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NO TODOS LOS BESOS SON IGUALES

Élmer Mendoza  

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Fragmento

Mey era el país más feliz del mundo. Gracias a las minas de luneke, era también el más rico y sosegado. Esa noche se celebraba una gran recepción porque la princesa heredera cumplía quince años, fiesta que sería imitada y se convertiría en costumbre por siglos y más siglos. Gobernaban el país dos reyes gordos, chapeteados y muy queridos: Guasave y Cosalá, que además eran excelentes administradores. El pueblo los idolatraba como a ningún otro de su historia, sobre todo cuando repartían luneke, un metal que poseía el poder de regular los problemas financieros y producir esa tranquilidad tan mórbida que se siente cuando no se le debe a nadie.

En el patio principal del castillo, una fastuosa edificación amarilla con una alta torre circular de veinticinco metros, se hallaba un florido jardín que rejuvenecía el vetusto edificio, rodeado por una alta muralla de piedra impenetrable; después estaba el patio de las Doce Fuentes, que recibía a los visitantes, y que ahora lucía lleno de carruajes y palafreneros cuidando las cabalgaduras y brindando en pequeños grupos. Gruesos hachones iluminaban el lugar donde las fuentes lanzaban agua a los cuatro vientos. Se llegaba hasta ahí después de cruzar, por un camino real, un bosque en el que habitaban manadas de fieras salvajes típicas de la época y la región.

Noche oscura.

En el pueblo cercano, los aldeanos celebraban bebiendo y escuchando a los juglares que cantaban las hazañas de sus héroes. Eran felices. Esa mañana, el rey había repartido algunos cientos de monedas de luneke que pensaban utilizar con inteligencia, pues se estaban agotando y quizá nunca tendrían otras en su vida.

En palacio, la princesa se desplazaba inquieta por salir al salón principal, que se hallaba a tope de invitados. Las hadas, sus madrinas, le habían otorgado dones con sus varitas blancas, y su pelo dorado lucía arrobador. Las jóvenes convidadas no paraban de cuchichear mientras los mancebos esperaban aburridos, más que nadie Kóblex, cuyo destino era aún incierto, aunque se murmuraba que podría ser el próximo rey de un país vecino.

Mey colindaba con Mocorio, Navolatura y el País del Agua, reinos de gran poder. En un paraíso alejado lo suficiente, vivían las hadas bondadosas que oficiaron como madrinas, y en la antípoda, su odiosa hermana que se había aislado del grupo para vivir a su manera en una tierra árida y andrajosa. Fría.

Todo estaba listo para el baile cuando se presentó la hermana solitaria, con su pequeño y bello rostro transfigurado. Se plantó frente a la reina Cosalá, que se quedó de una pieza. Oh, la princesa, que advirtió el desvanecimiento de su madre, se aproximó prudentemente. ¿Quién volaba a su alrededor?

¿Por qué no me invitaste, querida Cosalá?, ironizó el hada. En otra sala el rey conversaba con sus amigos sin mayor preocupación.

Por supuesto que te invité, poderosa Espolonela, ¿por qué llegas hasta ahora? Se notaba su nerviosismo.

¡Mentira! Eres una arpía chapucera, y por supuesto que no tienes motivo, sólo despreciaste mis dones para tu mocosa y pagará por ello.

Por favor, querida hada, no la tomes contra mi niña, si cometí un error ella no tiene la culpa. Tras un pilar, paralizada, la quinceañera escuchaba sin comprender.

¿Me estás diciendo cómo proceder, estúpida? La princesa seguía paralizada.

Sería incapaz, te respeto más allá de mis fuerzas.

Pues tu mocosa dormirá cien años, y con ella todo tu maldito reino, dijo el hada, hizo un movimiento extraño con su varita negra

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