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PEREGRINOS

Sofía Segovia  

5


Fragmento

ILSE

Del 26 de enero de 1936 al 25 de marzo de 1938

1. La niña

En el primer soplo, la vida duele.

¿Cómo no llorar la primera vez que la luz lastima los ojos o la primera vez que se siente el roce seco del aire en la piel? ¿Cómo no llorar cuando los pulmones se llenan de oxígeno frío y desconocido, cuando los ruidos suaves que antes llegaban a los oídos inundados, llegan duros, sin filtros? ¿Cómo no protestar con energía cuando el mundo se torna infinito y no ayuda para contener el cuerpo, hasta ese día tan ajustado, tan sostenido, tan abrazado en la oscura suavidad del interior de la madre?

La niña empezaba a acostumbrarse a ello, y quizá hasta a disfrutar de la vida en brazos de su madre, cuando la llevaron a la iglesia a darle nombre.

Ese día en que todo estaba por venir, el agua bendita de su bautizo mojó con bendiciones su frente y regó el suelo de Prusia Oriental, cuando todavía existían ésta y su gente sin saber que tenía los días contados, sin saber que le esperaba un propio bautizo de fuego que borraría el nombre de esa tierra para siempre. Ese día y desde 1918, la orgullosa Prusia existía separada de su Alemania, no por voluntad propia, sino por castigo impuesto por el mundo. Y sus habitantes —incluida esa niña, nueva bautizada— se habían quedado en el ostracismo, como una astilla que se separa de su palo: eres, pero no; perteneces, pero casi te olvido. Existían lejos, pero en eterna añoranza de sus hermanos germanos al oeste; separados por mar, pero más por tierra. Lejanos, pero nunca relegando al olvido la patria, y con el profundo deseo de transitar con libertad por sus otrora tierras convertidas en frontera que los separaban, tierras que antes también eran Prusia y que ahora el mundo se empeñaba en llamar Corredor Polaco.

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Ese día del bautizo de agua de la niña faltaba mucho para el de fuego, pero durante décadas por venir, el mundo dedicaría un gran esfuerzo para entender el orden de los sucesos, la importancia de las variables; exigiría a las grandes mentes y gastaría grandes recursos para analizar el origen de la culpa y la crueldad del culpable, de los culpables. También dedicaría selectos silencios para hacer olvidar lo intolerable del propio delito. Y prometería que todo lo acontecido nunca más volvería a suceder. Poco se hablaría de que ésa era una promesa fallida que ya se había hecho una ocasión anterior tras castigar al agresor, al perdedor.

A la niña para siempre le gustaría el nombre que le habían escogido, pero ese día, el pastor se lo derramó repentino, abundante, frío —porque desde siempre había sido imposible mantener tibia el agua de esa pila bautismal. Lo dejó caer sobre su frente tibia sin miramientos. El apelativo se adhirió a ella para siempre, gracias a esa agua y a miles de bendiciones, pero el golpe helado fue brutal y le arrancó a Ilse un grito que se convirtió en un llanto que no cesó sino hasta concluida la ceremonia.

Sus padres celebraron de manera sencilla como no pudieron hacerlo por el bautizo de su hija mayor sólo cuatro años antes. Cuánta diferencia hacen cuatro años, pensaron mientras ponían la mesa para seis invitados y mientras emanaba el delicioso aroma del ganso al horno. Qué lejana el hambre de su infancia y juventud. Qué bien escogido su canciller que había salvado a Alemania de la escasez.

Ese mismo día, muy lejos de ahí, Madame Titayna, periodista francesa, hacía al taciturno líder una rara entrevista para una revista de su país: «No hay un solo alemán que quiera la guerra. La última nos costó dos millones de muertos y siete millones y medio de heridos. Aunque hubiéramos sido los victoriosos, ninguna victoria hubiera valido la pena por ese precio», declaró él, y ella se regresó convencida a su país de que ni ese hombre ni ese pueblo representaban una amenaza para la paz.

Su canciller quería paz, y los padres de Ilse al igual que él. El mundo decía que la guerra anterior había acabado con todas las guerras. Era innegable que había acabado con ellos. Hartwig y Wanda Hahlbrock habían sobrevivido la ruina y la tragedia. Ahora lo único que deseaban, después de tanto sufrimiento, ya con esperanza, era ver a sus queridas hijas crecer felices, sin hambre y con paz. Y creían que con el Führer eso por fin era posible. Tres años de él, tres años de orden, tres años de su vida, tres años de trabajo, tres de por fin contemplar un presente sin hambre y un futuro promisorio. Y, por eso, una nueva y querida hija. Ilse.

Dos años y dos meses después, aunque no recordaba ni el dolor de su nacimiento, ni el del agua helada de su bautizo, Ilse ya era un cúmulo de pequeñas experiencias y conocimientos adquiridos, porque nunca se aprende tanto como en los primeros tres años de vida. Se aprende, se vive, pero no se recuerda haber aprendido o haber vivido.

En ese tiempo fue que Ilse conoció a la gente de su pequeño y aislado mundo; aprendió a distinguir el hambre y sus punzadas, pero también a tener paciencia y a esperar: el alimento llegaría, su madre se encargaría de ello; no había necesidad de llorar, porque ya había aprendido las palabras «tengo» y «hambre», entre muchas otras. En esos primeros años aprendió que el fogón da un calor sabroso a cierta distancia, pero que si se acorta, éste quema. Aprendió a erguirse, a caminar, a subir escalones y a bajarlos. Aprendió a nombrar las cosas. A nombrarse a sí misma: Ilse Hahlbrock, aunque el apellido todavía se le hacía un nudo en la lengua.

También aprendió a no llorar, porque lo único que conseguía con sus lágrimas era molestar a su madre, que siempre le decía: Ilse, nosotros no lloramos. Conoció el deseo por lo ajeno —pues la muñeca de su hermana le parecía más hermosa que la propia—, pero también aprendió a desprenderse de él y a conformarse con lo que era de ella sin protestar, pues tampoco así conseguía nada.

En ese tiempo aprendió también a temer a los gansos y a los perros, aunque nadie lo pudiera entender: Káiser, el único perro en su mundo, jamás se hubiera atrevido a asustarla, menos a lastimarla.

Pero a la niña no había manera de convencerla de ello.

—Si no muerde, Ilse. El Káiser es bueno, acarícialo.

Pero la niña tenía sus motivos para temer, aunque no los recordara ella y aunque nadie los hubiera atestiguado.

Y es que en una ocasión —una rara ocasión en que, pasados los dos años de edad, salió de su casa sin que su madre lo notara y sin que los hombres de la granja, ocupados en la labranza, la vieran deambular sola por ahí— Ilse se acercó al lago de los gansos, atraída por sus graznidos y por las ganas de ver a los bebés.

La noche anterior, su padre le había prometido que la llevaría pronto, pero Ilse no sabía cuánto tiempo era «pronto», y ese día le pareció que la promesa se la habían hecho hacía una eternidad, así que se decidió por ir, con planes de jugar con los polluelos y de cobijarlos bien: el agua del lago siempre estaba helada, y si a ella no le gustaba nada el agua fría, creyó que lo mismo pensarían ellos.

Los gansos, padres nuevos, que de cualquier manera siempre fueron medio salvajes, no le dieron oportunidad de acercarse a su nueva familia, y mucho menos de jugar o de cobijar ni a uno solo de sus polluelos: al ver que la cría humana se acercaba, salieron agitando sus alas y sus patas sobre el agua hasta llegar a tierra seca. Luego corrieron en terreno sólido.

Ilse no era nueva en el mundo: ya sabía distinguir entre el «Ilse» suave que salía de los labios de su madre cuando lograba quedarse quieta un rato y la dejaba seguir con sus quehaceres en paz, o el «Ilse» que resonaba duro por la casa si se negaba a meterse a la bañera, a ir a la mesa en el instante en que la llamaban, a comerse entera la porción de salchichón que le había servido su madre, o al pelear con su hermana.

Sería por eso o porque en buen momento se activó por primera vez su instinto de conservación y supo con toda certeza que el graznido de los gansos no era un saludo de buenos días o de bienvenida, y que del peligro inmediato había que huir. Con un plomo en el estómago que apareció de la nada, Ilse se dio la media vuelta y, sin mirar atrás, corrió tan rápido como sus piernas de dos años y tres meses fueron capaces.

Al huir, su alarido quiso salir tan intenso, tan poderoso, que le cerró la garganta y se guardó mejor dentro de su pequeño cuerpo, para nunca más abandonarlo.

Ilse corrió en un silencio apretado, forzado. Si respiraba era porque no tenía remedio. Sabía —¿cómo sabría?— que los gansos eran más veloces que ella, que la alcanzarían, que la morderían, que le arrancarían la piel y hasta el cabello.

No se atrevía a mirar atrás.

—Schnell laufen —se pedía correr más rápido, sin que un solo sonido fuera capaz de mover sus cuerdas vocales—. Schnell, Schnell laufen!

Y ya sentía el aliento caliente de las furibundas aves en sus tobillos.

Entonces, de reojo, vio que el Káiser se acercaba a toda velocidad, enorme, imponente. De haber vuelto la mirada, habría visto al perro interponerse entre ella y sus atacantes alados para protegerla, pero no: ella, con la mirada fija hacia el frente, sólo sintió la cola del pastor alemán rozar sus piernas aunque ella, en su apuro, creyó que eran los grandes colmillos los que la habían alcanzado, por lo que al instante imaginó a éste unido a la jauría tras la presa, en complicidad con los gansos salvajes.

En su mente asustada, el gua, gua, gua de él se fundió con el hua, hua, hua de ellos. Y corrió más rápido.

Ilse se refugió en el granero, sorprendida de haber ganado la carrera, y ahí, en lo oscuro, dominó el ritmo acelerado del corazón. Se escondió sin hacer ruido y, con el paso del tiempo, la invadió un nuevo miedo que la hizo olvidar al otro: que la sorprendiera su madre con su duro «Ilse», con el que le hablaba cuando había sido niña mala como ese día. Nein, Ilse. Nicht allein —la palabra de su madre era la ley en la casa: sola no sales, Ilse.

Si no hubiera sido por su estómago, gran motivador, ahí hubiera pasado la tarde, y tal vez la noche entera. Pero éste la convenció, a fuerza de hambre, de que ya era hora de regresar a enfrentar lo que fuera, hasta al «Ilse» enojado de su madre. Y, porque cuando Ilse tenía hambre no podía pensar en otra cosa —y ya era hora de su pan tostado con mantequilla—, su mente olvidó lo que su cuerpo nunca pudo: la razón de su miedo a gansos y a perros.

Lo que a la niña le había parecido una eternidad, había transcurrido en sólo media hora. Su madre nunca se enteró de su ausencia, ocupada con el bordado de los delantales y fondos de sus hijas, al creerlas a ambas en la siesta. No hubo reclamos: hubo pan tostado con la cremosa mantequilla que hacían ahí mismo. Luego hubo juegos toda la tarde con Irmgard, su hermana que, al ser cuatro años mayor, se encargaba de entretenerla —y de que no saliera sola de la casa— mientras su madre cosía, tejía, bordaba, limpiaba o cocinaba.

Al llegar su padre, supo que ya era hora de la cena, y qué bueno: tenía hambre otra vez. Su madre le sirvió chucrut con salchicha de ternera, su favorita.

El Káiser, que sólo entraba a la casa por invitación de su padre, la miraba con intensidad, como si quisiera comerla, le parecía. Ilse, que para siempre tendría el grito guardado dentro de su cuerpo después de esa tarde, perdió el interés en su comida y se refugió en el regazo de su padre.

Y era cierto que el Káiser miraba con antojo, pero no a ella: miraba la salchicha, y casi con amor. Creía merecer un premio especial por ser el héroe, por haberla salvado, por interponer su cuerpo entre los gansos y el de la niña, por tener el cuero adolorido debido a los picotazos que habían alcanzado a darle los demonios emplumados durante la batalla campal.

Esperó con paciencia, pero la cena empezó y terminó sin que nadie, ni siquiera la niña, compartiera con él como recompensa por lo menos un mendrugo. No que a Ilse se le hubiera ocurrido y se hubiera atrevido a acercar su mano a ese hocico enorme y hambriento, sino que además para el final de la cena, a pesar de seguir con el estómago petrificado, la niña se había comido todo; ni una migaja de nada se había atrevido a dejar, porque, si su madre ordenaba: alles essen, ella se comía todo lo que le había servido, y sin chistar.

Nunca sabría que los eventos de ese 25 de marzo 1938 se habían guardado dentro de ella más como instinto que como memoria activa. Esa noche, al irse a la cama, Ilse no supo que, en cambio, ese día se quedaría grabado para siempre en la memoria de su gente, pero no porque una niña prusiana hubiese pasado un susto por unos gansos protectores de su territorio y familia, sino porque el dueño del destino de su tierra hacía más claras sus intenciones ante los germanos y ante el mundo en su visita a Königsberg.

ARNO

25 de marzo de 1938

2. EL NIÑO Y EL VUELO DE LAS BANDERAS

Era la primera vez en su vida que lo llevaban a Königsberg, pero eso Arno, a sus tres años que cumplía ese día, no lo sabía. Tampoco recordaría el trajín de preparativos para la jornada que la familia pasaría fuera de la pequeña granja familiar.

Ese día, nadie había tenido que despertarlo; era el más pequeño de cuatro hermanos y obedecía aún la regla que los bebés ya saben al nacer: el día en el hogar debe empezar cuando despiertan ellos.

Después de abrir el ojo ellos, la madre y luego el sol. Después de despertar ellos, el gallo que anunciaba el nuevo día y la vaca lechera que exige ser ordeñada. Después de ellos, el padre, para darle la mano a la madre que debía darle alivio a la vaca que, una vez despierta, no cesaba con sus mugidos. Después de ellos, con el aroma del desayuno preparado por el padre, el resto de la familia, aunque desearan dormir un poco más; aunque desearan que se les pegaran las almohadas o que, por lo menos, hubiera luz entrando por la ventana antes de tener que abrir el ojo.

Pero imposible: el nuevo día había llegado y con él, la alharaca de rutina en la pequeña granja de los Schipper.

Por supuesto, a sus tres años recién cumplidos, Arno ya no comenzaba su día con el llanto de sus primeras jornadas. Ése lo había dejado atrás, cuando había encontrado las palabras que necesitaba.

—Mutter! Vater! Ich möchte mein Frühstück!

Esa mañana había empezado igual que siempre: el pequeño de la casa que demandaba el desayuno, y los demás que deseaban un poco más de tiempo en la cama. Luego siguió con la rutina de una granja, pero con más prisa, y luego con más elegancia: vestidos de domingo aunque no lo fuera, pues ese día irían juntos a la ciudad.

—Es un día histórico y es tu cumpleaños, Arno —dijo Karl Schipper, el padre, mientras se abrochaban bien sus abrigos antes de salir.

25 de marzo ya, pero en esas tierras la primavera tardaba en darse por aludida, aunque no hubiera sido el invierno más crudo. Con suerte tendrían un poco de sol para mediodía. Con suerte no nevaría en el corto camino entre la granja y Königsberg, ni durante el regreso.

Arno se contagió con la excitación de sus hermanos mayores, que comprendían la ocasión mejor que él. Para Fritz, de ocho años, y Johann, de siete, que se creían viajeros veteranos, las promesas del día eran aun mayores que las que ya conocían y que disfrutaban cada vez que su padre los llevaba a la ciudad: las lujosas casas y edificios con sus grandes ventanales, las campanas de la catedral de Frauenburg, las calles empedradas, los siete puentes, los juegos en los jardines del Castillo del Lago; todo ahí les gustaba, pero ese atractivo palidecía ante la anticipación por el evento histórico del día. Y nunca lo creerían posible, pero en esa visita hasta olvidarían la gran tentación de los mazapanes de Schwermer en forma de fruta que habían probado aquella rara ocasión en que su padre tuvo a la vez dinero, tiempo y buen humor.

Pero, a pesar de creerse asiduos viajeros en comparación con Arno, al que creían un bebé y que nunca había salido de los alrededores de la granja, y en comparación con Helga, que, aunque era mayor, por ser niña su padre nunca la llevaba a sus trabajos como carpintero en la ciudad, tenían sólo ocho y siete años: por su edad, a Fritz y Johann el camino les parecía largo aún y cualquier cosa los distraía de las promesas del día. Lo que veían en el camino todavía salpicado por manchas de nieve se lo señalaban a Arno, al nuevo viajero, como buenos hermanos mayores y guías en esa expedición, y se movían con él de un lado para otro de la carreta: si no era debido a un gran buey a la orilla del camino, por el lado derecho, era por las borregas que bloqueaban el camino por el frente o por el perro muerto y en avanzado estado de putrefacción del lado izquierdo.

—¿Le viste los ojos, Arno?

Arno quería también verlo todo, pero su madre temía que cayera, y sabían que ella no debía exaltarse; que no debía esforzarse de más.

—Ven —le dijo Helga, su hermana mayor, sentándolo en su regazo—. Ya no te muevas.

Helga lo abrazó fuerte hasta que él se aplacó: eran los brazos más conocidos para él, los más confortantes. Su madre se sentaba a su lado cada noche para acompañarlo un rato antes de dormir, y le contaba cuentos, pero si no era su padre, era Helga, de diez años, la que siempre lo alzaba en brazos, la que lo metía a la cama, la que lo arrullaba si tenía alguna pesadilla, la que lo reprendía y lo bañaba. Ahí, en los brazos de su hermana, que alejaban el frío, se quedó dormido, arrullado con el vaivén rítmico de la carreta y por la eternidad que le pareció llegar a ese destino desconocido.

—Ya llegamos.

Helga lo sacudió para espabilarlo. Arno abrió los ojos y se puso alerta al instante. Alrededor de ellos, todo era bullicio. Nunca había visto tanta gente ni tantas carretas juntas. Su padre y su madre discutían.

—Si dejamos la carreta sola, nos la robarán.

—No. Hoy nadie se atrevería. Y con ella no podemos pasar más allá. Mira, todos hacen lo mismo.

Ese día los pobladores de las afueras de Königsberg habían llegado de visita y no había cabida en las calles amplias de la ciudad para que tanta carreta circulara o se estacionara. Era un día histórico y nadie quería perdérselo: la excitación se les veía en el semblante. Alrededor suyo, los otros visitantes acomodaban sus vehículos, unos al lado de los otros afuera de las murallas, lo más cerca que los caballos toleraran. Luego bajaban sus canastas o bolsas para andar el resto del camino. Lo mismo hicieron los Schipper, Arno a hombros de su padre, porque con este gentío te nos pierdes para siempre, mein Sohn.

Arno a veces se confundía, porque, si era el bebé que todos cuidaban, entonces ¿por qué los adultos que lo veían decían: ¡qué niño tan alto!? Si fuera alto, sería grande; sería el mayor. Y todos en su casa eran más altos que él. Si fuera alto, alcanzaría la mantequilla de donde su madre la guardaba en el anaquel. Si fuera alto, alcanzaría el caballo de madera que le había hecho su padre, cada vez que Fritz se lo arrebatara y, burlón, lo subiera tan alto como daba su brazo para que él no lo alcanzara. Si fuera alto, Fritz no se atrevería a hacerle esas bromas.

En los hombros de su padre, por primera vez, se sintió en verdad alto. Desde ahí podía verlo todo: las coronillas calvas de algunos hombres sin sombrero y alguna pluma en el sombrero de las señoras elegantes; le gustó ver que sus hermanos caminaban muy por debajo de él pues, ahí, en las alturas, fue él el primero en percibir una música que salía de entre las calles de la ciudad, como bienvenida para los visitantes. Volteaba para todos lados, ansioso de no perder detalle, sin importarle que su padre le dijera: No te muevas tanto, Arno.

Más carretas se aproximaban, y pensó orgulloso que su audaz padre les había ganado en la carrera con su veloz caballo.

Adelante, ya entre las amplias calles, tuvo la impresión de que todo era muro: desde la muralla que rodeaba la ciudad, hasta los edificios más grandes que hubiera visto. Miraba hacia arriba, sorprendido. Tan arriba, nunca había visto nada que no fueran las ocas al sobrevolar su casa que, ahora, después de ver las edificaciones de la ciudad, le parecía diminuta.

Con la mirada hacia lo alto, abría la boca, asombrado, pero entonces su padre le dijo: Sohn, cierra la boca porque se te mete una mosca. Y la cerró, pero ésta era terca y a veces se le abría sola otra vez, porque no sólo era el tamaño de los edificios y de las iglesias lo que lo sorprendía. Era que, de verdad, la ciudad parecía preparada para una fiesta: a donde volteara ondeaban banderas como alas rojas pintadas de blanco y negro, grandes, pequeñas y gigantescas, alzándose hacia el cielo ayudadas por el viento.

Mujeres vendían, animosas, flores y banderas del tamaño ideal para sus pequeñas manos. Y deseó una.

—Papa, ich möchte eine Flagge!

—Nicht jetzt.

Ésas eran las palabras más frustrantes que Arno conocía: «Ahora no». Ahora no puedes comer galleta. Ahora no puedes jugar. Ahora no grites. Nicht jetzt. Ahora no comas tu pan. Ahora no puedes tener la linda bandera que tienen los demás. Ahora no, ahora no. A sus tres años, Arno ya estaba cansado de ellas, pero sabía que una vez dichas esas palabras por sus padres, éstos nunca se echaban para atrás. Así que, ahora no, pero ¿tal vez después?

—Ja. Veremos.

Su padre no quería detenerse ni aunque Arno se lo indicara con la fuerza de sus piernas, como si montara un caballo. Parecían tener prisa. Caminaban tan rápido como su madre era capaz.

Arno sabía que no todas las madres eran como la suya. Conocía a la gorda Frau Filipek, por ejemplo, que pasaba a pie por la granja una vez a la semana a comprar huevos que pagaba con mantequilla y embutidos. Ésa tenía más hijos y más energía que la suya, y a veces cargaba a uno de ellos todo el camino, además de las mercancías de trueque; además de su propio peso.

Los niños aprovechaban cada minuto jugando, mientras las madres tomaban más tiempo del necesario para hacer su transacción, charlando. Pero eran mujeres ocupadas y prácticas, y muy pronto cortaban la convivencia: había mucho que hacer y los Filipek debían seguir su camino.

La señora empacaba su canasta, contenta, y se alejaba sonrosada ya hecho el intercambio, con la misma energía con la que había llegado, mientras su madre, demacrada, silenciosa, desde el portal la miraba alejarse caminando a paso firme y regresaba a sentarse a la mesa de la cocina a descansar, sin aliento. Sin hacer el intento de cargar a su niño, que aunque le explicaran, a veces no entendía por qué a él su madre sólo le daba la mano, por qué nunca lo cargaba.

—¿Te acuerdas cuando te raspaste la rodilla? ¿Te acuerdas que dolía? A tu mamá le duele el corazón igual —le explicó su padre más de una vez.

—¿Y se va a curar?

—No.

Por eso había que cuidarla. Porque con el corazón raspado no se vive bien. Pero a Arno se le olvidaba.

A diario, antes de partir a trabajar, su padre le decía: «Cuida a tu mamá; ayúdala; no le des problemas». Arno empezaba el día con ese propósito, pero pronto lo olvidaba. Quería jugar, y se olvidaba del corazón raspado de su madre. Quería correr y trepar aun cuando sus hermanos estuvieran en la escuela y su padre en su trabajo y no hubiera nadie más que su debilitada madre para cuidarlo.

Pero el cuerpo se escapaba de la determinación que había tomado tan sólo unos minutos antes, y pronto olvidaba sus promesas; olvidaba que debía quedarse quieto y se acercaba de más al brasero, aunque bien sabía que no debía; y se iba a ver a la vaca o a revolcarse entre el trigo, aunque su madre se lo había prohibido. Y sólo recordaba sus promesas y sus propósitos cuando veía que su madre se acercaba, cuan rápido como le permitía su cuerpo, pálida, agitada y sin aliento, para disuadirlo, rescatarlo o reprenderlo.

Alto, como ahora se sentía en hombros de su padre, y mayor, como eran los altos que no olvidaban sus promesas, Arno de vez en cuando observaba a su madre, una persona pequeña que ese día caminaba despacio, pero constante. Él daría aviso a su padre si la viera ponerse mal, se propuso. Eso sí sabía hacer: distinguir el instante mismo en que le empezaba el malestar. Para eso era experto: había vivido con eso desde su nacimiento.

Pronto los Schipper se fundieron en una marea de gente que parecía decidida a ir en la misma dirección que ellos. Y las banderas cada vez eran más, y los cánticos empezaron pequeños, pero se agrandaron.

Arno no conocía esas canciones. Eran muy diferentes a las que cantaba con dulzura su madre cuando tenía aire suficiente para prestar a una melodía, pero le gustaron. No se sabía las palabras, pero fingió, con timidez al principio y a voz sonora muy pronto, para empezar a sentirse parte de ese grupo de gente cada vez mayor, cada vez más vociferante que, poco a poco, se convertía en masa homogénea.

Y el débil vaho que emanaba constante de cada individuo, con cada nota, con cada exhalación, se fundía con el de uno y de otro y de otro; se sumaba y se agrandaba. Tomaba fuerza y vida propia y se convertía en una bocanada y luego en un oleaje de neblina que lo envolvía, que lo hacía imaginar que flotaba.

Y le parecía que su madre caminaba con un poco más de fuerza en el cuerpo y más color en la cara y que sus hermanos se habían hecho un poco más altos, así nada más, a base de canciones. E iban otros niños en alto como él, a horcajadas sobre los hombros de sus padres, y levantaban los brazos, como si comandaran los mares; niños y niñas que él nunca antes había visto, pero que se miraban al andar y que se reconocían la mirada, las sonrisas, las palabras cantadas que casi ninguno pronunciaba bien y que ninguno entendía más allá de que prometían pan. Y eso les gustaba.

Die Straße frei den braunen Bataillonen.

Die Straße frei dem Sturmabteilungsmann!

Es schau’n aufs Hakenkreuz voll Hoffnung schon Millionen.

Der Tag für Freiheit und für Brot bricht an!

Pero con el cúmulo de pasos dados, los hombros de su padre parecían haber desarrollado picos y ya era mayor la incomodidad en el trasero que su gusto por las canciones. Y tenía sed, y ya también el hambre era mayor que su deseo por una bandera.

—Papa: Ich bin hungrig!

—Falta poco para llegar. Aguanta. Cuando lleguemos, te damos de comer.

Pero, igual que los que caminaban alrededor suyo, no llegaron a ningún lado: unos soldados detenían a la muchedumbre para acomodarla a un lado y otro de la amplia avenida, bordeándola.

La familia Schipper tuvo suerte: los niños pudieron sentarse en el cordón de la acera, y los adultos no tenían a nadie enfrente que les obstruyera la vista al desfile que estaba por comenzar tras el recibimiento oficial en la estación de tren. Frau Schipper le dio a cada uno de sus hijos su pan y su salchicha.

—Come despacio, Arno. No te atragantes.

Los niños comieron sentados; los adultos, parados. Arno se mojó las medias de lana cuando se echó encima su taza de té tibio, así que, mientras se secaban un poco, tuvo que volver a los brazos de su padre, que lo envolvió con su abrigo y su calor.

Las canciones siguieron, ahora acompañadas por bandas. Había voces que se alzaban sobre las otras —las de los simples mortales— en altavoces, y comandaban a las demás a repetir consignas, a responder al unísono, a levantar un brazo y gritar juntos una y otra vez, hasta lograr la perfección a los oídos del niño: «Ja jidla». Entonces Arno le pidió a su padre que lo bajara y, parado en la orilla de la avenida, se unió cada vez que lo indicaban:

—Sij jail! Sij jail! —gritaba a veces—. Ja jidla! Ja Jidla! —en otras.

Sin preguntarse ni preguntar qué quería decir lo que repetían con tanto fervor, levantaba él también su brazo casi hasta el cielo, como buen miembro de esa masa. Pero pronto la garganta se secó de tanto gritar y el brazo se cansó de tanto subir y bajar con firmeza.

El juego perdió su encanto antes de que empezara en realidad.

Sintió esa pesadez en la vejiga que hacía poco había aprendido a detectar a tiempo para no mojarse la ropa, e insistió hasta que su padre lo llevó atrás de un edificio a evacuarla en un tibio chorro humeante.

Pero luego volvieron a su puesto. A lo mismo. Y Arno se sentaba y se paraba una y otra vez. Obligado, seguía ahí, pero su cuerpo quería estar en otra parte. No entendía por qué no le permitían correr al centro amplio de la avenida vacía, espacio que lo llamaba sin tregua. Sabía que podría empezar un juego de quemados con los otros niños de su edad, que también ya parecían tan fastidiados como él de tanto caminar, de tanto grito y de tanta espera sin sentido. Todos se divertirían. Pero no: no te muevas, Arno; no te bajes de la acera, no te pierdas; anda: sigue cantando. Y no debía angustiar a su madre. Y fácil lo olvidaría si no fuera por la firme mano de su padre sobre su hombro, siempre que éste intuía que su hijo estaba a punto de huir a la libertad y a la amplitud.

—Nein, Arno.

Arno se sentó. Otra vez. A esperar. Otra vez. ¿Pero esperar qué? No sabía.

Para el final de la jornada, y tras las largas horas de espera, el día, los cantos y las consignas habían perdido su gracia y hasta el derecho a permanecer en su mente. El cansancio también borró la impresión de ser alto a hombros de su padre.

De ese día recordaría para siempre el rojo de las banderas, aunque nunca hablaría de ello, ni siquiera con su esposa cuando vivieran muy lejos de ahí, pues para siempre quedaría aquella jornada como un tema casi prohibido y doloroso.

Pero, además ¿qué decir sobre una memoria tan difusa? Se había grabado en él más como una sensación que un recuerdo, con una vaguedad que en el futuro le parecería difícil de ubicar en la cronología de su vida. Serían para siempre sólo imágenes que lo visitarían en lo más profundo de sus sueños, algunas malas noches de descuido. Pero nunca sabría que había atestiguado ese vuelo rojinegro por primera vez en ese día preciso.

Y es que ya para entonces lo único que Arno deseaba era regresar a su pequeño mundo de la granja y a la rutina de siempre; sentarse a la mesa a cenar y luego meterse a su cama tibia, y sin que se lo tuvieran que pedir dos o tres veces, como por lo común hacían. Sentado en la banqueta entre los pies de sus padres que formaban un capullo alrededor suyo, protegiéndolo en su pequeñez de las pisadas de gente ajena que cada vez se apiñaba más a su alrededor, ya también se había cansado de mirar hacia atrás y hacia arriba a pedir: vamos a casa, bitte, pues los adultos le decían: un rato más, Sohn.

Así que Arno había dejado de pedir. Había dejado de desear correr al centro de la avenida. Estaba sentado en el sitio que le habían indicado, ya sin mirar hacia adelante, ya sin mirar hacia arriba y menos hacia atrás, pues lo único que conseguía era ver un bosque oscuro e interminable de piernas y encuartes.

Un poco antes había tratado de entablar una conversación lejana, a señas, con un niño que bien podría vivir en un espejo, sentado como estaba en la misma posición, con la misma mirada cansada, a pies de sus padres, en la orilla de la lejana acera contraria. Pero había sido imposible entenderse. Arno se había cansado de intentar y se había encerrado en su pequeña cápsula a la que sólo penetraba la monótona voz de la masa humana que lo rodeaba.

Ahí, protegido, pero aburrido, puso su barbilla en las rodillas para, con una delgada vara, tratar de escribir las letras de su nombre en el lodo. Helga le enseñaba en casa, pero no le salían como a su hermana. Frustrado, estaba a punto de pedirle ayuda cuando algo cambió: a su pequeño capullo ahora le faltaban las voces; se había llenado de un silencio repentino, expectante. Uno que hasta un niño de tres años como Arno sabía reconocer: algo monumental estaba a punto de suceder. ¿Pero qué?

—Was ist los, Papa?

—¡Ven, Arno! ¡Rápido!

El silencio se acabó y la gente a su alrededor reinició sus gritos y los vítores con fuerza al tiempo que su padre lo alzaba en brazos. Desde ahí vio la punta del desfile de jinetes montados en caballos enormes; luego pasaron los soldados. Al principio, su marcha rítmica y coordinada con exactitud impresionó al niño, pero eran tantos y tan igual su paso, que fue como un acto de hipnotismo. Y la gente alrededor suyo levantaba y bajaba el brazo derecho, y gritaba como venía practicando desde hacía horas.

Y el cuerpo de su padre vibraba con el esfuerzo de sus propios gritos, con el retumbar de todas las voces en vivo, de los altavoces y también con la vibración de los motores de los vehículos militares que siguieron. Vehículos de diversos tamaños. Más y de mayor tamaño que los que Arno hubiera visto en toda su vida, y todos nuevos e imponentes, sin una pizca de fango que los opacara: juntos, en marcha, poderosos, aunque unos más que otros.

Y con eso fue que Arno encontró dentro de sí un poco de fuerza para ignorar su cansancio y hastío, y descubrió una nueva pasión que lo acompañaría el resto de su vida y que detonó su primera memoria permanente, una que años después, cuando su novia le preguntara: «¿Cuál es tu primer recuerdo?», él negaría, pues significaría aceptar que su primer recuerdo había sido de guerra.

Sin embargo, sus ojos no podían desviarse de esas llantas que daban vueltas, de las ruedas de los tanques que actuaban como engranes para los eslabones que los movilizaban en una elipsis eterna. Arno trató, pero no pudo distinguir dónde empezaba el ciclo de esa cadena y dónde terminaba. Entonces un tanque movió su torreta de un lado a otro como un saludo y su cañón para arriba y para abajo como reverencia, y Arno perdió el aire un instante.

No le importaban las armas como armas, pues no entendió ese día su función. Le importaron como objetos mecánicos: ¿cómo se movían?

—¿Cómo funcionan, papá?

Pero su padre no le respondió, ocupado como estaba con el objeto de su propio interés —que pasaba en ese momento frente a ellos montado en uno de los autos—, y mientras se ahogaba la voz del niño por la gritería que había cobrado nueva intensidad.

—Heil Hitler! Heil Hitler! —gritaban los asistentes.

Y ya Arno no había hecho eco a lo que él entendía como «ja jidla», pues su concentración estaba acaparada.

Y su padre le decía, emocionado: Arno, mira, y Arno obedecía. Miraba y miraba. Observaba. Estudiaba. Pero no miraba a donde su padre le indicaba, porque había descubierto esas máquinas maravillosas y nada lo distraía de ellas y de las preguntas que resonaban tan fuerte como el sonido de motores y engranes; de las preguntas que retumbaban más que cualquier grito unificado: ¿cómo funcionan?, ¿cómo se mueven?

Y por la intensidad con la que trataba de resolver ese misterio, todo lo demás pasó desapercibido esa vez del primer recuerdo de Arno Schipper: desde los colores de los vehículos hasta el hombre de baja estatura que iba erguido sobre un auto descapotado que parecía sentirse quizás aun más alto de lo que el niño se había sentido sobre los hombros de su padre.

Desde su altura de gigante que nadie osaría igualar y que en el futuro pocos se atreverían a intentar reducir, el hombre saludaba de un lado al otro, como la torreta del tanque de guerra que le pertenecía. Pero contrario a lo que su cañón había hecho, y que tan fascinado tenía a Arno, el hombre mantenía su brazo en alto, pues alguien como él jamás se humillaría inclinándose ante nadie. Ni siquiera ante el pueblo que con tanto margen le había concedido el poder con su voto y su fe, y que lo sostenía en las alturas que tanto parecía disfrutar.

Distraído como estaba mientras observaba vehículo tras vehículo, Arno no tomó nota de su séquito, ni le importó que, una hora más tarde, cuando ya habían regresado el letargo y el deseo de estar en otro lado, se oyera el discurso apasionado del hombre, no sólo por los altoparlantes de la calle, para el beneficio de la gente que ahí se había apostado para verlo pasar porque no había tenido cabida en el estadio de Königsberg, sino en toda Alemania por transmisión radiofónica. Así anunciaba la anexión de Austria, el Anschluss —para la gloria de Alemania y por petición de los austriacos— y sin necesidad de un solo disparo de por medio.

Durante el discurso hubo silencio absoluto. Nadie hablaba. Cuando quiso preguntar algo, su padre le dijo: «Calla, Arno. Debemos poner atención a cada palabra». Arno no entendía nada de lo que la voz que salía por la bocina decía; una palabra se juntaba con otra y otra, y ninguna parecía llevarlo más cerca de lo que él deseaba: su hogar. Sorprendido, vio que su padre lloraba, sonriente.

—¿Estás triste, Vater? —le dijo, mojando sus dedos con esas lágrimas.

—No. Es sólo que me lloran los ojos por el aire helado.

Pasados los primeros cinco minutos apoyó su cabeza en el hombro de su padre. Y ya cuando el discurso rondaba los veinte, Arno estaba en la duermevela, inmune al carisma de ilusionista del líder, sordo a las palabras que salían domadas por su boca y que, juntas, prometían paz y apoyo divino del dios alemán —cuya existencia la mayoría de los escuchas había ignorado antes de ese día—, para luego cerrar de forma magistral, con drama y fuerza, como acostumbraban servir para ése, su dueño: uno de los grandes de la oratoria y de la persuasión a lo largo de la historia.

—En el curso de mis batallas políticas, he ganado mucho amor de mi gente, pero cuando en estos últimos días crucé por la antigua frontera del imperio, tal aluvión de amor me recibió, que yo nunca he sentido uno mayor. No llegamos como tiranos, sino como libertadores: un pueblo entero se regocijó. Sin violencia brutal, nuestra esvástica los ha conquistado. Mientras esos soldados marchaban hacia Austria, viví de nuevo una canción de mi juventud. Y he cantado tanto en estos días pasados y con tanta fe esta orgullosa canción de batalla: ¡Se levanta un pueblo, se desata una tormenta! Con fe en Alemania y en esta idea: millones de nuestros compatriotas en el nuevo Ostmark al sur del imperio han mantenido en alto sus banderas y se han mantenido leales al imperio y a la vida como pueblo alemán. Un pueblo, un imperio: ¡Alemania!

«Sieg Heil! ¡Viva Alemania! Heil Hitler! Heil Hitler!». Los presentes y el pueblo alemán entero, donde quiera que se encontrara al oír esas palabras de Adolf Hitler, regresó a las consignas con renovado fervor, pero Arno nunca recordaría esa parte del día más que como una anécdota que se había perdido de atestiguar, pues en los días, meses y años siguientes sus padres y sus hermanos le preguntarían sorprendidos: Pero si pasó delante tuyo, a tan sólo cinco metros, ¿no te acuerdas? No. No recordaba porque cuando el Führer había pasado frente a él, Arno estaba ocupado mirando engranes y cuando luego había hablado, Arno se había quedado dormido envuelto en el abrazo de su padre, quien le acariciaba su cabello que era más de plata que de oro, mientras decía a su oído: Feliz cumpleaños, hijo.

ILSE Y LOS HAHLBROCK

25 de marzo de 1940

3. RECUERDOS DEL SOL

Las tijeras la llamaban, seductoras. Intentaba ser niña buena, una niña grande, de cuatro años, pero la tentación era enorme. Tan enorme, que por completo olvidó que las necesitaba tan sólo para cortar un listón hecho nudo. Tan enorme, que casi olvidó lo que su madre le había dicho la primera vez que la había sorprendido con la intención en la mirada.

—A las muñecas no les crece el pelo como a ti, y, si se los cortas, te quedas para siempre con una muñeca pelona y fea.

Su madre había subido después de terminar su quehacer a bordar acompañada por la radio, con el volumen bajo para no despertar al nuevo bebé, al que tanto cuidaba y quería. El que tanto la entristecía. A Ilse la radio sólo le gustaba cuando ponían música, y no toda. Así que en lugar de seguir a su madre, se dispuso a hacerle un peinado nuevo a su muñeca. Y trató de garantizarle a esa niña de porcelana que haría buen trabajo. Pero no le salía, el listón se le había anudado entre el pelo, y ahora quería cortarlo. Sería lo mejor, estaba convencida.

Sabía dónde guardaba su madre las tijeras que le tenía prohibidas porque te picas, Ilse. Acercó una silla, se montó y abrió el cajón. Ahí estaban, brillantes, cortantes, punzantes. Irresistibles. Prohibidas. A su alcance.

Trató de disuadirse, de decirse que era tan buena como su hermana, quien jamás desobedecería, pero la tentación la venció. Pero sí soy niña buena, se recordó, ya con las tijeras en la mano, y a la muñeca no, porque no le crece el pelo; a la muñeca no se le corta el pelo, me lo dijo mamá; a la muñeca, no; a la muñeca, no.

Así que se cortó su propio cabello.

Sólo un poco. Sólo la punta de una de sus trenzas, para que nadie lo notara.

No fue fácil. Las tijeras eran filosas, pero la trenza gruesa, así que no había logrado mucho con accionarlas sólo una vez con su pequeña mano: había tenido que hacer uso de su recién descubierta paciencia para abrir y cerrar, abrir y cerrar, hasta separar por completo el pelo vivo del muerto.

Estudió la parte cercenada, y únicamente hasta entonces se le ocurrió que no había tenido previo conocimiento de si dolería o no al cortarlo. Si le hubiera dolido, no habría podido disimular: se enterarían su madre, los campesinos y hasta los gansos. Pero no: esa coleta de un castaño claro que ahora agitaba en su mano como el miembro que abandonan las lagartijas para escapar, no dolía; tampoco dolían las puntas del cabello que permanecía con ella.

Escondió la evidencia bajo las cáscaras frescas de patatas. Se alejó con rapidez de ahí, temerosa de que su madre la descubriera mientras hurgaba en los desechos, pero regresó rápido al recordar que, junto con su pedazo de trenza, había tirado también el listón que la sujetaba. Quizás el pelo a ella le crecería al día siguiente —después de todo, ella no era muñeca—, pero los listones eran muy preciados y su madre seguro notaría la pérdida de uno.

Sacó el mechón un poco baboso y oloroso por los jugos de los desechos frescos y viejos. Después se cercioró de volver a cubrir muy bien los cabellos cortados, ahora sueltos. Luego dudó: no estaba segura de que a los puercos les gustara comer cáscaras aderezadas con pelo. ¿Les haría daño? ¿Sí? ¿No? No sabía. Nunca nadie había hablado sobre el tema.

Ya se enteraría mañana. O pasado.

Satisfecha con su esfuerzo para disimular, amarró el listón lo mejor que pudo en el cabo mutilado de su trenza, la cual intentó sin mucho éxito volver a tejer. No logró rehacer el moño, pero no importaba: por lo general terminaba el día con los listones en el puro nudo y las puntas colgando. Deshizo el moño de la trenza intacta, segura de que de esa manera su madre no notaría nada. Pero lo mejor era cerciorarse: otra vez acercó la silla y se subió a ésta para verse en el elegante espejo oval con marco dorado que, al igual que las tijeras, su madre había colocado tan alto que Ilse nunca se había podido observar sola en él.

¿Le habría cambiado su cara al cortarse el cabello? No. Era ella misma, como se veía todos los días en el sencillo espejo de la recámara de sus padres. Una niña rubia de ojos grandes, bonita —lo sabía porque se lo decía su padre todos los días—, aunque un poco desaliñada, como siempre, con una mancha negruzca en la mejilla que no podía explicar de dónde había salido, si ni siquiera había salido a jugar al jardín todavía. Era la misma niña que se parecía tanto a su hermana y a su padre.

Pero no: ya no se parecían tanto, porque ahora a Ilse le faltaba un buen trozo a su trenza malhecha. Ni siquiera el truco de emparejar los listones había dado resultado. Asustada, con temor de ser descubierta, intentó ajustar el listón, para ver si al jalarlo un poco lograba disimular su cabellera dispareja.

Tampoco dio resultado.

Levantó el hombro en un intento de acortar la distancia entre éste y la trenza, pero no le gustó lo que vio: se parecía al hijo del viejo tendero Lutz, el de la espalda malograda y encorvada.

Luego volteó a ver las tijeras, ahí donde las había dejado, sobre la mesa de la cocina. Seguían brillantes, cortantes, punzantes y tan irresistibles y tan a su alcance como antes. ¿Y si cortaba la otra trenza? Ahora sabía que no era difícil; sabía que no dolía ni siquiera un poco.

Pero en ese momento algo la distrajo de la seducción de las tijeras y de la tragedia de su trenza cercenada. Algo que creyó que nunca antes había visto: un brillo aún más atractivo que el de las tijeras; un resplandor que entraba por la ventana.

Corrió a asomarse: el mundo exterior se cubría de colores tan radiantes como nunca recordaba haber visto y, como un abanico que se abría lento, los grises que hasta ahora habían definido su vida completa se esfumaban ante su vista.

Por el sol.

Por el sol que Ilse había olvidado que existía; el esquivo sol que había llegado a creer que existía sólo en la fantasía. Pero ahora estaba ahí, como lo contaban en los cuentos: brillante, invitador. No se trataba del tenue y tímido astro que la había hecho creer que los cuentos exageraban; que la había convencido de que el sol era como el mítico Erdhenne, espíritu del que todos los niños hablaban aun sin haberlo visto nunca, porque no existía más que en la fantasía. Se lo había dicho su madre: No hay espíritus invisibles dentro de las casas. Esos son inventos. Y a los adultos se les debía creer.

Asimismo, había creído que no existía el sol dorado, el sol caliente. Pero ahora veía que sí: el sol era real y ahí estaba sin nubes, sin filtros, sin estorbo alguno, y, por él, los colores eran lo que siempre habían prometido ser, y no la triste imitación que le habían ofrecido hasta ese día.

No es que en la vida de Ilse sólo hubiera existido invierno. Ésa sería su cuarta primavera, su cuarto verano. Pero ella sólo recordaba con certitud los últimos meses: la vida nublada, la piel helada, el aire frío que lo secaba todo y la nieve seca o húmeda que se le colaba sin invitación. Y la oscuridad; en especial recordaba la oscuridad.

Seis meses en la vida de una niña de cuatro años y tres meses pueden significar una eternidad, así que Ilse había llegado a pensar que así era el mundo siempre; que era normal que la luz del día durara tan poco y que se pasara frío siempre, aun de noche, cubierta bajo un grueso edredón de plumas.

No recordaba lo que era salir al jardín sin su pesado abrigo —heredado de su hermana— sin medias o sin gorro; no recordaba la sensación de las mangas cortas y las piernas desnudas. Tampoco recordaba la sensación del pasto fresco bajo sus pies descalzos, aunque el verano anterior la hubiera experimentado con frecuencia.

Asomada por la ventana, Ilse se olvidó de trenzas largas o cortas; se olvidó de su muñeca que esperaba peinado nuevo; se olvidó de aburrimientos y de largas esperas. Se olvidó también del llamado de las tijeras, porque ahora era sol el que llamaba con fuerza.

Ilse acercó la silla a la puerta, se montó y abrió el alto cerrojo. Luego abrió la puerta y salió a la intensa luz, a rodearse de colores, a sentir calor en la piel. Y debido a esa emoción tan intensa fue como, sin anuncio, sin preámbulo y sin notarlo, llegó la que se convertiría en la primera memoria permanente de su vida.

Claro que en ese instante la niña no pensó éste es mi primer recuerdo. Así no es como suceden esas cosas, pero años después, cuando su único novio le preguntara: ¿Cuál es tu primer recuerdo?, ella contestaría que el sol; el calor del sol en su frente, a pesar del aire helado del día. Y con ese recuerdo, el de los colores. Y las ganas locas de correr sin rumbo tras las nubes que por fin parecían individuos y no una masa espesa como engrudo, en el cielo.

El mundo ya era lo que era el día en que Ilse salió a conocer los colores del sol en el momento de su primer recuerdo.

Ya para entonces, Alemania había regresado por lo suyo con el relámpago de su Blitzkrieg, y, en el futuro, los historiadores considerarían que, al recuperar el territorio que el mundo le había arrebatado para dárselo a Polonia con el Corredor Polaco, Alemania se había convertido en el detonador de una serie de eventos que estaban por suceder.

De otra guerra: la segunda.

Pero quizá se equivocarían: quizá la suerte ya estaba echada desde antes, y los actores colocados en su lugar y dispuestos. Quizá todo se había alineado con el pacto entre germanos e italianos; con el de los soviéticos en el que se repartían entre los dos países todo el territorio polaco. Tal vez todo comenzó con la invasión alemana para recuperar Sudetenland y con el Anschluss; o antes, con la creación de la Gestapo; o antes aún, con el nombramiento de Hitler como Führer y con el poder que le dio a sus «camisas pardas»; o todavía antes, al reducírsele una condena de cárcel en la que se le permitió escribir y publicar su Mein Kampf; o con la hambruna generalizada y la pobreza extrema de la posguerra; o con el Tratado de Versalles; o con la otra guerra, la que el mundo creyó —con muy poca visión y con gran inocencia— que acabaría con todas las guerras.

En el futuro, Ilse misma no estaría exenta de darle vueltas al asunto. Pero para eso faltaban años. Ese día de su primer recuerdo soleado, a ella no se le ocurrían esas cavilaciones y ni siquiera tenía noción de cuánto la afectaría —cuánto afectaría a la humanidad entera— esa cadena de eventos.

Así que en el futuro, convertida en mujer mayor, contestaría con honestidad a su querido novio, curioso por saber cuál era el primer recuerdo de una niña alemana que al igual que él, se había visto envuelta en el remolino inmisericorde de la peor guerra de la humanidad, que su primer recuerdo era el sol. Y luego seguiría:

—Y que fui a buscar a Janusz.

Al igual que con la penumbra invernal, Ilse creía que Janusz había estado ahí desde siempre. Como ella, como todo lo que conocía. No recordaba que su querido Janusz había llegado cuando se había ido el sol la última vez; que había llegado con el frío y con la oscuridad después del Blitzkrieg, transportado como prisionero en un camión militar cubierto por gruesas lonas, acompañado por Józef, Radosz y Tadeusz.

4. CUENTOS DE ORO

—Nein, Ilse.

No era fácil negarle algo a la niña, en especial si verla le recordaba tanto mejores tiempos. Pero sabía que ambos se meterían en problemas si la dejaba revolcarse sobre los granos de trigo en el granero.

Janusz no hablaba alemán, pero empezaba a entenderlo con soltura; tal vez algún día también se atrevería a hablarlo, pero, por lo pronto, guardaba silencio; escuchaba; ponía atención, aunque fingiera estar ocupado en sus quehaceres; aunque aparentara que era un adolescente simplón que no tenía mayor interés que los dibujos que hacía y deshacía en el lienzo dorado que el trigo suelto le ofrecía.

Nadie le reclamaba su labor: mover el trigo, voltearlo para preservarlo, para que no se echara a perder, era su encomienda, entre otras. Pero mientras los otros polacos lo habrían hecho por obligación y a regañadientes, con una mínima inversión de esfuerzo, necesaria al mover el trigo de aquí para allá sin un mapa, esquema o plan —pues no había tarea más aburrida—, Janusz movía el trigo con amor. Por eso fue que se había quedado con ella casi por entero: bajo sus cuidados, ni un grano de trigo se quedaba sin la atención que requería antes de partir al molino.

Y lo hacía rápido: tampoco se le habría podido reclamar por perezoso.

Amanecía con un cuento en la mente, y ése lo trazaba en las cuentas del trigo dorado. Apenas lo terminaba, cuando ya era casi hora de volver a empezar: borraba su gigante obra de arte matutina y emprendía una nueva, otro cuento, también salida de su imaginación o de los cuentos que su madre le había contado hasta su último día, hasta donde le habían alcanzado las fuerzas.

El trabajo era interminable, pero a él no le importaba; lo que a otros les podía parecer monótono y aburrido, a él lo conectaba con el único y lejano hogar que había conocido, y por eso lo gozaba.

Y la niña quería estar con él mientras trabajaba.

A través de sus cuentos de trigo, sin pronunciar una sola palabra, él le contaba y ella disfrutaba todos aquellos que habían surgido de una cabaña en lo profundo de un bosque polaco —su bosque—, donde lo único que hubiera habido, si no fuera por esas historias que lo interrumpían, hubiera sido el silencio, y, con él, las lágrimas, el frío, el hambre.

Pero los cuentos erradicaban lo malo.

De cuentos y poco más se vivió en esa cabaña solitaria de una madre, un hijo y una pequeña hermana enferma. Pero los cuentos compartidos se acabaron el día en que había muerto esa hermana y en que la madre había salido a dar un paseo sin retorno. El hijo, de doce años, había esperado y esperado. Pero, con el tiempo, el silencio se abrió camino y con él llegaron el hambre, el frío y, finalmente, las lágrimas, húmedas, secas. Muchas.

La soledad obligó al niño a buscar compañía en los poblados, pero la que encontraba no conocía el poder de los cuentos; no sabía que la poca comida alcanzaría también para él, bajo el consuelo de esas historias que ayudaban al espíritu a abandonar el cuerpo y a olvidarse de lo inmediato; que lo ayudaban a convertirse en el príncipe cuervo, salvado de su encantamiento por una princesa generosa; a oír en la brisa del mar lejano y nunca visto, la triste canción de Jurata, la reina del Báltico, sepultada para siempre bajo un castillo de ámbar como castigo por entregarse a un amor prohibido.

El niño trataba de explicarles. Sin embargo, las palabras le fallaban.

Meses atrás, tras cuatro años de hambre y soledad, de vagar, llegaron los rusos. Así que huyó lejos, por caminos desconocidos, escabulléndose hasta que dejaron de sonar esas duras y temidas voces.

El miedo se había extinguido, pero el hambre y la soledad no. Sólo crecieron. Por donde pasaba, encontraba casas dañadas, saqueadas. A veces, veía rostros asomarse temerosos por las ventanas. Nadie le abría la puerta ni para darle el buenos días, ni menos para ofrecerle un quehacer a cambio de pan.

Los soldados lo encontraron desprevenido, mientras deambulaba por ahí. Pero no eran rusos, y eso lo confortó.

Cuando lo apresaron, éstos se soprendieron por la falta de resistencia del muchacho, que a lo lejos, por su gran altura, habían creído un hombre maduro, y lo subieron al camión lleno ya con otros pasajeros, todos hombres, todos polacos.

Adentro nadie hablaba, así que Janusz se abstuvo también: ni saludó ni hizo preguntas. Si lo llevaban al norte o al sur, al este o al oeste, ya poco le importaba. Éste era sólo un trayecto más en ese camino sin itinerario en el que la única meta había sido alejarse de las tierras que ahora ocupaban los rusos. Y es que, ¿por qué habría de fijarse alguna ruta, si al final nadie lo esperaba? ¿Si nunca nadie le había mostrado un camino?

Ya arriba del camión, le pareció que alguien le había asignado un rumbo.

Janusz se sentó en el pequeño espacio oscuro que le cedieron los otros cuerpos, y lo aceptó. Cerró los ojos, y descansó; descansó del camino; descansó del silencio, a pesar de que nadie hablaba ni emitía sonido alguno; y descansó del frío, al servirse del calor de los otros cuerpos con olor a tierra.

Los dejaban en el camino de cuatro en cuatro. Se detenía el camión, descendían los soldados y, a señas, escogían a los cuatro hombres que dejarían en esa parada. A veces era de día y a veces de noche, pero era lo único que lograba distinguir por la luz —o la oscuridad— que se colaba cada vez que abrían la lona los soldados.

Sólo entonces algunos cuestionaban mientras los hacían descender del vehículo. No podían evitarlo. La duda era mayor que el miedo. O tal vez la duda acrecentaba el miedo.

—Gdzie jesteś my?

Pero ningún soldado alemán contestaba. Sería por arrogancia o por no entender la pregunta. ¿Dónde estamos? No contestaban, tal vez porque ni ellos sabían.

Janusz desconocía si sería bueno ser el escogido: nadie parecía muy feliz de serlo, pero bajaban, porque obedecían las señas autoritarias que no daban opción ni explicación. Lo bajarían a él también en alguna de esas paradas, aunque no preguntaría ¿dónde estoy? Él sabía dónde no estaba. No estaba en la tierra que había recorrido como vagabundo desde la muerte de su madre. No estaba en esa tierra que habían invadido los soviéticos, y cualquier cosa era mejor que eso, porque, si algo temía Janusz, era a los rusos. Porque si ves a un lobo ruso, hijo, corre lejos, le había advertido su madre, casi desde que aprendió a caminar en los senderos creados por los habitantes del Bosque de Bialowieza.

Y eso había hecho. Y lo habían encontrado y apresado las voces con cuerpo alemán. Su madre nunca le había advertido sobre la crueldad germana, así que suponía que era mejor estar con ellos que con los otros, que figuraban casi siempre en los raros cuentos de terror que le susurraba su madre, al oído, en secreto, para no asustar a su hermana.

Tras dos días completos de viaje, terminó, cegado por lonas gruesas, ese viaje hacia el misterio. En el camión sólo quedaban los últimos pasajeros involuntarios: Janusz, Tadeusz, Józef y Radosz.

Aunque ni para entonces, tras dos días de viaje, habían compartido nombres, historias ni anécdotas, si ni siquiera habían compartido tonos de voz.

Janusz se había dedicado a imitar a sus compañeros de viaje en el silencio, en las miradas de soslayo, en su estoicismo. No se había quejado ni cuando la madera dura del camión pareció tener espinas que se le clavaban en las sentaderas, o cuando, por falta de movimiento, se le dormían con fuego las piernas. Nunca pidió de comer ni de tomar, aunque el hambre y la sed lo comieran desde adentro: eso había sido lo más fácil, acostumbrado como estaba, por su edad y por su pobreza, a ellas.

Al igual que los otros viajeros, dormitó sin poder evitarlo, tomó agua de lluvia con sabor a lona y a tierra, y alivió su vejiga cuando era imperativo hacerlo, porque era eso o explotar por dentro. Tuvo cuidado y discreción: se esforzaba por dirigir su reguero hacia el hueco que se formaba entre los maderos del piso del camión. No siempre atinaba, y menos cuando coincidía su fuente con algún movimiento brusco del vehículo; pero, aunque se hubieran atrevido, nadie le hubiera reclamado: así como los otros iban ahora salpicados por su humedad, él también llevaba encima la de otros.

Y a eso olían Janusz y sus compañeros la noche en que bajaron de su transporte en esa tierra donde los recibió, reacio, Herr Hahlbrock, en compañía de otro soldado que hablaba un polaco duro y cortado: estaban ahora en Alemania; Polonia ya no existía más. Eran prisioneros de guerra, pero eran afortunados: trabajarían la tierra.

La alternativa era la muerte.

Después les mostraron su barraca. No era muy grande, pero se mantenía tibia por un fogón para el cual les darían leña suficiente para calentarse en las noches. Cada prisionero tendría un camastro con sábanas y cobijas. Sobre cada catre encontraron uniformes de trabajo y un abrigo, además de guantes y un sombrero de lana.

Sobre la mesa rodeada de cuatro sillas había pan.

Pan.

Por su buen trabajo les pagarían unas cuantas monedas al mes, para que pudieran comprar en la villa sus quesos o salchichones, les informaron, pero el pan se los darían diario si cumplían con sus tareas.

Continuaron con las explicaciones de las reglas del trabajo, de comportamiento, de disciplina, pero, para entonces, Janusz ya no había podido concentrarse en otra cosa: sólo miraba la hogaza. Y el aroma del pan frío se levantó sobre los otros olores, hasta los de orines, y viajó hasta su nariz, y casi le arrancó un gemido; pero del gemido hubiera caído en llanto, pues tenía mucho de no comer, así que lo contuvo.

Y tal vez de ahí, de pie, alelado, con la mirada fija en un solo punto, hipnotizado por la idea de partir la hogaza y comerla, sin inteligencia aparente para entender las instrucciones en mal pero peor pronunciado polaco, fue que desde esa noche todos creyeron que Janusz era un simple turulato. O sería que, al día siguiente, tras dormir unas cuantas horas —las más tibias y suaves que hubiera dormido en años—, lleno el estómago con su ración de pan, vestido con ropas usadas que le quedaban anchas pero cortas —las mejores que él hubiera tenido desde que había abandonado la cabaña de su madre—, salió al aire helado a trabajar, como prisionero en esa tierra que era ajena —para unos granjeros que no lo querían ahí, aunque lo necesitaran—, con una sonrisa de oreja a oreja.

Sí: tal vez fue todo eso lo que llevó a sus compañeros polacos a concluir que el joven gigante con cara de niño llamado Janusz estaba tocado, y a temer que el trabajo de cuatro lo tendrían que hacer entre tres, porque no podían explicarse que alguien encontrara una sonrisa bajo las circunstancias en las que se encontraban: dominado su antiguo país, esparcidas sus familias, muertos algunos amigos, esclavos ellos.

Se tendría que ser loco. O tonto.

Janusz salió con una sonrisa ese primer día de helado cautiverio alemán. Ese día sonreía a pesar del dolor de estómago, pero un dolor producido por el peso inusual de tener alimento dentro, y eso era preferible al sufrimiento del hambre. Y si esa tierra era de Polonia por justicia, por derecho ancestral, como trataban de explicarle sus pai ...