Nuestro Señor Jesucristo. Sólo por esto podía explicarse que, desde los primeros días que estuvieron juntos, Miguel siempre le dijo “hijita” a doña Concha Lombardo.

Image

A las seis y media de la mañana llegaron los carros de alquiler y el coronel Palacios recibió a los condenados en la puerta del edificio. Los tres iban acompañados por sus confesores, tenían un crucifijo en la mano y, salvo Maxiliano que se veía muy pálido, los generales estaban enteros, listos para enfrentar su destino. La apostura de Mejía sorprendió a Miramón: los males y las flaquezas que lo marcaron durante el juicio y el encarcelamiento no se mostraban en aquellos momentos: él, indio como Juárez, contenía sus emociones, por orgullo tenía que resistir. El general no podía darle el gusto del llanto o la súplica a sus verdugos.

La puerta del carro de alquiler que llevaría a Su Majestad ante el pelotón se atoró y hubo que forzarla. Pareciera que el coche marcado con el número diez no quisiera llevarse al Habsburgo. Miramón, vestido de negro como su confesor, se paró frente al carro dieciséis, y Mejía, cuando descubrió que el suyo era el trece, sólo pudo mirarlo con desconsuelo: dos números bastaron para que su contensión comenzara a resquebrajerse. Un leve temblor en su lampiña barba fue la primera cuarteadura.

—No se preocupe, mi general, así es la suerte —le dijo Miramón antes de cerrar la puerta.

Mejía, aunque lo deseaba, no pudo contestarle y subió al carro mordido por el miedo: la fe en Dios no era suficiente para derrotar a la posibilidad de la nada, de la oscuridad absoluta que caería sobre él después de que los fusiles se descargaran.

Image

Los tres coches, escoltados por la infantería y la caballería de los liberales, avanzaron por la calle de las Capuchinas y se enfilaron al cerro de las Campanas. Mientras recorrían el camino que los conduciría al paredón, Miramón no mostró debilidad y sólo rompió su silencio para hacer una pregunta:

—Padre, ¿puedo despedirme de mi esposa?

—No lo sé, no sé si ella estará en el cerro.

—No padre, aquí, delante de usted, si no le incomoda.

—Por favor, adelante.

Miramón sacó un retrato de Concha y le habló por última vez:

—Adiós Concha, hija mía; Dios te bendiga en unión de mis hijos, adiós hasta la eternidad.

—Que así sea —dijo el sacerdote con ánimo de dar consuelo al condenado.

*

En la cuesta del cerro los esperaban las tropas de Escobedo. El general Díaz de León, el jefe del Estado Mayor de los liberales, había formado a cuatro mil soldados para que atestiguaran el fin del imperio. Los civiles brillaban por su ausencia, sólo unos cuantos indios y un puñado de desharrapados se acercaron para mirar el fusilamiento. El único que se miraba distinto era un albino, un hombre cercano al arzobispo Pelagio.

El carro dieciséis se detuvo. Miguel volvió a hablar con su confesor:

—Ya es hora, padre. Le suplico que le entregue este retrato y mi reloj a mi mujer.

Pedro Ladrón recibió los objetos sabiendo que formaban parte de la pequeña herencia del condenado. Antes de bajarse del carro, Miramón tomó el crucifijo para decir su última oración: “Dios mío, te ofrezco mi sangre en expiación de mis pecados y te pido la felicidad de mi patria”.

Image

Cuando los condenados se apearon de sus carros, el silencio era el único dueño del lugar. Miramón, durante un instante, miró la ciudad levítica y apresuró el paso para alcanzar a sus compañeros de suerte. Los tres llegaron juntos al lugar donde los esperaba el pelotón que comandaba el capitán Jesús Montemayor. Maximiliano, en un intento por mejorar la puntería de los soldados, repartió entre los hombres de Montemayor las monedas que aún conservaba: cada uno recibió una pieza de oro con el rostro del condenado.

—Vale más darles una propina para que mejoren su puntería —le dijo Su Majestad a Miramón con la certeza de que el tiro de gracia, si es que lo había, no debía sentirse.

Ahí estaban: Maximiliano, Mejía y Miramón. El emperador, con cierta parsimonia, abrazó a sus compañeros de suerte y, tras darse cuenta de que don Tomás estaba a punto de quebrarse, cambió el orden de los condenados.

—Usted va al centro, al lugar de honor que le corresponde, un valiente debe ser admirado por los monarcas —dijo Maximiliano.

Miramón, sin decir una palabra se colocó en el sitio que le correspondía. Ahí, flanqueado por sus compañeros de derrota, esperó firme a que Su Majestad pronunciara sus últimas palabras.

—Los perdono a todos y a todos les pido que me perdonen, quiera Dios que la sangre que se va a derramar sea por bien de este país. ¡Viva México! ¡Viva la Independencia!

Miguel lo escuchó con cuidado y entendió su discurso: su muerte marcaba el fin de la Independencia, el inicio de la dominación de los yanquis. No pudo detenerse en sus cavilaciones, el tiempo se acababa, pero aún podía hablarle a sus verdugos:

—Mexicanos —dijo Miramón como si aún se dirigiera a sus tropas—, en el consejo de guerra mis defensores quisieron salvar mi vida. Pero aquí, pronto a perderla, cuando ya no me pertenece, cuando voy a comparecer ante Dios, protesto contra la traición que han querido imputarme para enlodar mi sacrificio. Muero inocente de este crimen y perdono a los que me juzgaron y a quienes me condenaron. Sólo espero que Dios también me perdone y que mis compatriotas aparten tan fea mancha de mis hijos haciéndome justicia. ¡Viva México!

Ninguno de los presentes respondió el viva de Miramón: algunos, los que ahí estaban por leva y aún mantenían su fe, se quedaron callados por miedo; otros, los liberales que ansiaban ser yanquis, sólo siguieron las órdenes de sus comandantes. No hubo respuesta. El general volvió a su lugar y cruzó sus últimas palabras con Maximiliano.

—Bien, Su Majestad, ahora sólo nos queda por descubrir una cosa: si caeremos con el rostro al cielo.

—Moriremos mirando hacia arriba —le dijo Maximiliano.

Miramón se puso una mano en el pecho y pronunció su última arenga:

—¡Aquí! —le ordenó al pelotón de fusilamiento.

El emperador no se equivocó: tras el tronido de los fusiles, los tres cayeron sobre sus espaldas.

Cuando el humo se disipó, los soldados se acercaron para darles el tiro de gracia y los confesores se aproximaron para bendecir los cuerpos con agua sagrada y hacerles la señal de la Santa Cruz en la frente. Las monedas que repartió el emperador sólo ampararon a Miramón y Mejía; él tardó un poco en morir: los fusiles del tiro de gracia fallaron dos veces.

Image

El mismo día de su muerte, el cuerpo de Maximiliano fue llevado al templo de Capuchinas. Ahí lo esperaba el doctor Licea para embalsamarlo: las órdenes de Juárez habían sido precisas y él no estaba dispuesto a desobedecerlas. Licea estaba seguro de que sus recientísimas acciones no bastaban para borrar su pasado imperial. El médico no era un hombre bien nacido: en los últimos momentos del sitio de Querétaro traicionó a Miramón, a diferencia de Judas, lo vendió por más de trece monedas.

El templo no era el mejor lugar para preparar el cuerpo: habían demasiados ojos, la luz era gris y el instrumental dejaba mucho que desear: sólo la jeringa Charrière estaba en óptimas condiciones para drenar el cadáver. Licea, antes de comenzar su trabajo, acarició la mesa sobre la que estaba el cuerpo del emperador: las astillas y las rajaduras cubrían su superficie.

Los queretanos, siempre fieles al imperio, se arremolinaban a la entrada de la habitación y más de una mujer le pidió a Licea que manchara sus pañuelo con la sangre de Maximiliano para guardarlo como reliquia. Otros, los más pudientes, le rogaron para que les vendiera la ropa de Su Majestad. Al principio, Licea —amedrentado por la presencia de los doctores Brash y Gasseau, quienes darían fe del embalsamamiento— no aceptó las ofertas y comenzó a trabajar fingiendo una sordera que le dolía en los bolsillos: tenía que drenar el cuerpo, sacarle los dentros y ponerle los ojos de vidrio que le habían arrancado a una estatua de Santa Úrsula.

Así, sin más preparativos e ignorando a los curiosos, Licea comenzó a aplicar la inyección francesa y rajó el pecho de Su Majestad. Sus cortes sólo eran interrumpidos por la letanía del rosario que pronunciaban las mujeres. El suelo que fuera sagrado se manchó con los coágulos y los líquidos que escurrían. El cadáver tenía que durar, Juárez quería verlo, usarlo como su última arma contra los Habsburgo.

Image

El médico de los generales imperiales no tardó mucho tiempo en vender las reliquias de su soberano: la princesa Salm Salm —la mujer que en el teatro hubiera destacado por sus encantos de bailarina, que en el circo se hubiera notado por su gracia y que en la corte indignó por sus talentos como cortesana— le dio unos buenos reales por la faja roja manchada de sangre y la máscara mortuoria del emperador. Claro, al final se arrepintió del negocio y fue a hincarse frente a Juárez para pedir justicia. Nada se sabe sobre lo que ocurrió durante ese encuentro, nadie puede afirmar si la Princesa le prodigó sus favores, lo único que sí es un hecho es que Licea pasó poco más de dos años en la cárcel.

Image

El Indio se apersonó frente al cadáver el sábado siguiente. Durante diez minutos miró el cuerpo de su enemigo sin pronunciar palabra. Nunca antes se habían encontrado. Juárez, convertido en esfinge, nada dijo sobre sus pensamientos. Sólo abandonó el lugar, se subió a su carruaje y tomó camino para la capital del país: le urgía organizar la entrada triunfal y poner en orden a su nuevo adversario, el joven general Porfirio Díaz, quien estaba dispuesto a negociar con los franceses y el clero con tal de tomar el poder que, según él, le pertenecía por derecho. Sin embargo, la saña apenas comenzaba: Juárez se adueñaría del cadáver de Su Majestad y sólo lo entregaría a cambio del reconocimiento diplomático que daría legitimidad a su gobierno. El cuerpo bien valía la humillación de los austriacos.

Image

El general Mejía no tuvo mejor suerte: su cadáver fue embalsamado en la Casa de la Zacatecana. Ahí lo vistieron de etiqueta, le pusieron una mano en el pecho y lo sentaron en una silla para fotografiarlo. Cuando se cegó la luz del magnesio, el retratista estuvo seguro de que estaba haciendo un buen negocio: más de un mexicano querría comprar la imagen del general.

Tras la fotografía, el cuerpo de Mejía fue entregado a su esposa sin ninguna ceremonia. La mujer del general, que no fue bendecida con la locura de Carlota ni con la entereza de Concha Lombardo, terminó llevándoselo al Convento de San Antonio para exhibirlo en su santa escalera. Ella, prieta y pobre, sólo podía esperar la caridad de los queretanos para enterrar a su marido. Muy pocos le dieron dinero, la plata escaseaba y el miedo a los liberales sobraba.

Con la miseria a cuestas, la esposa de Mejía se llevó el cuerpo hasta su casa en la Ciudad de México. Nadie, salvo el arriero que conducía un desvencijado carruaje tirado por dos mulas, la acompañó en el camino. Ahí tampoco hubo modo de enterrarlo. Ella no quería que su marido terminara en la fosa común ni que le echaran una paletada de cal como si fuera un perro. Por eso lo mantuvo en su hogar cerca de tres meses, hasta que alguien pagó su sepultura en el panteón de San Fernando.

El día del entierro no hubo ceremonia. Nadie, salvo la mujer condenada a la miseria y el olvido, acompañó al general Mejía a su última morada. Las viejas glorias y los antiguos compañeros de armas fueron devorados por el triunfo de los juaristas.

Image

El cuerpo de Miramón no fue profanado, todas las balas le atinaron en el pecho y Juárez no reclamó su cadáver. Sin embargo, unos soldados muertos de hambre le robaron el único objeto de valor que aún conservaba: la dorada alianza de matrimonio desapareció de su dedo.

Alberto Lombardo, su esposa Naborita y su tío Joaquín Corral recogieron el cuerpo. Tenía la cara sin nuevas marcas: la vieja cicatriz que le dejaron los yanquis en 1847 sólo era una delgadísima línea blanca que nunca más se enrojecería, las marcas de los puntos que le dieron en la pierna ya nunca más le arderían y la herida que Licea no le curó del todo antes de venderlo había sanado durante el cautiverio. A pesar de la derrota, el pelotón lo respetó.

Alberto, Naborita y Joaquín sabían con precisión lo que debían hacer. Concha había ordenado el embalsamamiento de su cuerpo con una sola salvedad: el corazón de Miguel debía ser guardado en un frasco con alcohol alcanforado. Ella quería conservarlo. Así, al cabo de unos días, el cuerpo de Miramón partió rumbo a la capital: su cortejo —a diferencia del de Mejía— fue lujoso: dos guayines tiradas por mulas que fueron acompañadas por un joven oficial que, a pesar de estar del lado de los liberales, tuvo el valor de escoltarlo durante varias horas, sólo así se podría evitar el riesgo de que algunos de sus enemigos intentaran robarlo, cortarle la cabeza para guardarla como trofeo.

Image

Concha, quien en aquellos momentos tenía más orgullo que dinero, aceptó que su cuñado pagara el entierro de su esposo en San Fernando. De la familia de soldados, sólo Bernardo Miramón seguía con vida y, antes de desaparecer para siempre, gastó sus últimos pesos en la tumba de su hermano.

Ese día no hubo grandes ceremonias. Frente a la lápida de cantera sólo estaban sus familiares, algunos de los viejos compañeros de armas y un sacerdote. El guerrero de Dios, el niño héroe cuyo nombre se borró de la lista de honor, el ex presidente de la república, el defensor de la fe no mereció ningún reconocimiento. Los veintiún cañonazos, los crespones en las banderas y los sables desenvainados brillaron por su ausencia: el miedo a Juárez paralizó a la mayoría de sus partidarios. El obispo Pelagio y el padre Miranda, los dos clérigos que lo apoyaron en algunos de los momentos más difíciles, tampoco se presentaron: ellos habían tenido que huir del país para salvarse de la ira y la venganza de los liberales.

Cuando terminó la discreta ceremonia, el general Santiago Blanco —el hombre que le entregó la Ciudad de México a Porfirio Díaz tras la derrota de las fuerzas imperiales en Querétaro— se acercó a la esposa de Miramón y le dijo:

—La muerte del general ha sido una gran pérdida para el partido conservador.

Y Concha Lombardo, con ira contenida, sólo alcanzó a responderle:

—Todos ustedes están enterrados en esta tumba.

*

Concha Lombardo estaba preparada para la desgracia. Las palabras que Miguel le dijo antes de casarse se habían vuelto realidad: él murió como un soldado y ella no tuvo que soportar la deshonrra de que fuera fusilado como un político. “Las balas en el pecho son mejores que en la espalda”, pensó mientras colocaba el frasco con el corazón de su esposo en el altar que presidía su casa. En aquellos momentos, de nada había servido que su confesor le pidiera que lo enterrara junto con el pasado. Ella, sin que le importaran la posibilidad del pecado o el riesgo de la condena eterna, tenía que conservar algo de Miguel.

Ahí, frente a la llama votiva, pensó en el día cuando Miramón fue herido por vez primera. La guerra contra los yanquis se apoderó de su memoria.

PRIMERA PARTE
LA GUERRA CONTRA LOS YANQUIS
Y LOS TIEMPOS DE SANTA ANNA

(1845-1855)

I

Desde 1845, a los yanquis se les quemaban las habas por declararle la guerra a los mexicanos. Ellos sentían que su territorio les quedaba chico y estaban convencidos de que su dios los eligió para civilizar a los indios y mestizos que vivían al sur de su nación. Al principio, decidieron que las mojoneras de la frontera no estaban en el río Nueces, sino en el Bravo. Y después, con calma, se sentaron a esperar el pretexto para desenfundar las armas. Como si fueran tábanos, durante un año provocaron a las tropas norteñas, hasta que ocurrió una balacera de poca monta en el rancho Carricitos.

Ése fue el pretexto para comenzar la guerra. Así, luego de algunos discursos histéricos de su presidente, los yanquis se lanzaron a la invasión con toda la furia. Ellos, por tierra y mar, llegaron a la frontera y a las costas; y desde ahí, sin que nadie pudiera detenerlos, comenzaron a avanzar hacia la Ciudad de México. La guerra contra los yanquis fue una desgracia. Salvo un puñado de patriotas, ningún mexicano se comportó como era debido: algunos estados, con la excusa del federalismo, se negaron a enviar a sus tropas para defender al país —ellos, decían sus gobernadores, eran libres y soberanos para decidir si eran o no neutrales en la guerra— y ciertos liberales, los que se soñaban estadounidenses, obstaculizaron las acciones militares con tal de que los invasores derrocaran a don Antonio López de Santa Anna, anularan la fuerza de la iglesia y lograran que la frontera se corriera hasta Centroamérica. Para los anexionistas, la guerra era una bendición. Los males nunca llegaron solos: más de una población fronteriza se rindió sin presentar un combate digno, y otras, sin el menor miramiento, se declararon yanquis en el preciso instante en que sus habitantes miraron la bandera enemiga.

A pesar de todos los infortunios, Santa Anna salió a combatir a los yanquis dejando el gobierno en manos de Valentín Gómez Farías, un médico liberal que —al igual que todos los demás— estaba convencido de que todas las tragedias del país eran culpa de la iglesia. En aquellos momentos, como ya era costumbre, las arcas de la nación estaban vacías, y había que conseguir dinero para pertrechar un ejército formado por unos pocos militares de carrera y miles de hombres que fueron obligados a tomar las armas por medio de la leva. Gómez Farías se agarraba una oreja y no se encontraba la otra. Por eso, y sobre todo por su rojo liberalismo, tomó una decisión peligrosa: obligar a la iglesia a pagar la guerra y, ya encarrerado, quiso eliminar todos sus privilegios. Él estaba convencido de que la venta de los bienes del clero era la única solución. Pero los curas no se quedaron con los brazos cruzados: los militares que aún les eran fieles se levantaron en armas y México tuvo que enfrentar dos combates.

Aunque Santa Anna medio venció a los invasores en la batalla de la Angostura, las derrotas no se hicieron esperar. Para mediados de 1847, los yanquis ya estaban muy cerca de la Ciudad de México. El ejército, junto con los hombres que se le sumaron a fuerza de levas o por patriotismo, intentó detenerlos sin éxito en Padierna y Churubusco, dos lugares que apenas distaban unas cuantas leguas de la capital. En la primera batalla, la mala estrategia les dio la victoria a los yanquis; en la segunda, la falta de parque obligó a la rendición.

Image

Ninguno de los generales fue capaz de detener el avance de los yanquis y, para colmo de males, la tregua y las pláticas de paz fracasaron por completo. En aquellos momentos ya sólo quedaba una opción: intentar la última defensa y pagar con sangre las traiciones, las imposturas y las cobardías. Trist, el representante de los estadounidenses, exigió lo aparentemente inaceptable y el día 6 de septiembre de 1847 todos se levantaron de la mesa con las manos vacías. Ningún acuerdo fue suscrito y el lugar de las plumas lo ocuparon las armas. Trist no consiguió que la frontera quedara delimitada por el río Bravo, tampoco logró que le vendieran Nuevo México y las Californias. Los treinta millones de pesos que ofrecían los yanquis —aunados a la certeza de que no exigirían el pago de los gastos de guerra— fueron rechazados sin miramientos. El orgullo de los representantes mexicanos tendría funestas consecuencias.

La noticia del reinicio de la guerra corrió muy rápido. Aunque la mayoría ya había perdido la fe en la victoria tras las derrotas de Padierna y Churubusco, la ciudad comenzó a prepararse para la batalla: en las garitas que rodeaban a la capital se construyeron parapetos y se instalaron algunas piezas de artillería mal pertrechadas. Santa Anna iba de un lado a otro dando órdenes, reconociendo los lugares donde supuestamente habría un gran peligro y emprendiendo campañas contra los soldados, los arrieros y los civiles. Ahí estaba, con su sombrero jipijapa y su fuete en la mano, con su paletó color haba y su blaquísimo pantalón de lienzo. A pesar de que la mayoría estaba convencida de la derrota, él despilfarraba actividad, desafiaba, se mostraba temerario, pero no era un buen general ni estaba, como presidente, a la altura de las circunstancias. Don Antonio sólo tenía ansias de fingimiento, de alcanzar la gloria imposible.

En aquellos días, los civiles, para bien o para mal, también tomaron providencias: algunos —luego de sobornar a los soldados de las garitas— huyeron llevándose los objetos de valor que pudieron cargar; otros emparedaron sus riquezas, escondieron a sus hijas y se sentaron a esperar lo peor mientras acariciaban sus escapularios. Ellos no sabían a quién debían tenerle más miedo: si a los yanquis que tomarían la ciudad a sangre y fuego, o a los muertos de hambre que se lanzarían a la rapiña luego de que el gobierno cayera tras el último cañonazo de los invasores. Por supuesto que también hubieron valientes dispuestos a vender caras sus vidas.

Todos hicieron lo que les dictaban sus conciencias y la mayoría también hizo lo posible para llegar bien protegido a la otra vida. A ratos, las hostias y los confesionarios tenían más valor que la pólvora y el plomo. Incluso, los liberales más radicales se acercaron a los templos para poner en orden sus asuntos con Dios.

Independientemente de su posición política y su valor, todos sabían que la suerte de México se definiría en Molino del Rey y el fuerte de Chapultepec. Ahí, bajo el mando de Nicolás Bravo, el héroe de la independencia que ya enfrentaba los primeros achaques, se concentraban cerca de mil hombres y varios cañones.

Image

Las fuerzas de Chapultepec comenzaron a prepararse para la batalla: los cadetes y los soldados curtidos construyeron trincheras, levantaron parapetos y reforzaron el edificio con vigas y tablones. Ellos tenían que partirse el lomo para intentar lo imposible: preparar el fuerte pa ...